Mensaje de los obispos con motivo del Día del Apostolado Seglar


Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar
Solemnidad de Pentecostés
23 de mayo de 2010
«No he venido a ser servido, sino a servir»
(Mt 20, 28)
Servidores en la comunidad
Sacerdocio común – sacerdocio ministerial

La celebración del Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, pretende impulsar la renovación espiritual de los
presbíteros, ayudándolos a poner el extraordinario don recibido de Dios al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Esta celebración puede ser también una buena ocasión para que todos los cristianos profundicemos en las exigencias de nuestra vocación bautismal.
Unos y otros, injertados en el cuerpo de Cristo, muerto y resucitado, en virtud del sacramento del Bautismo, hemos sido elegidos para formar parte de un sacerdocio santo, para colaborar como piedras vivas en la construcción de un edificio espiritual y para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo (1 Pe 2, 4-5).
Como consecuencia del sacramento del Bautismo, los presbíteros, los religiosos y los cristianos laicos participamos del triple oficio de Cristo, sacerdote, profeta y rey.
Ciertamente, entre el sacerdocio ordenado y el sacerdocio comúnde todos los bautizados existe una diferencia esencial. Pero esta diferencia no puede entenderse nunca como separación, sino como complementariedad entre ambos sacerdocios, pues uno y otro proceden del único sacerdocio de Jesucristo. El sacerdocio ordenado está al servicio del sacerdocio común de todos los bautizados. Es más, la persona que ha recibido el orden sacerdotal sigue siendo un cristiano y, por tanto,
en él permanecen íntegras la llamada a la santidad y la exigencia del testimonio.
San Agustín nos ha legado un precioso testimonio, en el que podemos percibir la importancia del sacerdocio bautismal, la urgencia de la comunión eclesial y la necesidad de la corresponsabilidad entre lospresbíteros y los cristianos laicos en la acción misionera de toda la Iglesia.
Decía él: «Cuando me da miedo pensar lo que soy para vosotros, me llena de consuelo lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy un cristiano; aquel es el nombre de un oficio, este es el nombre de la gracia; aquel es mi responsabilidad; este es mi salvación» (Sermón 340, 1).
El lema elegido este año para la celebración del Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica, con ocasión de la solemnidad de Pentecostés, nos invita a tomar conciencia de esta realidad descrita por san Agustín. Tanto los presbíteros como los fieles laicos formamos parte de un mismo cuerpo, de la única Iglesia de Jesucristo. Esta pertenencia eclesial, que es gracia y don de Dios, nos plantea un conjunto de exigencias
que debemos tener muy presentes en la vivencia de nuestras respectivas vocaciones.
La primera exigencia para todos los bautizados es la de permanecer en Cristo. Esto lleva consigo acoger sus enseñanzas, buscar ante todo el Reino de Dios y alimentar nuestra vida con la gracia divina en las celebraciones litúrgicas. Jesucristo, la piedra angular desechada por los arquitectos, debe ser siempre el sólido fundamento de nuestra vida cristiana
y de nuestros proyectos evangelizadores. Él nos regala a todos los bautizados su vida de Resucitado, nos invita a participar en la edificación de su Iglesia y nos une en la más perfecta comunión, mediante el don del Espíritu Santo. Sólo desde esta radical comunión podremos dar fruto abundante.
En medio del individualismo y de la disgregación que observamos en la sociedad y, en ocasiones, también en la Iglesia y en las mismas asociaciones apostólicas, la unión a Cristo, alimentada y sustentada en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos, nos ayuda a fomentar la comunión fraterna, a impulsar la solidaridad, a rechazar los egoísmos y la dispersión pastoral, colaborando con convicción en la
construcción de la casa común. «Todos, pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y alimentar continuamente vínculos y relaciones fraternas
de estima, cordialidad y colaboración entre las diversas formas asociativas
de los laicos. Solamente así la riqueza de los dones y carismas
que el Señor nos ofrece pueden dar su fecunda y armónica contribución
a la edificación de la casa común» (ChL 31).
Por otra parte, la participación de todos los bautizados en el oficio
sacerdotal de Cristo en virtud del Bautismo nos impulsa también a descubrir
los caminos recorridos por el Señor en el ejercicio de su sacerdocio,
pues hemos sido llamados a seguirle. Como bien sabemos, no son caminos
fáciles, puesto que Él lleva a cumplimiento su sacerdocio mediante
la entrega amorosa e incondicional al Padre en la cruz por la salvación
de todos los hombres.
Esta entrega de Cristo al Padre se actualiza por el ministerio de la
Iglesia en la celebración de la Eucaristía. De este modo, los cristianos,
incorporados a Cristo por el Bautismo, podemos y debemos ofrecerle al
Padre con la ofrenda del Cuerpo de Cristo nuestra vida y todas nuestras
actividades. Las iniciativas apostólicas, las relaciones familiares, el trabajo
cotidiano y las mismas pruebas de la vida, si son realizadas en el
Espíritu, se convierten en sacrificios espirituales agradables a Dios, nos
llevan a contemplarlo todo con su mirada y se convierten en ocasión
propicia para unir la fe y la vida, para crecer en la unión con Dios y para
ofrecer un servicio más generoso a nuestros semejantes, ayudándoles a
abrir su mente y su corazón al Señor. Esto es aplicable a los presbíteros
y a los cristianos laicos.
Finalmente, en el ejercicio del sacerdocio bautismal, no debemos olvidar
nunca que la eficacia del sacrificio de Cristo proviene de su total
libertad y de su amor incondicional al Padre y a los hombres. Los cristianos,
revestidos de Cristo en el sacramento del Bautismo, tenemos que vivir
y actuar como criaturas nuevas, proclamando las maravillas de aquel
que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Acogiendo el amor
de Dios, que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo,
debemos hacer del mandamiento del amor la brújula de toda nuestra
existencia.
En ocasiones percibimos que algunos cristianos parecen dar más importancia
a otros dones recibidos del Señor que al mandamiento del
amor. Como les sucedió a los cristianos de Corinto, todos podemos caer
en la tentación de dar más importancia a los carismas extraordinarios, a
la profecía y al don de lenguas, que al amor. El apóstol Pablo, al constatar
estos comportamientos equivocados, les corrige y les invita a la
conversión, haciéndoles ver que, si falta el amor, todo lo demás no sirve
de nada.
La Iglesia es enviada al mundo por encargo del Señor. Pero esta misión
corresponde especialmente a los cristianos laicos que, en virtud de
«la índole secular», estáis invitados a progresar en vuestra santificación,
ordenando los asuntos temporales de acuerdo con la voluntad de Dios.
Ahora bien, este compromiso es necesario vivirlo con la clara conciencia
de que Dios nos ama y ama el mundo, se interesa por nosotros y quiere la
salvación de todos. Esta convicción profunda anima nuestro compromiso
evangelizador, teniendo muy presente que siempre hemos de comenzar
ofreciendo el alegre testimonio del amor de Dios a nuestros semejantes.
La solemnidad de Pentecostés nos recuerda la presencia impetuosa
del Espíritu en la vida y misión de la Iglesia y es una magnífica oportunidad
para que sacerdotes y cristianos laicos profundicemos en las exigencias
del sacerdocio bautismal, para que asumamos con gozo la vocación
a la santidad y para que demos pasos decididos en la corresponsabilidad

