"¿Quién decís que soy yo?", carta del obispo de Girona


De la confesión de la fe en Jesús, a preguntarme sobre el objetivo de mi vida.
Como todas las semanas desearía que esta reflexión sirviera para relacionar, a modo de puente, la narración evangélica de este domingo y la vida cotidiana con sus luces y sombras, actos de fe, dudas, preguntas…
Por cierto, en el evangelio hallamos dos preguntas que Jesús formula a sus discípulos, enmarcadas hacia el final de su ministerio en Galilea. Jesús evalúa la situación con sus discípulos. Las expectativas que se han abierto en relación a su persona son muchas, algunas con una notable carga de ambigüedad. Es preciso ayudar a que se comprenda el sentido de su vida y su misión.

Jesús quiere conocer la opinión del pueblo y de sus discípulos, y lo hace por medio de dos preguntas: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

La gente lo ve como un profeta, cosa del todo normal teniendo presente la historia del pueblo escogido. Pedro, como portavoz de los discípulos, va más allá y lo reconoce como «Mesías», «Ungido de Dios». El vocablo «Mesías» para todo el grupo tenía una connotación muy clara en relación con aquel que esperaban, el enviado de Dios, «el Mesías», político y nacionalista, rey descendiente de David que actuaría con todo el poder para restablecer el reino de Israel. Así es como sonaba el palabra «Mesías». Por este mismo motivo, Jesús les prohíbe que difundan su condición, porque teme que tal reconocimiento provoque malentendidos y tergiversaciones respecto de su misión. De ahí que se avance a anunciar el destino que le espera; y al mismo tiempo el destino que también espera a los que quieran seguirle, es decir, a los discípulos de todos los tiempos.

No nos engañemos, la misión de Jesús, contemplada únicamente con ojos humanos y con la valoración que de la misma haría «el mundo», está abocada al fracaso y a la muerte. Anuncia, al mismo tiempo, que el plan de Dios, al que quiere ser fiel, pasa por la plena donación de su vida, porque la salvación no se impone por medio de las armas y el poder, sino por el amor que se hace servicio y donación de la propia vida. Por ello no se llama a sí mismo «Mesías», sino «Hijo del Hombre», para dejar del todo clara la misión del Mesías.

Y llega el momento en el que pone el dedo en la llaga de los discípulos de entonces, los de todos los tiempos y los actuales. Si alguien decide seguirle, debe aceptar algunas condiciones: negarse a si mismo y cargar cada día con su cruz.

Seguro que algunos o quizá muchos pensarán: «Otra vez se nos recuerda que el cristianismo es negativo para la persona y sus deseos de vida y felicidad».

Primera condición, negarse a si mismo significa renunciar a los propios proyectos y planes cuando está en juego el proyecto de Dios.

La segunda, cargar con la propia cruz cada día significa que hay que arriesgarse a asumir el sufrimiento del compromiso, de las responsabilidades, del servicio, de la lucha contra el mal.

Con todo, se impone una reflexión. Sería un engaño hablar de felicidad y silenciar el problema del mal y del sufrimiento. Plantear una felicidad que no asuma la contradicción, el dolor, que no responda a las cuestiones más dramáticas del ser humano, es plantear una felicidad irreal, ilusoria e imposible.

El gran problema de la muerte y de muchas heridas que ya no pueden cicatrizar. El hecho de la pobreza y del hambre en los llamados Tercer y Cuarto Mundo, toda clase de marginaciones, la muerte de los inocentes, la plaga del sida, la violencia, las familias rotas… Recordemos que seguir a Jesús es seguir a un crucificado. La pregunta es: ¿se puede seguir a Jesús, el crucificado, y al mismo tiempo buscar la felicidad? ¡Sí! Nos lo recuerda el propio Jesús: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará».
El autor de esta plegaria lo ha experimentado: «Había pedido a Dios fuerza para triunfar: Él me hizo débil para que aprendiese el gusto por las pequeñas cosas… Le había pedido salud para realizar cosas grandes: Él me dio enfermedad para que haga cosas aun mejores…»
EL QUE DA LA VIDA, LA GANA; EL QUE LA GUARDA PARA SÍ, LA ESTÁ PERDIENDO.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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