El arzobispo castrense recuerda a su nuevo equipo de gobierno el espíritu evangélico que debe guiarlos


A las diez y cuarto de esta mañana, el Arzobispo Castrense, Mons. Juan del Río Martín, presidió en Madrid la toma de posesión de los nuevos miembros del Consejo Episcopal.
El acto, enmarcado en el rezo de la Hora Tercia, se celebró en la capilla del Arzobispado Castrense de España y al mismo acudieron los Vicarios Generales anteriores como D. Ángel Cordero Cordero, D. Clemente Martín Muñoz y D. José María de Celis Fernández.
En este acto Mons. Juan del Río proninció un discurso, que reproducimos a continuación, en el que glosó el espíritu evanagélico y eclesial que debe guiar el trabajo de sus más estrechos colaboradores.
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“Preparad el camino al Señor” (Jn 1,23)

1. El próximo 30 de Junio hará dos años que SS Benedicto XVI tuvo a bien nombrarme Arzobispo Castrense de España. Con toda humildad acepté esta encomienda pastoral sabiendo que tendría un largo camino de conocimiento y aprendizaje de este campo tan específico como es una diócesis personal castrense, que como dice la Constitución Apostólica “Spirituali Militum Curae” de Juan Pablo II, “jurídicamente se asimilan” a las diócesis territoriales. Desde el primer momento me puse en “las manos” de Aquel que es él único que conduce a su Iglesia: Jesucristo el Señor. En este tiempo han sido muchas las gracias que he recibido de Dios, en ocasiones se ha manifestado por las mediaciones humanas de la acogida y ayuda que he recibido del clero castrense y de los fieles de este arzobispado. Mi agradecimiento a todos, en especial a aquellos colaboradores más inmediatos que en esta etapa inicial han desempeñados cargos pastorales de gobierno.

2. Todos sabéis cual ha sido mi trabajo. Me he entregado, con todas las fuerzas que el Señor me ha concedido, a conocer de “primera mano” la realidad de los hombres y mujeres que forman las Fuerzas Armadas Españolas y los Cuerpos de Seguridad del Estado, de ahí que eso haya supuesto, encuentros, reuniones, asistencia a actos militares e institucionales, viajes y visitas pastorales por todo el territorio nacional y a las misiones internacionales. Ha sido un “noviciado castrense” muy enriquecedor a nivel humano, cultural, pastoral y espiritual. Por eso, doy gracias a Dios que me puso como primer servidor vuestro.

3. El nombramiento de un nuevo Consejo Episcopal es algo más que un simple acto administrativo y de gobierno. Es un acto eclesial, que debe realizarse a la luz de la fe. Cuando me presenté ante vosotros dije que ejercería mi pastoreo en comunión estrechísima con el Sucesor de Pedro y con mis hermanos en el episcopado. En más de una ocasión os he dicho que el “munus regendi” lo ejercería con una mano los santos Evangelios y en la otra la disciplina de la Iglesia y las normativas propias castrenses. Porque la mejor forma de salvar la caridad en la Iglesia es el respeto al Derecho: “teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia” (c. 1752). A tenor de esto viene bien recordar aquí algunos otros cánones:

“Corresponde al Obispo diocesano nombrar a quienes han de desempeñar oficios en la curia” (cc 470).

“El Obispo diocesano nombra libremente al Vicario general y al episcopal y puede removerlos también libremente” (cc. 477).

“El Vicario general y el Vicario episcopal deben informar al Obispo diocesano sobre los asuntos más importantes por resolver o ya resueltos, y nunca actuarán contra la voluntad e intenciones del Obispo diocesano” (cc. 480).

“Los clérigos tienen especial obligación de mostrar respeto y obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio” (cc. 273)

4. Quiere decir que a los nombramientos de los Vicarios, antecede la designación del Arzobispo por la Santa Sede. Sólo a éste incumbe el cometido de marcar las pautas pastorales y espirituales que han de seguir los capellanes y los fieles de este Arzobispo Castrense. De esta manera, facilitará a sus presbíteros el ejercicio de las virtudes sacerdotales y con la fiel cooperación con el Arzobispo hacer presente la Iglesia en el amplio mundo militar. Los capellanes, por las promesas sacerdotales, permanecen ininterrumpidamente en actitud de total disponibilidad y lealtad a la Iglesia que sirven y al Arzobispo que preside en la caridad. El conocimiento directo que tiene éste de las diversas realidades y necesidades castrenses, su propia prudencia pastoral y, a veces, el asesoramiento sobre las capacidades y cualidades de los capellanes suelen ser, de ordinario, los factores que determinan la remoción o traslado de los sacerdotes.

