Benedicto XVI en Oporto: “Es necesario que seáis conmigo testigos de la resurrección de Jesús”


La cuarta y última jornada de Benedicto XVI en tierras portuguesas ha transcurrido en Oporto, donde llegó a las 9 y media de la mañana en helicóptero procedente de Fátima, según ha informado Radio Vaticano. El Papa fue recibido por Mons. Manuel Clemente, obispo de la diócesis de Oporto, junto al alcalde de esta ciudad y el Jefe del Estado Mayor del Ejército portugués. Desde el helipuerto del cuartel de Serra do Pilar, el Santo Padre se dirigió en papamóvil al palacio municipal de la capital, en cuya plaza de la “Avenida de los Aliados” celebró la última Misa de su viaje apostólico a Portugal.
La homilía de Benedicto XVI, cuyo texto ofrecemos completo al final de esta noticia, se puede leer como un mensaje no sólo a esta Iglesia particular sino como un mensaje del Sucesor de Pedro a los católicos, a toda la Iglesia universal. El Papa ha retomado el encuentro de los discípulos reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión de Jesús para elegir al sustituto de Judas. Fue elegido Matías, quien había sido testigo de la vida pública de Jesús y de su triunfo sobre la muerte, permaneciéndole fiel hasta el final, a pesar del abandono de muchos.
“La ‘desproporción’ entre las fuerzas en campo que hoy nos asusta, hace ya dos mil años sorprendía a quienes veían y escuchaban a Cristo. Estaba sólo Él, desde la orilla del Lago de Galilea hasta las plazas de Jerusalén, solo o casi solo en los momentos decisivos: Él en unión con el Padre, Él en la fuerza del Espíritu. Y sin embargo, al final, sucedió que del mismo amor que ha creado el mundo, se produjo la novedad del Reino como pequeña semilla que germina de la tierra, como chispa de luz que irrumpe en las tinieblas, como alba de un día sin ocaso: Es Cristo resucitado. Y se apareció a sus amigos, mostrándoles la necesidad de la cruz para llegar a la resurrección”.
Tras destacar las palabras de Pedro: “Conviene, pues, que uno sea constituido testigo con nosotros de su resurrección”, Benedicto XVI ha explicado que él, en su papel de actual Sucesor de Pedro, repite a cada uno de ellos lo mismo: “Hermanos y hermanas míos, es necesario que seáis conmigo testigos de la resurrección de Jesús. En efecto, si vosotros no seréis sus testigos en vuestro ambiente, ¿quién lo será en vuestro lugar? El cristiano es, en la Iglesia y con la Iglesia, un misionero de Cristo enviado al mundo. Ésta es la misión improrrogable de cada comunidad eclesial: recibir de Dios y ofrecer al mundo a Cristo resucitado, a fin de que toda situación de debilitamiento y de muerte sea transformada, mediante el Espíritu Santo, en ocasión de crecimiento y de vida”.
El Papa ha afirmado asimismo: “nada imponemos, pero siempre proponemos -tal como recomienda Pedro en una de sus cartas. Dad culto al Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida la razón de vuestra esperanza”. Y todos, al final, nos la piden, incluso los que parecen no pedirla. “Por experiencia personal -ha proseguido Benedicto XVI- sabemos bien que es Jesús aquel a quien todos esperan.
“En efecto -ha dicho el Papa- las más profundas expectativas del mundo y las grandes certezas del Evangelio se cruzan en la irrecusable misión que nos compete, porque sin Dios el hombre no sabe adónde ir y ni siquiera logra comprender quién es. Frente a los enormes problemas del desarrollo de los pueblos que casi nos impulsan al desaliento y a la rendición, nos viene en ayuda la palabra del Señor Jesucristo, que nos hace conscientes de que: “Separados de Él no podemos hacer nada”.
Después de recordar que esta certeza nos consuela y tranquiliza, el Papa ha dicho también que “no nos exime de salir al encuentro de los demás”. Por eso ha afirmado que “debemos vencer la tentación de limitarnos a lo que aún tenemos, o creemos tener”, porque sería un “morir a plazos, en cuanto la presencia de Iglesia en el mundo, la cual, por otra parte, sólo puede ser misionera en el movimiento difusivo del Espíritu.
