El obispo de Plasencia escribe una carta pastoral en defensa del crucifijo


“Todos con la cruz”
A lo largo de estos días, al ojear las noticias que me llegan al correo electrónico, he podido encontrarme con declaraciones procedentes de diversos países de la Unión Europea en defensa de la cruz o mejor mostrando la importancia de la cruz en la conciencia social de estos pueblos. Al leerla desde esta España nuestra, en la que, según parece, y a pesar de una cierta moratoria, se sigue adelante con una proyecto de ley intervencionista que prevé la marginación de la cruz en los espacios públicos, confieso que he sentido un poco de envidia por el fervor de esos países, al tiempo que la necesidad de poner de relieve para todos vosotros el valor religioso y social de la cruz.
Para mostrar que es cierto lo que escribo, recojo algo de lo dicho en algunos de los países de Europa muy recientemente sobre la cruz. Así se expresa la Conferencia Episcopal Italiana: “La presencia de la cruz, como reflejo del sentimiento religioso de los cristianos de cualquier denominación, no es una imposición y no significa exclusión, sino que es reflejo de una tradición que todos conocen y reconocen en su alto valor espiritual, como un signo de su identidad siempre abierta al diálogo con todo hombre de buena voluntad”. Y esto dicen los obispos albaneses, que de lo que afirman aquí saben mucho: “En la cultura y la tradición cristiana la cruz manifiesta la salvación común y la libertad de la humanidad, una experiencia no impositiva, sino, por el contrario, un signo que muestra el más alto grado de altruismo y generosidad, es el perdón sin distinción. Por eso proponen la cruz como estímulo y ejemplo para la identidad y los valores de los jóvenes”. Y desde Escocia se dice también sobre la cruz: “La cruz no es una imposición, sino un símbolo de solidaridad cristiana con todos los pueblos”. Desde Eslovenia se recuerda que “el crucifijo no sólo refleja la herencia religiosa, sino también la cultural.” Y desde Grecia se dice que “vetar el crucifijo es negación del patrimonio de un país”. También el Santo Padre, Benedicto XVI, desde Chipre decía hace muy pocos días que la cruz representa el triunfo definitivo del amor y, por eso, es fuente de paz, de esperanza y de solución de los conflictos. Y mientras escribo llegan declaraciones en parecidos términos desde Eslovaquia, Hungría, Polonia y Rusia.
En defensa del crucifijo
En fin, considero que no se necesita más para quedar claro que es un clamor la defensa del crucifijo y que se considera un atropello religioso y también cultural cualquier decisión que impidiera la presencia pública de un símbolo de amor, concordia y tolerancia. Todo este clamor se ha despertado ante una posible sentencia ante el recurso del gobierno italiano, que se espera para el próximo día 30 de este mes de junio, de la Corte Europea de derechos humanos, sobre la exposición de símbolos religiosos, y en concreto del crucifijo, en lugares públicos. Según parece, es posible que una minoría -lamento mucho decir que intolerante-, puede ser atendida por un tribunal, y se le puede negar a la gran mayoría el ejercicio libre y público de su fe religiosa y de sus tradiciones. Según parece, se le puede impedir legalmente a los ciudadanos -ojalá no sea así- el ejercicio cotidiano del respeto de los unos por los otros, tan necesario y legítimo en el funcionamiento de una sociedad multicultural como es la nuestra.
Es verdad que quizás haya que intervenir en conflictos puntuales, pero eso no justifica el proteccionismo intervencionista que se pretende imponer. A los ciudadanos hay que dejarlos que se entiendan, que aprendan a convivir. Y, si se hace así, seguro que saldrá bien, porque, al menos en los países de raíces cristianas la tolerancia y la acogida, que procede precisamente de la cruz, está garantizada. Los ciudadanos han de ser libres para expresar en su convivencia la coexistencia pacífica. Sin embargo, por el sesgo que llevan las cosas, es más que probable que poco a poco se vaya imponiendo el rodillo laicista que, utilizando un poder que tienen para el servicio de todos, discrimina la identidad religiosa católica en favor de de una difusa civilización que, según la proyectan, nacerá de la nada. Porque, ¿cómo se van a aliar los que no tienen identidad, los que no tienen derecho a mostrar públicamente lo que son, lo que creen y lo que viven? ¿Cómo van a aliarse pueblos y culturas a las que se les cercenan sus expresiones y sus símbolos?
Todos con una cruz
No obstante, como no hay mal que por bien no venga, se nota cada día un más fuente sentimiento de respeto y devoción por el crucifijo. La centralidad y la presencia de la cruz de Cristo en la vida va poco a poco ganando enteros. Además de un arraigo cada vez mayor en los corazones, no debe faltar la cruz en nuestros bolsillos, en nuestro cuello, en nuestra casa, en nuestro despecho, en nuestro negocio, en cualquier lugar en el que se pueda reflejar valientemente nuestra condición de cristianos. No tengamos miedo, la cruz no excluye, no rechaza, no ahuyenta, al contrario, atrae. Recordad las palabras de Jesucristo: “Y yo una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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