Cardenal Sodano: “La Eucaristía nos invita a comprometernos con todos nuestros hermanos para afrontar los desafíos actuales”


El X Congreso Eucarístico Nacional, que se ha venido celebrando en Toledo desde el pasado jueves, ha concluido esta mañana
con la Eucaristía de Clausura, celebrada en S.l. Catedral Primada y presidida por el Cardenal Angelo Sodano, Legado Pontificio para el Congreso. El Cardenal Sodano ha subrayado en la homilía que la Eucaristía “nos invita a comprometernos con todos nuestros hermanos para afrontar los desafíos actuales”. “Ciertamente la presencia de Dios en medio de nosotros se realiza de
varios modos, pero es en la Eucaristía donde encuentra su forma más alta” (…) “En realidad – ha señalado el Legado Pontificio – quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya
en la tierra como primicia de la plenitud futura”. Recordando las palabras del Papa Benedicto XVI, el Cardenal Sodano nos ha invitado a no guardarmos para nosotros “el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza
que sea comunicado a todos (…). Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”.
El X Congreso Eucarístico concluye con una participación de más de un millar de personas en los actos públicos, 800 congresistas, 1.200 niños en el Encuentro infantil y 50 obispos que se han ido incorporando al evento desde el pasado
jueves.

TEXTO DE LA HOMILÍA DEL CARDENAL SODANO, LEGADO PONTIFICIO EN EL X CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ESPAÑA

