"Perdonar las injurias", carta del arzobispo de Pamplona


La injuria es un agravio y ultraje de obra o de palabra que nos pueden o podemos realizar en algún momento de nuestra vida. Según el derecho la injuria es un delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación. La injuria daña profundamente y es muy nociva de tal forma que provoca o puede llegar a producir un cierto desequilibrio psicológico en quien la recibe. Solamente se puede restaurar con la misericordia y el perdón.
El agredido por la injuria puede llevar al agresor a los tribunales pero la medicina que únicamente sana es el perdón. Y los mismos tribunales, muchas veces, operan con estas claves fundamentales en el entendimiento humano: la reconciliación y el perdón. La justicia auténtica va traspasada por el sentido hondo de la conciliación y la misericordia. Perdonar a quien nos injurie es la cuarta ‘obra de misericordia’ espiritual que es fruto del Evangelio bien vivido.
Esta excelente obra de caridad lleva consigo una disposición interior para que el odio y la venganza no sean los que muevan el corazón humano si bien no se tiene obligación de renunciar a toda clase de reparación externa por la ofensa recibida puesto que a veces se necesita poner remedios para no dejar que la injuria domine sobre el sentido coherente de la vida de la persona. “Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La oración más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia y nuestra unión” (San Cipriano de Cartago).
La injuria puede llegar a provocar estados de ánimo contradictorios e incluso situaciones de violencia incontrolados. No se puede llevar hacia delante una auténtica relación fraterna si no se purifica el corazón de las adherencias vengativas por parte de quien ha recibido la injuria. Sin percatarnos, puesto que es muy sutil, se suele caer en la venganza justificada a la hora de atacar a quien ha sido el promotor de la injuria. Si así se procede se cae en la misma falta que se condena.
La injuria es un delito que merece su penalización en justicia y ha de buscarse cauces para atajar el mal que dicho desorden produce. Tiene el derecho de legítima defensa quien haya recibido una injuria y sobre todo cuando está en juego el desprestigio de un tercero. Cuando la injuria no redunda en perjuicio o desprestigio de otra persona más que de quien la ha recibido, siempre es más perfecto perdonar de corazón y renunciar a exigir la reparación. Como cristianos hemos de conducir estas afrentas con espíritu humilde si bien se requiere rechazar el ultraje y dar una lección de ‘bien hacer’ al que ha injuriado para que rectifique su proceder e impedir que repita tales cosas en el futuro, según el texto de los Proverbios: “Responde al necio como merece su necedad, para que no se crea un sabio” (Prov 26,5).
Nunca la injuria debe acallar a aquellos que son ejemplo para los demás y se ha de procurar que no domine el mal sobre el bien. Así lo expresan los santos al afirmar que “aquellos cuya vida ha de servir de ejemplo a los demás, deben, si les es posible, hacer callar a sus detractores, a fin de que no dejen de escuchar su predicación los que podrían oírla y no desprecien la vida virtuosa permaneciendo en sus depravadas costumbres”( San Gregorio Nacianceno). Las razones esenciales de una sana convivencia han de ser las que prevalezcan y a ellas se ha de mirar como único estilo de vida humana y cristiana.

Mons. Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona-Tudela

Mons. Francisco Pérez
Acerca de Mons. Francisco Pérez 303 Artículos
Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental.Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense.El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión.CARGOS PASTORALESDesde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad.El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017.Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).