5. Como consecuencia de nuestra radical vocación sacerdotal de entrega a Dios y la extensión de su Reino, los cargos en la Iglesia son servicios en el lugar y tiempo que disponga la autoridad competente, nunca deben ser entendidos como títulos o ascensos de un “carrerismo”, porque como recientemente a dicho Benedicto XVI: “el que aspira al sacerdocio para un aumento del propio prestigio personal y el propio poder, mal entiende en su raíz el sentido de este ministerio…Quien quiera sobre todo realizar una ambición propia, alcanzar éxito personal, será esclavo de si mismo y de la opinión pública” (20.6.2010). De ahí, que la verdadera actitud evangélica, no es la exigencia de cargos, esgrimir méritos personales, ni la búsqueda de destinos fáciles o de honores, sino la total disponibilidad a “servir a la Iglesia como ella quiere ser servida” con toda sencillez de corazón. Esto se ha de realizar, desde los puestos de primer orden como son los Vicarios Episcopales, hasta el servicio a pequeñas unidades en destacamentos lejanos, o en la labor silenciosa en cualquier cuartel o embarcación de la Armada Española. Lo que realmente importa ante Dios es el alcance eclesial de cualquier actividad sacerdotal, y no los intereses particulares. Y ello se consigue tan solo desde la fe y unidad con la Iglesia. Precisamente por la comunión con los sucesores de los Apóstoles puestos al frente de cada comunidad local, en nuestro caso la Iglesia castrense, se legitima todo ministerio sacerdotal. La eficacia evangélica de un capellán,, como de cualquier otro sacerdote, depende en gran manera en la aceptación y honradez con aquel que “tiene la bula de Pedro”, que es el Obispo. En cómo vivamos todo esto, nos jugamos la felicidad sacerdotal y la paz de conciencia.

6. Obispos, presbíteros, diáconos y fieles reconocemos a Jesucristo como única Cabeza y Pastor Supremo de la Iglesia Universal. En nuestro caso, los capellanes, antes de la condición o de la consideración militar, son sobre todo sacerdotes, los cuales son enviados por el Arzobispo para servir a los militares católicos y sus familiares, dentro de la normativa vigente civil, militar y canónica. Lo que busca un soldado en el “pater” es que sea un verdadero cura las veinticuatro horas. Cuando un presbítero asume una tarea castrense, lleva consigo la misión sacramental y eclesial de enseñar, santificar y regir en la caridad. Enseña y es enseñado; alimenta y es alimentado, y hace presente el amor y la paz de Cristo, a los soldados que desempeñan su misión, en cualquier lugar de la geografía española o en las misiones extrajeras. A los capellanes, como presbíteros que son, se les encomienda, con la missio canonica, una parte de la viña, y se les recuerda aquello del Evangelio: “Cuídala, trabájala, hazla rendir. A mi vuelta te pediré cuentas”. Pero sabemos que la parcela no es nuestra, que simplemente somos administradores, servidores, y si al final lo hacemos bien, no debemos olvidar aquella máxima evangélica: “siervos inútiles que hemos hecho lo que tendríamos que hacer”. La única medalla o reconocimiento por la que tenemos que luchar es que al final de nuestros días el Señor Jesús, Juez misericordioso nos conceda la salvación de nuestra alma (cf. cc. 276).

7. En el Arzobispado Castrense cada uno tiene su sitio y sus funciones, como los miembros en el cuerpo, y no es uno más que otro. Todos son necesarios y el único imprescindible es Jesucristo. Por eso, a nadie le es lícito asumir y realizar funciones que no le corresponden (cf. cc. 274.2). Pero sí se esta obligado, en conciencia, a cumplir con las propias obligaciones. Actuar de forma contraria desembocaría, a la larga o a la corta, en fuente incesante de conflictos de competencia. Y eso no es bueno. Cuando descubrimos que el listón por el que deben medirnos, no lo ponen los hombres sino Dios, entonces nos sentimos totalmente liberados. Somos lo que somos ante Dios.

