Trabajo para todos

El mes de mayo se inicia con un día dedicado al mundo del trabajo. Es la fiesta del trabajo. En la historia de esta jornada hallamos un largo camino de lucha, sufrimiento, esperanza y éxito. La Iglesia, con su doctrina social y con los movimientos obreros, ha colaborado en la transformación social del mundo laboral.
Hoy, con la crisis económica, tenemos en todas partes un problema muy grave que afecta a muchas personas y a muchas familias: el paro. En España son ya más de cuatro millones los parados. Falta en el mundo mucho trabajo. El paro es gravísimo. Juan Pablo II se refirió al paro en muchas ocasiones y siempre con palabras que expresan esta gravedad: el fenómeno creciente del paro, la terrible plaga del paro, el paro que aflige a tantas familias y a tantos jóvenes, la tragedia del paro que empuja a muchos hombres y a muchas mujeres a la desesperación o a engrosar las filas de los marginados sociales, etc. Y en la encíclica Laborem exercens lo calificaba como la clave contemporánea de toda la cuestión social.
Y no podemos olvidar que el trabajo es un derecho fundamental de la persona humana. Muchos parados que recurren a Cáritas lo primero que piden es trabajo. Muy cierto es que el trabajo dignifica al hombre. Con el trabajo la persona consigue el sustento básico y decoroso para ella y para su familia. A la vez, con el trabajo las personas participamos de algún modo en la obra creadora de Dios. Son muy conocidas aquellas palabras del Creador dirigidas a nuestros padres: Creced, multiplicaos y dominad la tierra. Este es el significado objetivo del trabajo. También hemos de considerar su significado subjetivo. En este sentido conviene tener siempre presente que el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo.
A la luz de la dignidad del trabajo y de lo que representa para las personas, aparece con mayor relieve el drama de la persona que no tiene trabajo en nuestra sociedad. Este drama del paro comporta para las personas sin trabajo carencias e inseguridades económicas que podemos traducir en pobreza, y que en muchas ocasiones llega a la miseria y comporta frustraciones personales. Podemos afirmar con certeza que el paro es la plaga moderna que destroza vidas y familias.
El paro es ciertamente un problema económico, político y social. Pero también es un problema de orden moral y espiritual porque es síntoma de un desorden moral profundo. Si los principios morales no presiden la actividad económica y la acción social y política, difícilmente se llegará a la solución deseada de la crisis económica y de este problema tan central que afecta a tantas personas y familias.
Se hace necesario hallar respuestas a este drama del paro. Esto comporta una constante participación de las organizaciones obreras y patronales, de las instituciones autonómicas y estatales, y de la sociedad entera. Así mismo es necesaria una verdadera conversión espiritual, ya que el egoísmo dificulta cualquier solución para poner remedio a estos graves problemas de la crisis económica y del paro.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo de Barcelona

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