"Un don del Espíritu para la Iglesia", carta de Mons. García Aracil


Con motivo de la jornada eclesial dedicada a la vida consagrada contemplativa

Mis queridos hermanos y hermanas, fieles cristianos de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz:
Me dirijo de nuevo a vosotros por escrito. Me gustaría mucho más encontrarme personalmente con las distintas comunidades cristianas que camináis en la fe y en la esperanza. Y, con motivo de esta Jornada que la Iglesia dedica a la Vida Consagrada Contemplativa, gozaría pudiéndome encontrar con las Monjas de los distintos Monasterios de nuestra Archidiócesis.
El amor de Dios nos une en medio de la más amplia diversidad que brota de la pluralidad de razas, pueblos, naciones, culturas, edades, vivencias y situaciones personales, familiares y sociales. El amor de Dios nos une con una fuerza mayor que cualquier otro lazo humano.
Al ser hijos de Dios por el Bautismo formamos entre nosotros, con Cristo como Cabeza, un solo y mismo cuerpo que es la Iglesia. Por eso llamamos a la Iglesia “Cuerpo Místico de Cristo”. A este vínculo esencial, que permanece más allá de que disfrutemos o carezcamos de relaciones humanas perceptibles, y que nos reúne en la fraternidad cristiana, debemos incorporar progresivamente otros vínculos. Éstos son los que nacen del mutuo conocimiento, de la recíproca valoración, del trato personal y de la colaboración posible, según la situación de cada uno en el seno de la Iglesia y de la sociedad en la que estamos insertos.
La unión crea responsabilidades recíprocas
La cercanía, que estos vínculos van creando entre las personas, entre los grupos y entre la comunidades cristianas, potencia el sentido de la responsabilidad que nos incumbe en lo que concierne a la atención humana y sobrenatural de los hermanos y hermanas en la fe. Sin embargo, debemos tener muy presente que la especial vinculación con los demás cristianos, no excusa la conciencia y la responsabilidad de nuestra relación con todas las personas, creyentes o no; ellas constituyen nuestro prójimo y merecen nuestra ayuda solidaria. De ellos recibimos la riqueza de sus valores y de sus aportaciones al desarrollo de la humanidad y a nuestro crecimiento cristiano porque son imagen del Señor. Todos somos criaturas de Dios.
En este empeño por descubrir y aprovechar los vínculos que nos unen cristianamente con las personas, con las comunidades y con los grupos, quiero dirigir la atención hoy a unos hermanos y hermanas en Jesucristo nuestro Señor, que se consagran a Él en el silencio del claustro. Ellos forman comunidades cristianas al interior de un monasterio, dedicando su vida a la contemplación y celebración de los misterios del Señor, a la oración y al trabajo.
La apretada y ordenada convivencia de estos hermanos constituye un signo y un testimonio de las actitudes y comportamientos fraternales que deben existir entre los cristianos. Al mismo tiempo, la permanente relación de los monjes y de las monjas en las respectivas comunidades, les brinda singular oportunidad para ejercitar permanentemente la ayuda mutua propia entre hermanos.
En el ejercicio de esa recíproca atención y ayuda, cada uno ha de actuar poniendo al servicio de los hermanos los diversos carismas, cualidades o dones con que el Señor le ha enriquecido. Para avanzar en esa fraternidad y en la consiguiente atención y ayuda recíproca, es necesario el ejercicio constante de la solicitud que lleve al descubrimiento de las necesidades de los hermanos o hermanas en cada momento y en cada circunstancia de su vida. También en ello, las comunidades Monacales son, para nosotros, un signo y un ejemplar testimonio.