“En estos últimos años, ha cambiado el marco antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad. Hoy la Iglesia está llamada a afrontar nuevos desafíos y está dispuesta a dialogar con culturas y religiones diversas, tratando de construir, junto a toda persona de buena voluntad, la pacífica convivencia de los pueblos. El campo de la misión ad gentes se presenta hoy notablemente ampliado y no definible sólo en base a consideraciones geográficas; en efecto nos esperan, no sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ambientes socio-culturales y, sobre todo, los corazones, que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del pueblo de Dios”.
El Santo Padre ha concluido la homilía de su última misa celebrada esta mañana en Oporto con las siguientes palabras: “Queridos hermanos y amigos de Oporto, elevad los ojos hacia Aquella que habéis elegido como patrona de la ciudad, la Inmaculada Concepción. El Ángel de la anunciación saludó a María como “llena de gracia”, significando con esta expresión que su corazón y su vida estaban totalmente abiertos a Dios y, por tanto, completamente imbuidos de su gracia. Que Ella os ayude a hacer de vosotros mismos un “sí” libre y pleno a la gracia de Dios, a fin de que seáis renovados y podáis renovar a la humanidad a través de la luz y alegría del Espíritu Santo”.
Durante la misa, el Papa ha dirigido un cordial saludo a todos los fieles, la jerarquía eclesiástica y las autoridades presentes, con un pensamiento particular hacia cuantos están implicados en el “dinamismo” de la misión diocesana. Luego, el Santo Padre ha regresado a la Sacristía en el Palacio del Municipio de Oporto y asomándose al balcón principal ha saludado a los fieles.
“Me siento feliz de encontrarme entre vosotros y os agradezco el recibimiento festivo y cordial que me habéis dispensando en Porto, la “Ciudad de la Virgen”. Confío a su protección materna vuestras vidas y vuestras familias, vuestras comunidades e instituciones al servicio del bien común, en particular, las universidades de esta ciudad cuyos estudiantes se han reunido aquí conmigo y me han manifestado su gratitud y su adhesión al magisterio del Sucesor de Pedro. Gracias por vuestra presencia y por el testimonio de vuestra fe”.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA PRONUNCIADA POR BENEDICTO XVI EN LA SOLEMNE MISA CELEBRADA EN OPORTO (PORTUGAL)

Queridos Hermanos y Hermanas

“En el libro de los Salmos está escrito: […] «que su cargo lo ocupe otro». Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección” (Hch 1, 20-22). Así habló Pedro, leyendo e interpretando la palabra de Dios en medio de sus hermanos, reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión de Jesús a los cielos. El elegido fue Matías, que había sido testigo de la vida pública de Jesús y de su triunfo sobre la muerte, permaneciendo fiel hasta el final, a pesar del abandono de muchos. La “desproporción” de fuerzas en acción, que hoy nos asusta, impresionaba ya hace dos mil años a los que veían y escuchaban a Jesús. Desde las playas del lago de Galilea hasta las plazas de Jerusalén, Jesús se encontraba prácticamente solo en los momentos decisivos; eso sí, en unión con el Padre, guiado por la fuerza del Espíritu. Y con todo, el mismo amor que un día creó el mundo hizo que surgiese la novedad del Reino como una pequeña semilla que brota en la tierra, como un destello de luz que irrumpe en las tinieblas, como aurora de un día sin ocaso: es Cristo resucitado. Y apareció a sus amigos mostrándoles la necesidad de la cruz para llegar a la resurrección.
Aquel día Pedro buscaba un testigo de todas estas cosas. De los dos que presentaron, y el cielo designó a Matías, y “lo asociaron a los once apóstoles” (Hch 1, 26). Hoy celebramos su gloriosa memoria en esta “Ciudad invicta”, que se ha vestido de fiesta para acoger al Sucesor de Pedro. Doy gracias a Dios por haberme traído hasta vosotros, y encontraros en torno al altar. Os saludo cordialmente, hermanos y amigos de la ciudad y diócesis de Porto, así como a los que habéis venido de la provincia eclesiástica del norte de Portugal y también de la vecina España, y a cuantos se encuentran en comunión física o espiritual con nuestra asamblea litúrgica. Saludo al Obispo de Porto, Mons. Manuel Clemente, que deseaba con mucha solicitud mi visita, y me ha recibido con gran afecto, haciéndose intérprete de vuestros sentimientos al comienzo de esta Eucaristía. Saludo a sus predecesores y a los demás hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, los consagrados y las consagradas, y a los fieles laicos, especialmente a todos aquellos que están comprometidos activamente en la Misión diocesana y, más en concreto, en la preparación de mi visita. Sé que han podido contar con la colaboración efectiva del Alcalde de Porto y de otras autoridades públicas, muchas de las cuales me honran hoy con su presencia; aprovecho este momento para saludarles y asegurarles, a ellos y a cuantos representan y sirven, los mejores éxitos para el bien de todos.
“Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús”, decía Pedro. Y su Sucesor actual repite a cada uno de vosotros: Hermanos y hermanas míos, hace falta que os asociéis a mí como testigos de la resurrección de Jesús. En efecto, si vosotros no sois sus testigos en vuestros ambientes, ¿quién lo hará por vosotros? El cristiano es, en la Iglesia y con la Iglesia, un misionero de Cristo enviado al mundo. Ésta es la misión apremiante de toda comunidad eclesial: recibir de Dios a Cristo resucitado y ofrecerlo al mundo, para que todas las situaciones de desfallecimiento y muerte se transformen, por el Espíritu, en ocasiones de crecimiento y vida. Para eso debemos escuchar más atentamente la Palabra de Cristo y saborear asiduamente el Pan de su presencia en las celebraciones eucarísticas. Esto nos convertirá en testigos y, aún más, en portadores de Jesús resucitado en el mundo, haciéndolo presente en los diversos ámbitos de la sociedad y a cuantos viven y trabajan en ellos, difundiendo esa vida “abundante” (cf. Jn 10, 10) que ha ganado con su cruz y resurrección y que sacia las más legítimas aspiraciones del corazón humano.
Sin imponer nada, proponiendo siempre, como Pedro nos recomienda en una de sus cartas: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 P 3, 15). Y todos, al final, nos la piden, incluso los que parece que no lo hacen. Por experiencia personal y común, sabemos bien que es a Jesús a quien todos esperan. De hecho, los anhelos más profundos del mundo y las grandes certezas del Evangelio se unen en la inexcusable misión que nos compete, puesto que “sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: ‘Sin mí no podéis hacer nada’ (Jn 15, 5). Y nos anima: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo’ (Mt 28, 20)” (Enc. Caritas in veritate, 78).
Aunque esta certeza nos conforte y nos dé paz, no nos exime de salir al encuentro de los demás. Debemos vencer la tentación de limitarnos a lo que ya tenemos, o creemos tener, como propio y seguro: sería una muerte anunciada, por lo que se refiere a la presencia de la Iglesia en el mundo, que por otra parte, no puede dejar de ser misionera por el dinamismo difusivo del Espíritu. Desde sus orígenes, el pueblo cristiano ha percibido claramente la importancia de comunicar la Buena Noticia de Jesús a cuantos todavía no lo conocen. En estos últimos años, ha cambiado el panorama antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad; hoy la Iglesia está llamada a afrontar nuevos retos y está preparada para dialogar con culturas y religiones diversas, intentando construir, con todos los hombres de buena voluntad, la convivencia pacífica de los pueblos. El campo de la misión ad gentes se presenta hoy notablemente dilatado y no definible solamente en base a consideraciones geográficas; efectivamente, nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios.
Se trata de un mandamiento, cuyo fiel cumplimiento “debe caminar, por moción del Espíritu Santo, por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio, y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que salió victorioso por su resurrección” (Decr. Ad gentes, 5). Sí, estamos llamados a servir a la humanidad de nuestro tiempo, confiando únicamente en Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16). ¡Cuánto tiempo perdido, cuánto trabajo postergado, por inadvertencia en este punto! En cuanto al origen y la eficacia de la misión, todo se define a partir de Cristo: la misión la recibimos siempre de Cristo, que nos ha dado a conocer lo que ha oído a su Padre, y el Espíritu Santo nos capacita en la Iglesia para ella. Como la misma Iglesia, que es obra de Cristo y de su Espíritu, se trata de renovar la faz de la tierra partiendo de Dios, siempre y sólo de Dios.
Queridos hermanos y amigos de Porto, levantad los ojos a Aquella que habéis elegido como patrona de la ciudad, la Inmaculada Concepción. El Ángel de la anunciación saludó a María como “llena de gracia”, significando con esta expresión que su corazón y su vida estaban totalmente abiertos a Dios y, por eso, completamente desbordados por su gracia. Que Ella os ayude a hacer de vosotros mismos un “sí” libre y pleno a la gracia de Dios, para que podáis ser renovados y renovar la humanidad a través de la luz y la alegría del Espíritu Santo.

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