Mensaje de los Obispos españoles con ocasión del X Congreso Eucarístico Nacional, en Toledo


“ME ACERCARÉ AL ALTAR DE DIOS, LA ALEGRÍA DE MI JUVENTUD»

Madrid, 23 de abril de 2010
Queridos hermanos:
“La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia”. (Ecclesia de Eucharistia, 9). Para profundizar en su conocimiento, revitalizar la celebración y la adoración eucarísticas, y vivir la Eucaristía como signo de caridad, los Pastores de la Iglesia en España os invitamos a todos a participar en el X Congreso Eucarístico Nacional, que tendrá lugar en Toledo del 27 al 30 del próximo mes de mayo. Jesucristo, que se entrega por entero en el sacrificio eucarístico, es nuestro alimento y compañía permanente, en el sacramento del amor; un amor que llega hasta el extremo y no conoce medida.

1. El X Congreso Eucarístico Nacional

La Conferencia Episcopal Española, siguiendo el itinerario marcado por su Plan Pastoral 2006-2010, cuyo título es precisamente “Yo soy el pan de vida” (Jn. 6, 35), se dispone a celebrar un Congreso Eucarístico que ayude a los católicos españoles a vivir la Eucaristía que nos dejó el Señor, con una mayor intensidad. De este modo, la contemplación, la evangelización que transmite la fe, la vivencia de la esperanza y el servicio de la caridad se fortalecerán en el pueblo cristiano.

Este será el X Congreso Eucarístico Nacional que se celebre en España. El último tuvo lugar en Santiago de Compostela, cuyo lema: “La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino”, despierta ahora para nosotros, en pleno Año Santo Jubilar, un eco especial.

El Congreso se ofrece a todos los fieles cristianos, pero los obispos españoles deseamos que llegue sobre todo a los jóvenes. Por eso, el lema está tomado del Salmo 43,4: “Me acercaré al altar de Dios, la alegría de mi juventud”, para poner a los jóvenes también como destinatarios, con la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 en el horizonte. Las palabras del Salmo expresan así mismo que en el creyente hay un profundo deseo de paz y de unidad cuando accede a la fuente de la vida eterna, a la alegría definitiva que hace exclamar al salmista: “Como busca la cierva las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Señor Dios mío” (Salmo 42, 3).

2. La Eucaristía, sacramento del amor

En su encíclica Ecclesia de Eucharistia, el Siervo de Dios Juan Pablo II nos invitó a vivir más intensamente el misterio eucarístico. Él convocó igualmente un “Año de la Eucaristía” para el curso pastoral 2004-2005 con la hermosa carta apostólica Mane nobiscum Domine, y el Sínodo de obispos para el año 2005, con el lema: “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia”. Fue Benedicto XVI quien clausuró el año de la Eucaristía, celebró el sínodo y escribió la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis.
El Santo Padre Benedicto XVI ha centrado en la Eucaristía buena parte del mensaje de sus primeros años de pontificado. Esto nos impulsa, de una manera muy especial, a considerar el amor de Dios, cuando nos pide el Papa que abramos los ojos a las maravillas que el Señor derrama sobre el mundo, y a que contemplemos su designio de salvación precisamente desde la caridad cristiana.

3. La Eucaristía en la vida de los hombres

Los hombres y mujeres deseamos encontrar una vida plena que nos satisfaga. ¿Cómo la encontraremos? Nos aflige ver el dolor del mundo, sobre todo de los más desfavorecidos. Nos apena igualmente que el deseo de vernos llenos de vida y plenitud lo busquemos tantas veces por caminos tortuosos y oscuros, que nos dejan insatisfechos y con sensación de fracaso. También contemplamos con tristeza cómo los más jóvenes, fascinados por esta sociedad del mero espectáculo, no buscan en Cristo el gozo pleno y las esperanzas cumplidas.

Estamos seguros, sin embargo, de que la vida verdadera que nos da Jesucristo nace justamente de su misterio pascual; esto es, del ofrecimiento del Hijo de Dios al Padre, cuando entrega su vida en sacrificio en la Cruz y, resucitado, ofrece a cada hombre la vida nueva, que el Bautismo inaugura, la Confirmación fortalece y la Eucaristía alimenta. He aquí la vida que se ofrece a todos; es la vida que explica y da sentido a la existencia; la que han vivido tantos discípulos de Cristo a lo largo de la historia; la que ha llevado a la vivencia del amor nupcial a los esposos cristianos; la que ha suscitado en las diversas formas de seguimiento de Cristo el testimonio de la adoración eucarística que nutre la fidelidad de los consagrados en torno a esta presencia del Señor; la que lleva a la misión cristiana y a la vivencia de la caridad y la justicia.

La Eucaristía es, además, la cumbre de la Iniciación Cristiana: se nos da la vida de resucitados como un don, se fortalece por el Espíritu Santo, y se celebra precisamente en la misma Eucaristía. Los Obispos españoles, con este X Congreso Eucarístico, invitamos a todos los bautizados a acercarse a la Eucaristía, fuente de la verdadera vida, en la que se hace realidad el anhelo del salmista: “Me acercaré al altar de Dios, la alegría de mi juventud” (Salmo 43, 4).

