"De Plasencia a Ars: peregrinación sacerdotal", carta de Mons. Amadeo Rodríguez


Treinta y siete sacerdotes diocesanos y cuatro invitados de otras diócesis hemos peregrinado a Ars, la pequeña parroquia en la que se santificó en el ejercicio del ministerio un sencillo sacerdote llamado Juan María Vianney. El día 12 de Abril, tras un vuelo tranquilo, llegamos a la ciudad de San Ireneo, Lyón. Desde el mismo aeropuerto nos dirigimos directamente al Santuario de Nuestra Señora de Fourviere para celebrar la Eucaristía. Le poníamos así el tono espiritual que luego tuvo la peregrinación. Iniciamos la celebración con el rezo-canto de vísperas, siempre dirigidos por la voz y la mano experta de Miguel Ángel Ventana, que previamente había preparado un rico folleto con rezos y cantos para cada uno de los actos que íbamos a tener. Al visitar este Santuario éramos consientes de que el Cura de Ars acudía a él como seminarista y también como peregrino, acompañado por sus feligreses.
Ilustrados por Jerome, nuestro guía, visitamos después la Catedral de San Juan Bautista y dimos una vuelta por el viejo Lyón, empezando por las huellas romanas de esta histórica ciudad. Desde el autobús, camino ya de nuestro Hotel, pudimos tener una primera visión de esta gran urbe bañada por dos ríos: el Ródano y el Saona. En la lejanía ya habíamos contemplado el edificio en el que nos vamos a alojar, el famoso “lápiz”; y me temo que a más de uno le entró el miedo en el cuerpo por tener que subir tan alto. En efecto, nuestro hotel, el Radisson Blu, y según dicen el más alto de Europa, estaba entre los pisos 32 al 39, en los últimos del edificio. Hicimos con temor el primer tramo y, al llegar al hall del piso 32, algunos sintieron la sugestión de un leve movimiento. Todo pasó, sin embargo, de inmediato, una vez que hicimos varios rápidos viajes en los veloces ascensores.
Un día en Ars
Aunque me he entretenido en estos pormenores, lo verdaderamente importante ha sido el clima sacerdotal, en fraternidad y espiritualidad, que hemos vividos entre nosotros. Este doble acento lo puso especialmente nuestra visita a Ars del día 13. Al acercarnos a la figura del Santo Cura, sentimos una vez más profunda gratitud al Señor por habernos llamado al sacerdocio. Empezamos nuestra visita a la aún pequeña aldea de Ars venerando la reliquia del corazón de este santo pastor. Allí todos sentimos el deseo de que nuestro sacerdocio sea como el de Juan María, el “amor del corazón de Jesús”. Enseguida nos trasladamos a la pequeña capilla de La Providencia, y ante el Santísimo Sacramento tuvimos una preciosa, íntima y muy sacerdotal oración, en la que todos renovamos nuestro deseo de santidad y le pedimos al Señor que nos hiciera sacerdotes según su corazón.
Finalizada esta hora santa, visitamos el pequeño templo parroquial, relicario del ministerio pastoral del Santo, en el que destaca el púlpito y el sencillo confesionario de la sacristía, en el que solía confesar a los hombres. En la bella basílica neobizantina, construida en la cabecera de la vieja parroquia, celebramos la Eucaristía en un clima de especial fervor. Terminamos la celebración junto al sepulcro del Santo Cura, situado en una hermosa capilla, donde rezamos con gran fervor la oración del Año Sacerdotal.
Para el almuerzo nos trasladamos a la Providencia, donde unas religiosas nos nos sirvieron una restauradora comida, suficiente en calorías y muy abundante en delicadeza y actitud de servicio. Por la tarde visitamos la casa del Santo Cura en la que se guardan sus recuerdos, que reflejan algunos aspectos de su vida: la pobreza de su mesa, la austeridad de su cama y de todos sus enseres. También se guardan algunos de sus honores que, por cierto, no fueron muy apreciados por San Juan María: muceta de canónigo y Legión de Honor.
Entre la historia de Cluny y el presente de Taizé
Al día siguiente hicimos un recorrido por la santidad que riega aquellas tierras en torno a Lyón. Empezamos por Cluny, donde ya sólo se conservan algunas huellas del esplendor de monacato en esa importante reforma que tuvo como centro ese gran monasterio. De todo nos informó previamente de un modo bello y erudito Rafael Prieto. De Cluny nos trasladamos a Taizé, donde fuimos acogidos con afecto; y tras una breve información sobre su historia y su vida, participamos en la oración del mediodía, en la que adoramos al Señor junto a la comunidad de hermanos y a más de un millar de jóvenes que en ese día se encontraban en Taizé. Compartimos la comida, y yo tuve la oportunidad de almorzar en el comedor de los hermanos, junto al Arzobispo de Sevilla y el Obispo de Huelva. Allí conocí al Hermano Alois y pude contemplar algunos recuerdos del Hermano Roger.
De Taizé nos fuimos a Paray-le Monial y, al llegar, celebramos la Eucaristía en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús. Como cada una de las celebraciones, también ésta tuvo un clima de especial fervor. Éramos conscientes de que todo nos invitaba a evocar el corazón traspasado de Cristo. A continuación visitamos el Convento de la Visitación para rezar en la capilla en la que el Sagrado Corazón de Jesús tuvo unos entrañables diálogos de amor con Santa Margarita María de Alacoque. Allí recordamos algunas de las devociones surgidas de aquel santo lugar, como los primeros viernes de mes.
Al caer de la tarde volvimos a Lyón, y desde las espléndidas autopistas pudimos ver la indicación de las carreteras de llevaban al algunos de los lugares entrañables por los que anduvo el Santo Cura de Ars, como Dardully, su lugar de nacimiento y Ecully, donde hizo su primera comunión, donde se formó para el sacerdocio, junto al gran párroco que lo acogió, el Reverendo Balley, y que fue también su primer parroquia antes de ser trasladado a Ars, donde permanecería toda su vida.
Última cena en el hotel, pequeña reunión de despedida para agradecer el trabajo de los que habían preparado el viaje, sobre todo el de Antonio Cano, y enseguida a preparar maletas, porque al día siguiente había que madrugar para volver a casa. Sólo quiero añadir que toda la peregrinación ha transcurrido en un ambiente espiritual, si bien también ha habido entre nosotros un clima fraternal y lúdico.
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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