Homilía de Benedicto XVI en la Solemnidad de Pentecostés


Queridos hermanos y hermanas:
En la celebración solemne de Pentecostés estamos invitados a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. Hacemos nuestra entonces con particular intensidad, la invocación de la Iglesia misma: Ven Espíritu Santo Una invocación tan simple e inmediata, pero a la vez extraordinariamente profunda, que brota primero de todo, del corazón de Cristo. El Espíritu, de hecho, es el don que Jesús ha pedido y continuamente pide al Padre para sus amigos; es el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión al Cielo.

De esta oración de Cristo nos habla el fragmento del evangelio de hoy, que tiene como contexto la Última Cena. El Señor Jesús dice a sus discípulos: “Si Uds. me aman cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con Uds.” (Jn. 14,15-16) Aquí se revela el corazón orante de Jesús, su corazón filial y fraterno. Esta oración alcanza su culmen y su cumplimiento sobre la cruz, donde la invocación de Cristo es una sola cosa con el don total que él hace de sí mismo, y así su oración se transforma en él, por así decir, en el sello mismo de su donarse en plenitud por amor del Padre y de la humanidad: invocación y donación del Espíritu Santo se encuentran, se compenetran, llegan a ser una única realidad. “Yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con Uds.” En realidad al oración de Jesús – aquella de la última Cena y aquella sobre la cruz -es una oración que continúa también en el Cielo, donde Cristo esta sentado a la derecha del Padre. Jesús, de hecho, vive siempre su sacerdocio de intercesión a favor del pueblo de Dios y de la humanidad y reza por nosotros pidiendo al Padre el don del Espíritu Santo.

El relato de Pentecostés en el libro de Los Hechos de los Apóstoles -lo hemos escuchado en la primera lectura (cfr. Hechos 2, 1-11)- presenta el ‘nuevo curso’ de la obra de Dios iniciado con la resurrección de Cristo, obra que involucra al hombre, la historia y el cosmos. El Hijo de Dios muerto y resucitado y vuelto al Padre sopla ahora sobre la humanidad, con inédita energía, el soplo divino, el Espíritu Santo. Y ¿qué cosa produce esta nueva y potente auto-comunicación de Dios? Allí donde hay laceraciones y donde son extraños entre sí, ésta crea unidad y comprensión. Se acciona un proceso de reunificación entre las partes de la familia humana, divididas y dispersas; las personas, muchas veces reducidas a individuos en competición o en conflicto entre ellos, alcanzadas del Espíritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comunión, que puede involucrarlos a un punto tal de hacer de ellos un nuevo organismo; un nuevo sujeto: la Iglesia. Este es el efecto de la obra de Dios: La unidad. Por esto la unidad es el signo de reconocimiento, la ‘tarjeta de presentación’ de la iglesia en el curso de su historia universal. Desde el inicio, desde el día de Pentecostés ella habla todas las lenguas. La Iglesia universal precede a las iglesias particulares, y estas deben siempre conformarse a aquella, según un criterio de unidad y de universalidad. La Iglesia no permanece jamás prisionera de los confines políticos, raciales y culturales; no se puede confundir con los Estados ni tampoco con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de género diverso y aspira a atravesar todas las fronteras humanas.

De esto, queridos hermanos, deriva un criterio práctico de discernimiento para la vida cristiana: cuando una persona, o una comunidad, se cierra en el propio modo de pensar y de obrar, es signo de que se ha alejado del Espíritu Santo. El camino de los cristianos y de las Iglesias particulares debe siempre confrontarse con aquel de la Iglesia una y católica, y armonizarse con él. Esto no significa que la unidad creada del Espíritu Santo sea una especie de igualitarismo. Al contrario, esto es mas bien el modelo de Babel, o sea la imposición de una cultura de la unidad que podríamos definir ‘técnica’. La Biblia de hecho, nos dice (Cfr. Gen 11, 1-9) que en Babel algunos querían imponer a todos una sola lengua. En Pentecostés, en cambio, los Apóstoles hablan lenguas distintas pero de modo que cada uno comprende el mensaje en su propio idioma. La unidad del Espíritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensión. La Iglesia es en su naturaleza una y múltiple, destinada como es a vivir en todas las naciones, todos los pueblos, y en los mas diversos contextos sociales. Ella responde a su vocación de ser signo e instrumento de unidad de todo el género humano. (Cfr. Lumen Gentium, 1) sólo si permanece autónoma de cada Estado y de cada cultura particular. Siempre y en cada lugar la Iglesia debe ser verdaderamente católica y universal, la casa de todos que cada uno siente suya.