La Eucaristía: una epifanía de amor Homilía del Card. Angelo Sodano, Legado Pontificio, en la Santa Misa conclusiva del X Congreso Eucarístico Nacional de España (Toledo, Domingo 30 de mayo de 2010, Solemnidad de la Santísima Trinidad) Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado, Distinguidas Autoridades, Hermanos y Hermanas en Cristo: El Xo Congreso Eucarístico Nacional de España está por terminar y es muy hermoso para nosotros concluir este acontecimiento de fe en la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Podemos así contemplar el don de la Eucaristía en el cuadro grandioso del misterio trinitario. Es un cuadro que nos presenta al Padre que por amor nos dona su Hijo para nuestra redención y por amor nos envía luego el Espíritu Santo para nuestra santificación. Es un cuadro que nos revela también el amor del Hijo que ha querido quedarse con nosotros bajo las especies eucarísticas hasta el fin de los siglos. Es lo que Jesús dijo un día a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan la vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17). 1. El Sacramento del Amor Por lo tanto es un designio divino de amor el que guía la historia humana. “Dios es amor”, nos recuerda el Apóstol Juan (1 Jn 4,7-8). Amor, ante todo, por la comunión perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como enseña en gran Doctor de la Iglesia, San Agustín, diciéndonos: “Ves la Trinidad si ves la caridad” (De Trinitate, Por eso hoy, en la conclusión del Congreso Eucarístico, queremos detenernos a mirar la Eucaristía como una epifanía del amor de Dios, contemplando, adorando y agradeciendo al Señor por esta continua presencia suya en medio de nosotros. Es éste también el mensaje que os envía, por medio mío, el Santo Padre Benedicto XVI. Al trasmitiros su saludo os trasmito de buen grado también su mensaje. Es el mensaje que nos ha dado con su conocida Exhortación Apostólica “Sacramentum caritatis”, el Sacramento de la caridad, el Sacramento del amor. En particular, el Papa nos
recuerda que precisamente en la Eucaristía se realiza en el modo más alto posible aquella continua presencia en medio de nosotros que el Señor nos ha prometido antes de subir al cielo (Ibidem, 97). Es lo que hemos escuchado en el Evangelio que se acaba de proclamar, cuando Jesús en el momento de despedirse de este mundo, dijo a sus discípulos aquellas famosas palabras: “Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo ” (Mt 28,20). 2. La presencia eucarística Ciertamente la presencia de Dios en medio de nosotros se realiza de varios modos, pero es en la Eucaristía donde encuentra su forma más alta. Sabemos, en efecto, que hay una presencia de Dios en el mundo entero, una presencia cósmica: “Por Él todas las cosas han sido creadas, y en Él todas subsisten ” (Col 1,17). Además la fe nos enseña que hay una presencia de Dios en cada persona humana, creada por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gen 1,26). A la luz de la fe creemos también que hay una presencia divina de predilección en la Santa Iglesia, una presencia mística en todo el Cuerpo eclesial, una presencia en sus Pastores y en sus fieles. ¿Y cómo olvidar la presencia de Dios en la Sagrada Escritura? San Ambrosio hablaba de esta presencia bíblica diciendo: “Bebe de los dos cálices del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo” (Explanatio Ps 1,33). Por tanto varias son las formas de presencia de Cristo en medio de nosotros. Pero sobre todas ellas descuella la presencia eucarística, que nosotros hoy queremos celebrar de manera particular, como la maravilla más grande que Dios ha obrado entre nosotros. 3. La devoción eucarística Para celebrar esta divina presencia se realizan los Congresos Eucarísticos en nuestras comunidades eclesiales, tanto a nivel internacional como a nivel nacional, como estamos haciendo hoy en Toledo, en el corazón de esta histórica comunidad cristiana de España. Es el décimo de estos Congresos, iniciados en Valencia en el año 1893. El último, el noveno, como es noto, tuvo lugar en Santiago de Compostela en 1999. En cuanto a los encuentros mundiales, deseo recordar el gran Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Sevilla en 1993, con la presencia del Siervo de Dios Juan Pablo II, de venerada memoria.
Hoy también me es grato recordar aquí que el Patrono de los Congresos Eucarísticos es precisamente un Santo español: San Pascual Bailón, hombre de una profunda devoción eucarística, que caracteriza toda su espiritualidad. Ya desde niño, al escuchar las campanadas de la Consagración, se ponía de rodillas en los campos donde pastoreaba el ganado. Allí se gestó su vocación franciscana, que incrementará su piedad eucarística y le proporcionará oportunidades de proclamar, en medios hostiles a la fe, la presencia real del Salvador bajo las especies consagradas. Dios nuestro Señor le haría traspasar el velo sacramental y contemplarlo “cara a cara”, y no ya “como en un espejo, borrosamente” (cf. 1 Cor 13,12), precisamente mientras sonaba el toque de la elevación, en día de Pentecostés del año 1592. El testimonio de fe en la Eucaristía de parte de este gran Santo de España ha permanecido siempre vivo en la Iglesia hasta nuestros días. Era una fe que lo sostenía también en las pruebas de su vida. Él habría podido repetir aquello que decía San Juan de la Cruz, al escribir que avanzaba por el camino: “sin otra luz y guía / que la que en el corazón ardía. / Aquella me guiaba / más cierto que la luz del mediodía” {Noche oscura, 3-4). 4. El pan de vida Hermanos míos, el Señor ha querido quedarse con nosotros como pan de vida, como nos dijo Él mismo en el célebre discurso que nos ha transmitido el Evangelista San Juan en el capítulo sexto de su Evangelio: “¡Yo soy el pan de vida!” (Jn 6,35.48). ¿De qué vida? ¡De la vida con Cristo aquí en la tierra y, después, de la vida eterna con Él en la patria del Paraíso! En realidad, quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” {Jn 5,54). Mientras tanto la Eucaristía nos sostiene en nuestro camino con el poder de transformarnos íntimamente, como transformó un día a Zaqueo, quien después de recibir a Jesús en su casa fue completamente convertido en un hombre nuevo (cf. Le 19,1-10). 5. Para la vida del mundo Hermanos y Hermanas en el Señor, el Papa Benedicto XVI nos ha recordado también que “no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento.
Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos […]. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: ‘una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera’. […] Verdaderamente, no hay nada más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos” (cf. Sacramentum caritatis, 84). La Eucaristía, que actualiza la entrega de Jesús por el mundo entero, nos lleva a que cada uno de nosotros sea también “pan partido” para el servicio de todos, y a construir un mundo más justo, más fraterno. Nos invita a comprometernos con todos nuestros hermanos para afrontar los desafíos actuales y para hacer de la tierra un lugar en el que se viva bien, como hermanos en Cristo. Jesús en el Cenáculo instituyó la Eucaristía bajo las especies del pan y del vino, que dentro de unos momentos presentaremos sobre nuestro altar. Aquella transformación era el inicio de muchas otras: la primera, la de cada uno de nosotros en el Pan de vida que recibimos. A partir de ahí, la transformación del mundo, para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de Dios, para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad, en cuya Solemnidad clausuramos este Congreso. 6. Conclusión Queridos hermanos, para recorrer tan ambicioso itinerario recurrimos a la intercesión de Nuestra Señora. “Tú María, que fuiste mujer “eucarística” durante toda tu vida, tú que fuiste el primer Tabernáculo del Señor, ayúdanos a santificar nuestras vidas, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo. Ayúdanos al mismo tiempo en nuestra misión para anunciar a todos los hombres de buena voluntad el Evangelio de la esperanza, confiados en la continua presencia del Señor en el corazón del mundo, seguros de la perenne validez de su promesa: ‘ Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20)”.

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