"Crónica de unas jornadass inolvidables", carta del arzobispo de Burgos


Roma ha sido testigo de excepción de muchos acontecimientos relacionados con la Iglesia y con el mundo. La clausura del Año Sacerdotal, en la semana pasada, puede considerarse uno de ellos. Podría decirse que incluso, desde un cierto punto de vista, ha sido único. Porque no deja de ser sumamente llamativo que se hayan congregado más de quince mil sacerdotes de todo el mundo, cifra que en algún momento ha sido superada con creces. Nuestra diócesis estuvo representada por un nutrido grupo de sacerdotes, a quienes acompañé.
Los actos han sido vistosos, no sólo por la variedad de razas, colores y edades, sino por la excepcional calidad de las celebraciones y la enorme piedad que se respiraba en el ambiente. Pienso que los momentos estelares han sido la Vigilia de oración eucarística y la misa de clausura, ambas presididas por el Papa en la Plaza de san Pedro.
La Vigilia de oración tuvo dos grandes momentos. Por una parte, las preguntas que formularon al Papa cinco sacerdotes, uno por cada Continente, y las respuestas del Pontífice. Algunas, magistrales; y todas, de gran hondura teológica y calidad literaria. Quizás la de mayor proyección de futuro sea la que formuló el sacerdote de América. A la pregunta sobre qué puede hacer un sacerdote cargado de trabajo, el Papa respondió con toda sencillez y claridad: ser consciente de las propias limitaciones y elegir prioridades. Él mismo señaló estas cuatro y según este orden: la celebración diaria y dominical de la Santa Misa y de los sacramentos, el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones, el amor hacia los más débiles: enfermos, niños, necesitados, y la oración personal y comunitaria.
La Misa de clausura registró tres momentos álgidos: la homilía del Papa, la renovación de las Promesas sacerdotales y la renovación de la Consagración a la Virgen. La homilía del Papa es una pequeña obra maestra. A mí me impresionaron, especialmente, las palabras con que comenzó: «El sacerdote no es simplemente alguien que desempeña un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que lo hacen presente a Él mimo, el Resucitado. Por tanto, el sacerdocio no es una “profesión” sino un sacramento». Son palabras sencillas pero portadoras de un mensaje sobrecogedor y que muestran la grandeza y absoluta necesidad del sacerdocio.
Los medios de comunicación han resaltado casi exclusivamente la condena de los abusos que han cometido algunos sacerdotes. Han omitido, en cambio, el marco en el que el Pontífice hizo una radical condena y pidió nuevamente perdón. Han sido tantos y tan grandes los beneficios espirituales que ha producido el Año Sacerdotal, que «era de esperar que al “enemigo” no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que, al fin, Dios fuera arrojado del mundo».
Quizás alguno se preguntará cómo he encontrado al Papa. Dos anécdotas. El Papa llevaba escritas las respuestas a los cinco sacerdotes a los que me referí antes. Pero cuando su secretario se las entregó, dobló las cuartillas y, sin mirarlas ni una sola vez, fue desgranando las respuestas sin el menor titubeo. La otra anécdota es que la misa de clausura duró tres horas y el Papa no dio ninguna muestra especial de cansancio. Evidentemente, tiene más de ochenta años. Pero, al menos por lo que a simple vista se ve, está muy bien. Pidamos a Dios que le conserve muchos años para bien de la Iglesia y del mundo.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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