El relato de los Hechos de los apóstoles nos ofrece también otro principio muy concreto. La universalidad de la Iglesia viene expresada en la lista de pueblos, según la antigua tradición “Somos Partos, Medos, Elamitas…” etc. Se puede observar aquí que San Lucas va más allá del número 12, que ya expresa siempre una universalidad. El mira más allá, los horizontes del Asia y del África nord-occidentales, y alcanza otros tres elementos: los ‘Romanos’, esto es el mundo occidental; los “judíos y prosélitos”, comprendiendo en modo nuevo la unidad entre Israel y el mundo; y, en fin, “Cretenses y Árabes” que representan Occidente y Oriente, islas y tierra firme. Esta apertura de horizontes confirma ulteriormente la novedad de Cristo en la dimensión del espacio humano, de la historia de las gentes: el Espíritu Santo involucra hombres y pueblos y, a través de ellos, supera muros y barreras.

En Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como fuego. Su llama descendió sobre los discípulos reunidos, se encendió en ellos y les donó el nuevo ardor de Dios. Se realiza así lo que había predicho el Señor Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra y !cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!” (Lucas 12,49) Los Apóstoles junto a los fieles de las diversas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los extremos confines de la Tierra; abrieron así un camino para la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios que con su fuego quiere renovar la faz de la tierra. !Qué distinto es este fuego, de aquel de las guerras y de las bombas! Que distinto es el incendio de Cristo, propagado por la Iglesia, respecto de aquellos encendidos por los dictadores de cada época, también en el siglo pasado, que dejan detrás de si tierra quemada. El fuego de Dios, el fuego del Espíritu Santo, es aquel de la zarza que arde sin consumirse (Cfr. Éxodo 3,2) Es una llama que arde, pero no destruye; que, por el contario, ardiendo hace emerger la parte mejor y más verdadera del hombre, como en una fusión hace sobresalir su forma interior, su vocación a la verdad y al amor.

Un padre de la Iglesia, Orígenes, en una de sus homilías sobre Jeremías, reporta un dicho atribuido a Jesús, no contenido en las sagradas escrituras pero quizá autentico, que recita así: “Quien está junto a mi está junto al fuego” (Homilía sobre Jeremías L.I (III). En Cristo, de hecho, habita la plenitud de Dios, que en la Biblia es parangonado al Fuego. Hemos observado hace poco que la llama del espíritu arde pero no quema. Y todavía ella opera una transformación, y por esto debe consumir alguna cosa en el hombre: las escorias que lo corrompen y los obstáculos en su relación con Dios y con el prójimo. Pero este efecto del fuego divino nos asusta. Tenemos miedo de ser ‘quemados’. Preferiríamos permanecer así como somos. Esto depende del hecho de que muchas veces nuestra vida es planeada según la lógica del tener, del poseer y no del donarse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide perder alguna cosa de si mismos, entonces, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Está el temor de tener que renunciar a alguna cosa bella, a la que estamos apegados; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos. Por una parte queremos estar con Jesús, seguirlo de cerca, y por otra parte tenemos miedo de las exigencias que eso comporta.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos siempre necesidad de sentirnos decir del Señor Jesús aquello que seguido repetía a sus amigos: ” No tengan miedo”. Como Simon Pedro y los otros, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a la debilidad humana. Debemos saber reconocer que perder alguna cosa, es más, a nosotros mismos por el verdadero Dios, el Dios del amor y de la vida, es en realidad ganar, reencontrarse más plenamente. Quien se confía a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la gloria del corazón, que el mundo no puede dar, y no puede tampoco quitar, una vez que Dios nos las ha donado. ¡Vale por tanto la pena dejarse tocar del Espíritu Santo! El dolor que nos provoca es necesario a nuestra transformación. Es la realidad de la cruz. No por nada en el lenguaje de Jesús el ‘fuego’ es sobre todo una representación del misterio de la cruz, sin la cual no existe el cristianismo. Por eso iluminados y confortados de esta palabra de vida, elevamos nuestra invocación: ¡Ven Espíritu Santo! Enciende en nosotros el fuego de tu amor. Sabemos que esta es una oración audaz, con la cual pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama – y solo ella- tiene el poder de salvarnos. No queremos, por defender nuestra vida, perder aquella eterna que Dios nos quiere dar. Tenemos necesidad del fuego del Espíritu Santo, porque solo el amor redime. Amén.

Traducción del italiano: Guillermo Ortiz SJ – RV

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