"Servidores del cenáculo", carta del obispo de Plasencia


Queridos diocesanos:
Los seres humanos tenemos la suerte de saber que nuestro Dios no es nunca extraño a nuestra condición humana; de sentir que, en su condescendencia amorosa, es cercano a nosotros nos busca, nos habla nos ofrece entrar en su vida. Necesitamos saber que su grandeza no merma, aunque la ponga a nuestro servicio, aunque decida darse al ser humano para que participe en su amor infinito. El ser de Dios Trinidad que hoy celebramos, el Dios que se nos ha mostrado como Padre, como Hijo y que se sigue manifestado a nosotros, como dador de vida, por el Espíritu Santo, no cesa jamás de ofrecernos su gracia divina, especialmente en su presencia eucarística. En el altar y en el sagrario, todos los cristianos tenemos un lugar de encuentro que Él mismo ha preparado para nosotros. A ese encuentro acudimos fascinados por la presencia, y por la oración acogemos y escuchamos lo que el Señor quiera ofrecernos y decirnos. En torno a la misteriosa presencia eucarística, fecundada insisto desde el Padre, por el Hijo y en el Espíritu Santo, se reúnen los adoradores y reciben de ese amor cercano y escondido un modo de ser y de vivir.
Vivir la condición de adoradores
Hay en la Iglesia unos especiales testigos de esa cercanía de Dios; son los que viven de la adoración íntima, personal y comunitaria en torno a la Eucaristía. Se trata de los contemplativos y contemplativas. A todos les une, por encima de sus matices de sus respectivos carismas, su condición de adoradores. Eso es lo que le da consistencia y sustancia a sus vidas. Es verdad que su adoración se engalana con perlas preciosas, que le dan un brillo especial a la vocación a la que el Señor les ha llamado en su Iglesia. Una perla es el silencio meditativo, silencio elocuente que habla de amor, silencio servidor que ofrece salvación desde el corazón mismo de Cristo sacramentado. También la perla de la vida comunitaria, que refleja la comunicación amorosa de la Trinidad, es un maravilloso servicio a la Iglesia y al mundo. Se embellece vida contemplativa con la perla maravillosa de los consejos evangélicos, que hacen brillar la tierra con el esplendor del cielo.
Esas perlas decoran el maravillo marco de un cenáculo en el que Cristo sigue dando su vida y hace fecunda la de sus adoradores. El cenáculo es el lugar prioritario de la oración de los contemplativos y contemplativas, aunque a lo largo del día tengan que llevar también su oración a la laboriosidad de sus claustros. Es junto al sagrario o la custodia, que prolongan la presencia del altar, donde suele transcurrir la experiencia de oración. Es en la adoración eucarística en lo que emplean su tiempo en nuestros monasterios de clausura nuestras queridas contemplativas. Es adorando como se dan en totalidad al Señor y como aman al mundo del modo más exclusivo y gratuito que pueda concebirse. Es adorando como se unen al Señor en el más genuino ejercicio de la libertad que pueda darse, para en él amar y servir.
La intercesión de los contemplativos
Por eso, cuando en la Iglesia se quiere algo especial del corazón de Dios, se acude a aquellos que viven para él en totalidad, a aquellos que viven para darse por amor a todos. Los acontecimientos, las intenciones, las necesidades humanas y espirituales, pasan por la vida contemplativa de nuestros monasterios. Todos acudimos a ellos con frecuencia, porque los consideramos el entorno íntimo del Señor. Los contemplativos y contemplativas, por su parte, no dejan jamás de interceder por sus obispos, por sus sacerdotes, por cada una de las comunidades cristianas, por todas las necesidades el pueblo cristiano y por todas las del mundo, que ellos intuyen con una sensibilidad mayor, porque ven desde el corazón mismo de Dios. En efecto, su generosidad es muy grande, abarca a todas las necesidades de la Iglesia y del mundo.
Nuestra respuesta a esa generosidad suya ha de consistir, sobre todo, en llenarles de afecto y en hacerles llegar el calor de la fe de una Iglesia que se siente agradecida por su vida; que es consiente de que su vivir es fecundidad para nuestro vivir en Cristo. En nuestras comunidades cristianas, pastores y fieles hemos de afianzar cada día más el respeto y el aprecio por la vida contemplativa, y hemos de saber decir, a quienes pudieran tener alguna duda, que quien elige seguir al Señor con esa radicalidad y verdad ha encontrado la fuente de lo útil y valioso. Sólo con la recuperación de la vida contemplativa, la vocación volverá a encontrar su tino, se situará en la irradiación de lo gratuito, que tiene su foco en el corazón abierto de Cristo. Esa irradiación nadie la refleja mejor que los servidores del cenáculo eucarístico.
Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 41892 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).