4. En conmemoración mía

La Eucaristía responde a los deseos más profundos que el ser humano lleva inscritos en su corazón. Así lo creemos, porque “la noche en que iba a ser entregado, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Mc. 11,3 y Jn. 13, 1). Durante la cena, “tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23-24). De manera que, desde entonces, cada vez que renovamos este gesto, por el poder del Espíritu de Cristo Resucitado, el pan y el vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre, en Él mismo, dado que hemos aprendido en la tradición de la Iglesia que en este sacramento están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. (Cfr. CEC, 1374).

A los que creen se les invita: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 33,9). Lo gustamos comulgando, lo vemos contemplando y la contemplación nos lleva a la adoración eucarística. La fe y la confianza en aquel gesto del Señor en la Última Cena nos invita a reconocer en el Pan Eucarístico el “Cuerpo sacrosanto” de Cristo y a adorarlo incluso públicamente por las calles del mundo. Así ha dado el Señor cumplimiento y nuevo sentido a los sacrificios del Antiguo Testamento, que sin el ofrecimiento oblativo de Cristo quedan sin valor. El que es Pastor, se hace Cordero para el sacrificio; el que es Sacerdote, se ofrece como víctima; el que es Creador, se convierte en alimento de sus criaturas y da inicio a un nuevo ministerio, a un nuevo sacerdocio al servicio de su Cuerpo que es la Iglesia (Col 1, 21).

Es muy importante recordar que Jesucristo ha constituido ministros de su sacrificio a los sacerdotes para perpetuarlo, según aquellas palabras del Señor: “Haced esto en conmemoración mía”. Ellos “presiden la Iglesia de Cristo y consagran el Cuerpo y la Sangre del Señor, lo mismo que en el oficio de enseñar al pueblo y predicar” (San Isidoro de Sevilla, De ecclesiasticis officiis II, 7). Los sacerdotes, en efecto, ejercen su misión siempre haciendo las veces de Cristo (Cfr. CEC 1548), pues no son dueños de lo que administran. La Iglesia pide de ellos santidad en su vida, porque de ellos reciben los fieles los sacramentos de la vida. Durante este año sacerdotal, Benedicto XVI ha pedido a los sacerdotes que sean fieles a la vocación recibida de Dios al servicio de la Iglesia y de los pobres; y ha pedido también al pueblo creyente que ore para que los sacerdotes sean una prueba de amor del corazón de Cristo y estén, de este modo, al servicio de la vida.

En medio del mundo que no conoce a Dios y que necesita conocerlo, los bautizados precisan de una fuerza y un consuelo venidos de Dios, para ser testigos del amor de Cristo, buscar la unidad en Él, evangelizar hasta el fin del mundo y ocuparse de los heridos de la sociedad, los que sufren, los más pobres. Esa fuerza y consuelo está en la Eucaristía a la que siempre nos convoca el Señor. Desde que Jesús se hiciera presente a los discípulos después de su resurrección (Cfr. Jn. 20, 19-26) y, resucitado, les explicase las Escrituras y partiese con ellos el pan (Cfr. Lc. 24, 27-31), los cristianos se han reunido convocados por Él en el primer día de la semana, para acercarse al altar y recibir como alimento el Pan del cielo. La importancia del día del Señor y de la celebración de la Eucaristía es de sumo valor: “cada vez que coméis de este Pan y bebéis de este Cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor. 11, 26).

5. Una ocasión para experimentar la Gracia de Dios

Con la celebración del Congreso Eucarístico, los obispos españoles exhortamos a todo el pueblo de Dios a reconocer una vez más el amor de Dios entregado a la humanidad. La Eucaristía es sacramento de vida, que Cristo nos da para entablar una relación personal con cada uno y fortalecer nuestra comunión eclesial. Debido a las dificultades propias de la vida cristiana, corremos el riesgo de desanimarnos y perder de vista el precioso tesoro del amor que el Padre de los cielos nos ha entregado en Jesucristo. Quiera Él que este Congreso reavive en nosotros nuestra incorporación gozosa al Señor, ya que la Eucaristía es para el sano, protección; para el enfermo, medicina. Señalaba san Isidoro de Sevilla que se ha de temer que quien se aleja tanto tiempo del Cuerpo de Cristo viva alejado de la salvación, puesto que Él mismo nos advierte Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Cfr. De Ecclesiaticis officiis, I, 18).

El corazón de Cristo, que late en la Eucaristía con un amor inefable, es el que nos da vida e ilumina el universo entero. El secreto más profundo de la creación está en ese misterio de amor. Siguiendo el ejemplo de María, mujer eucarística, y de los mejores discípulos de Jesús, que son los Santos, nosotros queremos contemplarlo, una vez más, con el corazón renovado. En la Eucaristía está el verdadero júbilo. No queremos que este gozo quede sólo en nosotros. Anhelamos que todos los hombres y mujeres, en especial los más jóvenes, puedan experimentar en nuestros días una mayor efusión de la gracia de Dios.

Os invitamos a rezar ya desde ahora por el éxito y los frutos espirituales del Congreso Eucarístico Nacional en Toledo. Nos encomendamos a San Pascual Bailón, Patrono de los Congresos Eucarísticos, y a María, Madre bendita de nosotros pecadores, para que nos ayude a valorar la Carne y Sangre de Jesús que ella misma tuvo en sus entrañas.

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