La vida contemplativa

 Julien Green, un novelista cristiano de primera línea, se hacía esta pregunta: “¿Cuántas personas hay entre nosotros que hayan experimentado el sentimiento de la presencia de Dios?” Al hombre de hoy difícilmente le queda tiempo para gustar de la oración y de la presencia de Dios en su vida.
Sin embargo hay hombres y mujeres que se sienten llamados a dedicar su vida entera a la oración, al trabajo y a la comunidad dentro de un monasterio contemplativo. Son chicos y chicas que han tomado esta decisión para toda la vida y que son muy felices. En el seno de nuestros monasterios hay paz, alegría y amor.
Los chicos y chicas que Dios llama a la vocación contemplativa son personas que aman la vida, son solidarias con los hermanos y están comprometidas en la transformación del mundo. De ningún modo la vida contemplativa es una evasión del mundo, un desentenderse de la sociedad, ya que la vida contemplativa es expresión del amor a Dios y no se puede amar auténticamente a Dios sin amar a la humanidad.
La vida contemplativa realiza plenamente a las personas porque Dios llena maravillosamente todos nuestros anhelos. Conocí a una chica en cuyo corazón Dios estaba trabajando, y me decía que notaba un cambio en su vida ya que empezaba a agradarle lo que antes le desagradaba, y perdía gusto por muchas cosas que antes la satisfacían. Entró en un monasterio contemplativo y después de unos años me escribió comunicándome que hacía su profesión y que “era felicísima”.
¿Habéis visitado alguna vez una comunidad contemplativa? Se trata de una buena experiencia, interpela y suscita muchas preguntas. Como por ejemplo: ¿Qué valor damos a Dios en nuestra vida? ¿Qué relación creemos que hay entre Dios y la creación, entre Dios y la vida? ¿Qué lugar ocupa la oración y el silencio en nuestra vida personal y familiar?
La respuesta a estas preguntas incide en la valoración eclesial que hacemos de las vocaciones contemplativas y de nuestros monasterios, que son ciertamente signos de la presencia de Dios en medio del mundo, de la transparencia de nuestra vida humana, de la importancia y de la necesidad del silencio y de reencontrar la propia identidad.
Los contemplativos y las contemplativas son muy útiles a la Iglesia y a la humanidad. Aunque parezca una paradoja, desde el monasterio están más cerca de las necesidades eclesiales y de las inquietudes, tristezas y sufrimientos de los hombres, sus hermanos. No son ni indiferentes ni egoístas, porque su amor participa de la universalidad del amor de Jesucristo. Viven con los ojos fijos en Él y con el corazón abierto a las necesidades de los hermanos, un corazón que, haciéndose oración, hace que ésta sea más apostólica y convierta su vida en redención.
Estos hermanos nuestros, hijos e hijas de familias de nuestros pueblos y ciudades, nos hacen un gran obsequio: nos ayudan a valorar más el silencio y la oración en medio de una cultura del ruido. La madre Teresa de Calcuta decía que “necesitamos encontrar a Dios y no podemos encontrarlo en el ruido y en la inquietud. Dios es amigo del silencio”. Dios habla en el silencio.
Muchas gracias, contemplativos y contemplativas porque interpeláis nuestra vida que a menudo se llena de preocupaciones y angustias que no existirían si viviéramos aquel “Sólo Dios basta” de Santa Teresa de Ávila.

+ Lluís Martínez Sistach

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