Benedicto XVI denuncia ante la Sábana Santa de Turín que la tendencia contemporánea de esconder a Dios genera vacío en el hombre


“Después de dos guerras mundiales, los campos de concentración y los gulags; Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez en mayor medida en un Sábado Santo”, en el sentido de que la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida, y de forma especial a nosotros creyentes. También nosotros tenemos que ver con esta oscuridad”.
A las cinco y media de la tarde Benedicto XVI ha venerado el Santo Sudario en la catedral de Turín, y con su meditación sobre la Sábana Santa ha relacionando, según Radio Vaticano, el subtítulo de la Ostensión: “El misterio del Sábado Santo”, con el Icono de este misterio. La tela sepulcral que envolvió el cuerpo de un hombre crucificado y correspondiente a todo lo que los Evangelios dicen de Jesús.
El Pontífice ha subrayado que tras atravesar el siglo pasado la humanidad se ha vuelto particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. “Esconder a Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de forma existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido agrandándose cada vez más”.
El Sábado Santo es el día que Dios se esconde, como se lee en una antigua homilía: ¿Qué ha sucedido? Hoy sobre la tierra sólo hay un gran silencio, silencio y soledad. Gran silencio porque el Rey duerme… Dios ha muerto en la carne y ha descendido al reino de los infiernos. En el Credo, nosotros profesamos que Jesucristo fue crucificado bajo Poncio Pilatos, murió y fue sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de la muerte”.
A pesar de esta oscuridad y este gran silencio, el Santo Padre ha señalado un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consolación y esperanza. De hecho el Papa ha manifestado que la Sabana Santa se comporta como un documento fotográfico, con un positivo y un negativo, que hace “el misterio más oscuro de la fe y al mismo tiempo la señal más luminosa de una esperanza que no tiene límites.
“El Sábado Santo es la tierra de nadie entre la muerte y la resurrección, pero en esta tierra de nadie, ha entrado Uno, el único, que la ha atravesado con las señales de su Pasión por el hombre: Passio Christi. Passio hominis. Y la Sábana Santa nos habla exactamente de aquel momento, testimonia precisamente ese intervalo único e irrepetible de la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios ha compartido nuestro morir y nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical”.
Reafirmando que en ese tiempo más allá del tiempo Jesús descendió a los infiernos, Benedicto XVI ha explicado que “Dios, hecho hombre, ha llegado al extremo de entrar en la soledad extrema y absoluta del hombre, donde no alcanza ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin palabra alguna de afecto: el infierno.
Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo da de la muerte es precisamente esto. Como los niños tenemos miedo de estar solos y la sola presencia de alguien que nos ame nos conforta. Es esto lo que ocurrió el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Y sucedió lo impensable: el Amor penetró en los infiernos: también en la oscuridad extrema de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos conduce fuera”.

Visita a los enfermos de Turín

El último encuentro del Santo Padre ha sido con los enfermos, que ha visitado en la en la Pequeña casa de la Divina Providencia, fundada por san José Benito Cottolengo, en los suburbios de Turín en 1832. “Es un encuentro el nuestro -ha dicho el Papa- que entona muy bien con mi peregrinación al Sagrado Sudario, porque podemos leer todo el drama del sufrimiento, pero también, a la luz de la Resurrección de Cristo, el pleno significado que ésta asume para la redención del mundo”.
Recordando su última Audiencia General el pasado miércoles, donde habló del fundador de la “Casa de la Divina Providencia”, el Pontífice ha afirmado que José Benito Cottolengo “fue un auténtico campeón de la caridad” cuyas iniciativas a favor de los más necesitados han florecido en todo el mundo. “Nacidas para sanar la plaza de pobreza que afligía la ciudad de Turín, el santo que dio una respuesta a esta situación acogiendo a personas en dificultad y privilegiando las que eran rechazadas y no eran curadas por los demás”.

“Lo guiaba una convicción profunda: los pobres son Jesús -decía. No son una imagen de Él. Son Jesús en persona y como tales es necesario servir. Todos los pobres son nuestros dueños”.
San José Cottolengo sintió que debía comprometerse con Dios y para el hombre, movido en lo profundo de su corazón por las palabras del apóstol Pablo: “la caridad de Cristo no deja escapatoria”. Su obra a favor de los más pequeños y olvidados -ha dicho el Papa- fue desde el inicio un ejercicio de caridad cristiana que le permitió reconocer en cada hombre, aunque estuviera al margen de la sociedad, una gran dignidad. Había comprendido que el que sufre y es rechazado tiende a aislarse y manifiesta desconfianza hacia la vida misma. Por eso hacerse cargo de tantos sufrimiento significaba crear profundas relaciones de cercanía espontánea dando vida a estructuras que parecieran verdaderas familias.
¡Recuperar la dignidad personal para san José Benito Cottolengo quería decir restablecer y valorizar todo lo humano: de las necesidades fundamentales psicosociales, a las morales y espirituales, de la rehabilitación de las funciones físicas a la búsqueda de un sentido de la vida.
“Queridos enfermos -ha terminado diciendo Benedicto XVI- vosotros desempeñáis una obra importante: viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo”. “Esta Casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo y manifiesta que el sufrimiento, el mal, la muerte no tienen la última palabra. Porque de la muerte y del sufrimiento, la vida puede resurgir”.

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