"Un mandamiento nuevo", carta del obispo de Girona


Pero, ¿qué lleváis entre manos los cristianos? Es una pregunta que me han echado en cara muchas veces. El breve evangelio del presente domingo nos ofrece una de las novedades -de hecho se trata de un mandamiento del Señor Jesús- de lo que llevamos entre manos; mejor todavía, en lo más profundo de nuestro ser y de nuestro corazón.
El mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros. Es decir, llevamos entre manos el mandamiento del amor, que siempre será novedad en este mundo.

Estas son las palabras de Jesús a los discípulos en un momento muy solemne, el de su despedida.
La señal, el distintivo que nos identifica como cristianos, discípulos de Cristo, es el amor que nos tenemos unos a otros.
Permitidme algunas notas o precisiones:

– Aquí Jesús habla del amor entre los discípulos. Se trata, pues, del amor entre nosotros, los que somos cristianos y formamos la Iglesia, y más concretamente los que tenemos más cerca, los que formamos la Iglesia diocesana y la propia comunidad parroquial.
– Debemos insistir en el “cómo”. Sencillamente, tenemos que amarnos como Jesús nos ha amado. El listón está muy alto: como Jesús. Mejor dicho, el listón está en lo más alto.
– Y el amor es la señal por la que se nos reconocerá como discípulos de Cristo.

Amar requiere siempre la parte de Dios y la del hombre, la gracia y la libertad.
En primer lugar, está muy claro que Dios nos ha amado, lo sabemos y lo vivimos gracias a Jesús, y desde esta convicción o experiencia, que hemos hecho por medio de tantas personas, se inicia también la aventura de amarnos unos a otros.
Me he formulado varias preguntas para concretarlo en nuestra vida de creyentes, y en la de nuestras parroquias, grupos y asociaciones:

– Si alguien nos observa, ¿podrá decir que nos amamos?
– ¿Encuentro amor entre mis hermanos cristianos?
– ¿Amo a mis hermanos cristianos, los más próximos y los más lejanos, pese a que no piensen o vivan exactamente como yo o como creo que deberían hacerlo?

Amarnos exige el reconocimiento de cada uno, respeto, ayuda mutua, confianza recíproca, entregar constantemente la vida …
Pensando en nuestra Iglesia católica, universal, en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras comunidades parroquiales:

– Si alguien escucha nuestros comentarios sobre el Papa, obispos, sacerdotes y demás cristianos, ¿llegará a la conclusión que nos amamos o, por el contrario, se dará cuenta que no nos amamos en absoluto o, si acaso, muy poco?
– Se puede amar y, al mismo tiempo manifestar, humildemente, la propia opinión, sin romper, ni siquiera poner en peligro, la comunión eclesial. Pero conviene recordar que cuando seamos críticos, primero tenemos que serlo con nosotros mismos. Si no nos libramos de la viga del propio ojo, ¿cómo podremos ver la astilla en el ojo de nuestro hermano?, nos recuerda Jesús.
– Con frecuencia, al escuchar comentarios de creyentes, se constata que son mucho más duros con respecto a la propia familia eclesial que respecto a otras instituciones, grupos o personas. Y esta dureza, que siempre lo es del corazón, no cuadra con el amor, que siempre exige respeto, prudencia, comprensión, e incluso el perdón, cuando es necesario.
– Conviene recordar siempre el aforismo de san Agustín: Unidad en lo esencial, libertad en lo opinable y siempre caridad.
– Las descalificaciones sistemáticas convierten a quien las hace en juez, sin disponer de todos los datos necesarios. “No juzguéis y no seréis juzgados”.
– Una de las afirmaciones que he oído y constatado es la siguiente: nuestras parroquias son correctas, pero frías, no te sientes querido, excepto si perteneces al “grupo”, el que sea, ello vale para todos los colores y adjetivos.
– Amar significa sumar, sumar y sumar.

He ahí un déficit. Debemos mejorar con la ayuda del Señor Resucitado y con la fuerza del Espíritu.

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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