y en la misión evangelizadora de la Iglesia. Con ocasión de esta celebración,
queremos agradeceros a los presbíteros, a los cristianos laicos y a
las asociaciones y movimientos apostólicos vuestro testimonio creyente
y vuestra inquietud misionera. Pensando en el futuro de la Iglesia, del
mundo y de la evangelización, os invitamos a fi jar vuestros ojos en Jesucristo,
sumo y eterno Sacerdote, y a abrirle vuestro corazón, teniendo
siempre presente que lo que es imposible para los hombres siempre es
posible para Dios. Pongamos todas nuestras inquietudes y preocupaciones
en las manos del Padre y, como partícipes todos del único sacerdocio
de Cristo, mantengamos con la fuerza del Espíritu la fi delidad, renovemos
la esperanza y sembremos a manos llenas el amor de Dios, aunque
nos parezca que la semilla no acaba de brotar.
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

+ Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela
Presidente
+ Juan Antonio Reig Plà
Obispo de Alcalá de Henares
Vicepresidente
+ Antonio Algora Hernando
Obispo de Ciudad Real
+ Francisco Cases Andreu
Obispo de Canarias
+ Atilano Rodríguez Martínez
Obispo de Ciudad Rodrigo
+ José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de San Sebastián
+ Francisco Cerro Cháves
Obispo de Coria-Cáceres
+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

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