El obispo de Jaén señala que “urge una presencia valiente y sin complejosde los seglares católicos en la vida pública”


Carta pastoral de Mons. Ramón del Hoyo
«El Espíritu acude en nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.» (Rom 26). Estas palabras que San Pablo escribe desde Éfeso, en el año 57- 58 a la comunidad cristiana establecida ya en Roma por entonces, nos las propone hoy a nosotros. Aquella efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica reunida en el cenáculo de Jerusalén, congregada y presidida por María la Madre de Jesús, no se ha agotado, ni mucho menos.
La acción del Espíritu es siempre nueva y constante para llevar adelante la misión encomendada por Jesucristo al nuevo pueblo de Dios, su Iglesia, hasta los últimos confines de la tierra.
Debemos recogernos y escuchar el mandato misionero de Jesús: «Id al mundo y predicad mi evangelio» para abrir nuestro interior a la fuerza
del Espíritu y asumir, renovar, llenos de esperanza, la misión profética que el Señor, por su Iglesia, pone en nuestras manos para afianzar y dilatar su Reino. Tenemos que escuchar la voz del Espíritu y caminar luego juntos bajo sus orientaciones.
Puedo decirles que a la vista de la realidad de nuestra Iglesia diocesana y las demandas que recibo, queremos reflexionar dentro del Plan Pastoral para el próximo curso, sobre el laicado en sus múltiples facetas, sobre todo en favor de su formación, colaboración y misión desde los más pequeños hasta los ancianos.
Recientemente celebraba una convivencia retiro con mis hermanos sacerdotes del Arciprestazgo de Linares, al finalizar la Visita Pastoral a las catorce parroquias. En el análisis que hicimos, en clima de oración, veíamos la riqueza y despertar progresivo de un laicado cada vez más comprometido,
bien dispuestos, generosos, sencillos, pero necesitados de ánimos y de formación. Se implican en la liturgia, catequesis, atención a los enfermos, en las cáritas parroquiales. Son personas preocupadas ante la realidad tan secularizada que nos rodea, pro la falta de respuesta delas familias, de los jóvenes. Saben y quieren ser luz y sal, y se preguntan cómo hacerlo juntos.
Una realidad evidente es la urgencia y verdadera necesidad de una presencia valiente, confesante y sin complejos de los seglares católicos
en la vida pública, y no sólo en las organizaciones parroquiales. El Señor nos pide no encenderla luz debajo del celemín, sino ponerla sobre el candelero para que alumbre a nuestro alrededor.
La levadura del Evangelio debe penetrar en el mundo de la cultura y del arte, en el mundo universitario, en la acción política, en el mundo de la economía, del trabajo, del ocio, de los medios de comunicación social… para orientar las realidades temporales según el corazón de Dios. Cristo vino para salvar al hombre, a toda la humanidad, en todos los tiempos y circunstancias.
Por eso el cristianismo y la Iglesia, desde el inicio de aquel primer Pentecostés, han tenido una dimensión y un alcance públicos. Es cierto que no corresponde a la Iglesia, como tal, actuar en el ámbito político para construir una sociedad justa, pero sí corresponde este papel y es urgente a los fieles cristianos laicos que actúan como ciudadanos bajo su propia responsabilidad. Se trata de una tarea urgente y son estos fieles los que deben afrontar, con el mismo interés que colaboran en las tareas internas de la comunidad en favor
de culto, evangelización y caridad, intervenir también de forma activa en opciones políticas y legislativas que contradicen los valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular
con respecto al apoyo a la maternidad, defensa de la vida humana, promoción de la familia fundada en el matrimonio, libertad religiosa… para evitar que se introduzcan en el ordenamiento público y en la sociedad leyes y normas, corrientes de opinión que oscurecen y atacan frontalmente la verdad, natural y revelada por Dios.
Este testimonio abierto y valiente de los fieles laicos necesita de apoyo sobrenatural, sobre todo, que contamos con él, pero asimismo de formación y de reconocimiento por la comunidad cristiana. Ciertamente este compromiso y testimonio forman parte del «sí» que, como discípulos de Cristo, animados por su Espíritu, hemos de proclamar
hoy a todos nuestros hermanos, como lo hizo San Pedro en el primer Pentecostés.

+ Ramón del Hoyo
Obispo de Jaén

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