8. Esa “desnudez” ante el Altísimo, nos impulsa a que seamos “un hermano entre los hermanos”. El capellán castrense no es un “llanero solitario”, sino un hombre de comunión que siente la necesidad de compartir las alegréis y la penas de las tares pastorales con sus hermanos capellanes. Para eso están, entre otras, las nuevas tecnologías y los encuentros fraternales castrenses que teniendo sus peculiaridades son muy ricos y variados. También el amor a nuestra Iglesia local castrense se muestra en la participación activa en los órganos de corresponsabilidad pastoral que se ha puesto en marcha como el Consejo Presbiteral Castrense, Colegio de Consultores, Delegaciones y otras comisiones, así como la asistencia a los actos comunes programados en nuestro Arzobispado. Aquel que no fomenta, ni frecuenta la comunión intraeclesial, cómo va a ser instrumento de concordia allí donde está destinado. ¡Solo se comunica lo que se vive! (cf. cc. 275 .1).

9. El éxito en todos los aspectos para nuestro Arzobispado de la celebración de la XXI Conferencia Internacional de Jefes de Capellanes Militares celebrada en Madrid del 1al 5 del pasado febrero, ha puesto de manifiesto que nuestra “diócesis castrense” está viva y en sintonía con las preocupaciones que tienen capellanes de otras naciones en el campo de la atención religiosa a las Fuerzas Armadas. Fue unánime el sentir de los asistentes de que la presencia del Hecho Religioso en las Fuerzas Armadas, es algo que viene demandado por los Derechos Fundamentales del ser humano. No es una condescendencia del Estado o de un régimen político. No contradice la legítima separación entre el orden religioso y el político que actualmente se da en los países democráticos, sino que habla de la colaboración y respeto que debe haber entre los dos campos por el bien común de los ciudadanos, dentro del marco de la máxima libertad para todos y de la diversidad religiosa. Son tiempos nuevos a los que se enfrentan los capellanes castrenses, ello exige una profunda reflexión y unos planteamientos pastorales y espirituales acorde con el tipo de milicia que tenemos en una sociedad en constante cambio.

10. Ante esta nueva situación, estamos aplicando las restructuraciones necesarias en nuestro Arzobispado Castrense, en este sentido responde la actualización de la Curia. Por eso mismo, es conveniente que a vosotros Vicarios Episcopales y demás cargos que hoy prestáis juramento, como colaboradores inmediatos del Arzobispo os recuerde algunas enseñanzas básicas para el buen gobierno pastoral: debéis ser hombres de fidelidad probada a Dios y a la Iglesia, que impulséis la unidad entre los diversos miembros del arzobispado y de estos con su Pastor, que no hagáis nada por rivalidad o por amiguismo, sed siempre acogedores y comprensivos con vuestros compañeros, servir por igual a todos los miembros del presbiterio, estad siempre cercano con todos los militares y sus familias (cf. cc. 213), sed hombres de diálogo y abiertos a los signos de los tiempos, que no domestiquéis la identidad católica, que tengáis predilección por los más alejados de la fe, por los más necesitados en el cuerpo y en el espíritu (cf. cc. 222.2). ¡También en el mundo castrense hay muchos pobres de todo tipo! No despreciemos ni valoremos el modo de ser y actuar de nuestros compañeros por el proceder de nuestros predecesores o sucesores. Cada uno tiene su propia personalidad humana, sacerdotal y pastoral. Debemos aceptarnos como somos: pobres, limitados, pero enamorados de Jesucristo y de su Iglesia, motivados siempre por un gran celo apostólico de servir con cariño a los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y de los Cuerpos de Seguridad del Estado Español.

En definitiva, la misión del cura castrense es la de sembrar la Buena Noticia del Evangelio “a tiempo y a destiempo”, en concordia y en movilización, en el cuartel o en la trinchera, para que “los guerreros de la paz” tengan razones para seguir luchando por los altos ideales castrenses que ha ennoblecido siempre a España. Somos llamados, como Juan el Bautista, a preparar el camino a Cristo, Príncipe de la Paz, sabiendo que seguramente serán otros los que cosecharán y edificarán la ciudad de la justicia, la libertad y la paz.

Madrid 24 de junio de 2010.

† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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