Las comunidades contemplativas, un precioso regalo de Dios
Por la identidad, por el estilo de vida y por la dedicación de las Comunidades monacales, podemos entender que son un auténtico regalo del Señor para la Iglesia y, consiguientemente, para las distintas comunidades cristianas.
Los monjes y las monjas oran por la Iglesia universal, por las Iglesias particulares o Diócesis, por las parroquias, movimientos y asociaciones apostólicas, por los ancianos y enfermos, por los Presbíteros y por los Obispos, por los responsables de la vida social, y por tantas y tantas intenciones que se les encomiendan constantemente. Con todo ello, los monjes y las monjas no suplen la oración individual y comunitaria, que es deber ineludible de todo cristiano. Pero no cabe duda de que la oración de las personas consagradas en la Vida Contemplativa refuerzan la plegaria que corresponde a cada uno de nosotros.
La Santa Madre Iglesia, conocedora de la riqueza que supone la Vida monacal para el crecimiento y fortalecimiento del Reino de Dios, nos invita a que conozcamos cuanto concierne a su identidad, a su constitución y dedicación, a sus necesidades y recursos, y a su difícil situación actual a causa de la escasez de vocaciones. Por eso ha instituido una Jornada cuyo objetivo es dar a conocer y valorar la Vida monacal, a orar por sus necesidades, a tomar conciencia de su importancia para la vida de la Iglesia y de las distintas comunidades cristianas.
En esta Jornada la santa Madre Iglesia nos convoca, de un modo especial, a colaborar, según las posibilidades de cada uno, para que la vocación a la Vida Contemplativa en el Monasterio encuentre, en las familias y en el corazón de los jóvenes, la acogida necesaria en actitud de fidelidad a la llamada del Señor.
Oración y contemplación ante el santísimo Sacramento
La Jornada de este año destaca la importancia de la adoración ante el Santísimo Sacramento del Altar, que es el memorial de la Pasión redentora de nuestro Señor Jesucristo, y el testimonio pleno del amor de Dios a la humanidad. El Señor, después de entregarse hasta la muerte por la salvación de todos los hombres, ha querido permanecer entre nosotros hasta el fin del mundo y darse como alimento de salvación y como comida que fortalece nuestro ánimo en el caminar por el mundo hacia la vida eterna.
Los monasterios, que dedican un tiempo muy importante a la adoración del Santísimo, han de ser para nosotros una llamada que nos recuerde el deber de la oración y la importancia de la adoración a Jesús sacramentado. En algunos monasterios permanece el Santísimo expuesto a la veneración y adoración de la Comunidad Monástica y de los fieles durante buena parte del día. En este caso, dichos Monasterios ya no son simplemente una llamada a la adoración del Señor, sino un ejemplo para nosotros y una oportunidad que se nos brinda para esta sublime dedicación que debe ocuparnos con frecuencia si queremos ser buenos cristianos.
Importancia y grandeza de la oración
No olvidemos que la oración es una muestra de amor a Dios, permaneciendo a su lado y correspondiendo, con nuestra reverencia, con nuestra alabanza y con nuestra acción de gracias, a cuanto el Señor hace constantemente por nosotros. Él es nuestro creador y Señor, nuestro redentor, y el camino para alcanzar la plenitud en la vida eterna.
La oración es, también, la verdadera solución para nuestras necesidades, si queremos cubrirlas según la voluntad de Dios. Por eso el Señor nos invitó a llamar, a pedir y a buscar con la seguridad de que Él nos abrirá, de que nos atenderá, y de que encontraremos en Él lo que buscamos.
La oración es, al mismo tiempo, un signo de que somos conscientes de nuestra condición de hijos de Dios, y de que amamos el inmenso don de la filiación divina que nos reporta la mayor dignidad, a pesar de nuestras limitaciones y pecados.
La oración es un derecho de Dios. Él es nuestro Padre y tiene derecho a estar con sus hijos, hablarnos, escucharnos, sentirnos cerca de sí, no forzados sino acudiendo y manteniéndonos cerca de Él con libertad y amor.
La oración es un inmenso don de Dios porque orando rompemos la distancia infinita que existe entre Dios, infinito y perfecto, y nosotros, limitados e imperfectos. En la oración la distancia entre el Creador y las creaturas se convierte en cercanía de intimidad y de amor entre el Padre Dios y nosotros sus hijos.
En la oración, adelanta el encuentro personal con Dios que gozaremos a plena luz en el cielo. Orando, aunque no lo sintamos como nos gustaría, vivimos, ya en la tierra, la suerte que alcanzaremos definitivamente en el cielo; esto es: estar en relación paciente, amorosa y confiada con Dios nuestro Señor. Por eso, la oración, realizada frecuente y debidamente, es la mejor escuela para avanzar en la relación con el Señor y comenzar el disfrute de la paz y el gozo que él nos regala con su compañía.
La oración, teniendo en cuenta lo que venimos diciendo, es la mejor preparación y la consecuencia más lógica de la celebración de la Santa Misa en la que Cristo se hace Eucaristía para nosotros y nos constituye y renueva como templos vivos de su divina Majestad. Es Él mismo quien nos ha dicho: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él y yo le resucitaré en el último día”
Gratitud a Dios
Agradezcamos a Dios el inmenso don de la Vida Consagrada y, hoy en concreto, de la Monástica, dedicada a la contemplación, a la oración, al Culto sagrado, a la fraternidad cristiana, a la alabanza, a la plegaria de acción de gracias y a la súplica por las necesidades de la Iglesia y del mundo.
Agradezcamos a Dios que nos haya concedido ese precioso regalo que son las Comunidades de vida contemplativa.
Pidamos ferviente y confiadamente al Señor, que haga sentir a los jóvenes la llamada a compartir la fraternidad y la contemplación en el silencio el Claustro. Esta forma de vida es una joya en el seno de este mundo tan agitado y disperso, carente de serenidad y de paz interior, de felicidad profunda y de cercanía de Dios. Sólo cerca del Señor podemos encontrar la razón última de nuestra existencia y el norte de nuestro caminar por la historia hacia la plenitud en la eternidad.
Atendamos la llamada de la Iglesia a celebrar la Jornada de oración por las Comunidades monacales, procurando, además, acercarnos a su rica realidad y a su admirable vocación para conocer su estilo de vida, y gozar de la riqueza de su signo y de su testimonio.
No olvidemos que la celebración de esta Jornada, coincidiendo con la Festividad litúrgica de la Santísima Trinidad, es una clara invitación de la Iglesia a compartir con los Monjes y Monjas de clausura la contemplación del primer y mayor misterio de la fe para los cristianos. El mismo Jesucristo nos lo fue manifestando dándonos a conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en la unidad del único Dios vivo y verdadero, y en la distinción de tres Personas con la misma naturaleza, según nos lo presenta la Santa Madre Iglesia.
Oremos y reafirmemos nuestra fe en Dios Uno y Trino, creador, salvador nuestro.
Recibid mi bendición pastoral con el testimonio de mi plegaria en este día por los miembros de la Vida Consagrada Contemplativa y por todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares de nuestra Archidiócesis.
Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida- Badajoz

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