Medios católicos


/ Por José María Gil Tamayo

La celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales constituye una buena ocasión para pensar en la relación de la Iglesia con los medios de comunicación, lo que está realizando y todavía puede hacer para mejorarla; y también -¿por qué no?- esta efeméride le puede servir para hacer “auditoría” o examen de conciencia de su presencia en este inmenso mundo que califica a la sociedad de nuestro tiempo. Precisamente esta jornada anual fue instituida para este fin por el Concilio Vaticano II (cf. Inter mirifica, 18): concienciar a los fieles sobre la importancia que los medios de comunicación tienen para la misión de la Iglesia y su gran influencia en las personas y comunidades.
Cuestiones éstas de gran calado, que ya nadie se atreve a negar desde el punto de vista teórico pues, incluso, a lo largo del casi medio siglo trascurrido desde el Concilio, se ha generado todo un valioso y extenso magisterio eclesial sobre el tema, aunque a la hora de las concreciones en los contenidos y en las formas, en los géneros y soportes, discuten los autores y las realizaciones son además de ricas y variadas, también complejas y hasta problemáticas.
Pero con todo, siempre hay una cuestión que concurre reiteradamente por estas fechas: ¿debe la Iglesia y sus instituciones tener medios de comunicación propios o más bien ha de limitarse a que haya cristianos en los medios civiles? ; y en el caso de tener medios, ¿estos han de ser de temática religiosa o generalista? A mi parecer pienso que hay que huir de planteamientos adversativos o excluyentes y apostar, más bien, por una y otra opción, pero siempre con lealtad para con la naturaleza de cada medio y con cristiana coherencia institucional y personal.

Dar representatividad a la visión cristiana

No obstante esto, la situación actual en la que se encuentra la Iglesia en España reclama la existencia de medios propios, dado que su estatus público es cuestionado desde determinadas posiciones políticas e ideológicas, hasta el punto de querer marginarla al ámbito de lo privado: a una especie de “reserva india”, en la que las convicciones religiosas queden desactivadas de toda operatividad social y cultural, de influencia en el pensamiento y en la agenda pública, la que realmente incide en los ciudadanos y en la construcción social.
En esta geografía política y social la comunidad católica española necesita medios propios para restituir a la religión su presencia en el espacio público, gestionado principalmente por las comunicaciones sociales. Con ello la Iglesia reforzará su significación, dando representación, con toda su especificidad, variedad y riqueza, al pensamiento público creyente en la pluralidad de ofertas de sentido que hoy concurren en la sociedad. Los católicos han de seguir manifestando que tienen respuestas actuales para las cuestiones que interesan a los hombres y mujeres de hoy.
Por esto mismo, un medio católico ha de reflejar que ser creyente es ser también moderno, por lo que en él se puede escribir o hablar de todo lo humano y lo divino, sin dejarse contagiar de la opinión extendida de que la religión es algo marginal incluso en espacios tipográfico y bandas horarias.
No sólo los específicamente religiosos, sino cualquier medio católico ha de responder de manera trasversal a este calificativo en el fondo y en la forma, para lo cual necesita el concurso de buenos profesionales creyentes, de empresarios igualmente comprometidos con la fe y del público que lo apoye con su audiencia y financiación. Los medios, también los católicos, necesitan medios… económicos.
Ésta no es una tarea fácil, no sólo en las propias filas eclesiales, que aún han de “convertirse” y caer más en la cuenta, tanto de la importancia evangelizadora de la comunicación social, como de la necesidad de recomponer, en la variedad y dispersión de sus propios medios, la necesaria unidad hacia comunes objetivos estratégicos, así como restablecer con claridad en algunos ellos los objetivos o fines originales por los que fueron creados. Es también arduo este empeño en un complejo y conflictivo mundo, como es el de los medios, donde concurren muchas veces intereses económicos, de poder e influencia, extraños a la propia comunicación, que comprometen la propia supervivencia editorial y laboral.
Pero para ayudar a superar estas dificultades apuntadas y otras muchas más, así como para no dejarse vencer por el desánimo, la celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales hace también una propuesta indispensable: la oración por esta causa y por quienes en ella trabajan.

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