"Mostrad la belleza y la novedad de la vocación sacerdotal castrense", carta de Mons. Juan del Río


Queridos Capellanes y fieles del Arzobispado Castrense de España.

1. El próximo 25 de abril, IV domingo de Pascua, llamado del “Buen Pastor”, celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. La Iglesia dedica ese día a poner de manifiesto cómo la oración es el primer testimonio que suscita las vocaciones. El mismo Señor nos dijo: “la mies es mucha y los obreros pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt 9,37-38). Esta frase del Evangelio, nos recuerda que la crisis vocacional no es de ahora, que ya desde los orígenes no eran muy abundantes aquellos que estaban dispuestos a entregar sus vidas por trabajar de “sol a sol” en una “viña” donde los distintos jornaleros van llegando a lo largo del día y al final todo reciben la misma paga: “un denario”, es decir la “vida eterna” (cf. Mt 20,1-16). Esta llamada a trabajar por el Reino de Dios, no sólo es exigente porque se ha de dejar “casa, padres y esposa…”, sino porque rompe los esquemas establecido por los hombres: todo trabajo ha de ser remunerado y cuanto más mejor. Desde una perspectiva humana, esto de trabajar por la Iglesia, que es la “viña”, no tiene mucha cuenta y menos en tiempos de tribulaciones como los que corren.

2. En el Evangelio vemos como ante los hechos y las palabras de Jesús unos “murmuran”, otros lo “abandonarán” y únicamente quién tenga el alma decidida como el apóstol Pedro dirá: “Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras dan vida eterna” (Jn 6,68). Muchas veces sucede que Él llama, con una mirada de especial cariño, a alguien como el caso del joven rico (Mt 19,16-22), pero se resiste a la llamada y le de la espalda. En otros casos, será algunos de su auditorio que voluntariamente le digan: “te seguiré adondequiera que vayas” y Jesús entonces les recuerde las condiciones del seguimiento. (Lc 9,57-62).

3. En estos ejemplos está resonando el binomio de toda vocación: misterio y libertad humana. Dios es el que llama, pero no se impone: “Tú me sedujiste, Señor y yo me dejé seducir” (Jr 20,7), por eso mismo “muchos son los llamados y poco los escogidos” (Mt 22,14). Es verdad, que la voz de Dios es como “fuego devorador” que sólo es sanador en la respuesta generosa de la vocación. Aunque digamos que no a Dios, Él respeta nuestra libertad. Sin embargo, el enigma de la llamada vocacional marca el alma para siempre. Cuántos que han oído la llamada pero no la han seguido, con el paso de los años, y aún triunfando en lo humano se preguntan: ¿Por qué no respondí al Señor cuando me llamó al sacerdocio? El secreto de la plena felicidad humana está en seguir la voluntad divina en cada momento. Para ello hace falta: humildad y sencillez de corazón como los apóstoles, confianza en la gracia de Dios como el profeta Jeremías e inquietud por extender el Evangelio de la Iglesia como lo hizo san Pablo. Lo demás, se nos dará por añadidura, porque como nos dijo el mismo Jesús: “No andemos preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán” (Mt 6,33-34). En definitiva, es la ausencia de verdadera experiencia de Dios y los afanes del mundo los que ahogan toda vocación sacerdotal o religiosa.

4. La decisión vocacional no es sólo algo interior, sino que se siente estimulada por el testimonio positivo de los otros, como también puede ser asfixiada por los malos ejemplos de aquellos que son en la Iglesia ministros o consagrados. Por eso mismo, nos recuerda Benedicto XVI en el Mensaje de este año para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: “Que quienes han sido llamados a la vida de especial consagración deben esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañeros de camino de tanto hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra se conviertan en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas”.

5. Son muchos los dones, carismas y ministerios con que el Espíritu Santo adornan a la Iglesia. Ella como madre está atenta a las necesidades de sus hijos, y por ello ha prestado secular atención a aquellos que tienen como vocación y profesión la defensa y la libertad de los pueblos, los militares. Es más, atendiendo a sus condiciones de vida ha querido que estuvieran acompañados por sacerdotes con una específica pastoral y vocación para el mundo castrense.

Los capellanes están llamados a mostrar con alegría la belleza y la novedad del servicio espiritual a los “guardianes de la paz”.

6. La historia sacerdotal castrense está repleta de figuras venerables que, aunque desconocidas para mucha gente de Iglesia, son sin embargo muy queridas por soldados y mandos. Su cercanía, humanidad y generosidad hicieron posible que muchos de ellos vivieran y murieran en la fe de Cristo como hijos de la Iglesia Católica. En argot militar la palabra latina del “Pater” aplicada al sacerdote católico está cargada de algo entrañable y familiar que nos remite a la figura paulina de “engendrar hijos a la fe”. Estos no vienen a la vida cristiana por un amparo institucional, sino porque han tenido cerca un sacerdote que para ellos es un testigo de Jesucristo, un pedagogo y amigo que siempre se encuentra disponible, un ministro de “los auxilios divinos” en tiempo de paz y de conflictos.

7. El Capellán castrense no es un apéndice del clero secular o regular, sino que tiene su propia especificidad que le viene dada por la Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae de Juan Pablo II, por su trayectoria histórica y por la realidad militar donde se desenvuelve su actividad pastoral. Las notas propias que definen al “Pater” serian entre otras: coherencia moral: “tu convences por lo que haces”; carácter flexible para la comunicación humana y seguridad en lo que enseña; creativo en la acción: “no hay dos situaciones militares iguales”; misionero de frontera: “saber llegar a los alejados en situaciones muy diversas y no descuidar a los cercanos”; puente (pontífice) entre tropas y mando. Todo esto hace muy novedosa y atractiva la figura del Capellán castrense para una juventud que valora lo personal, la proximidad, la aventura, la generosidad, y las misiones internacionales para superar conflictos bélicos y promover las ayudas humanitarias.

8. La estrecha convivencia en tanto momentos del quehacer militar, exige que la vida de un Capellán castrense sea suficientemente trasparente para que tropas y mandos puedan decir: “¡ese es como Jesucristo!”. No olvidéis que muchas veces el testimonio de una vida sacerdotal según el Corazón de Jesús, es el mejor de los apostolados. La manera de vivir en medio de las unidades y barcos, con vuestro hablar, sentir y vestir, con vuestra compostura y entrega total a la misión apostólica, con vuestro desprendimiento y generosidad, serán las principales recompensas y condecoraciones que podréis lucir sobre vuestros pechos de sacerdotes de la Iglesia Católica. Además, al final de vuestras vidas recibiréis el gran galardón de la vida eterna.

9. Queridos Capellanes, no aminoréis vuestro testimonio sacerdotal castrense, porque estáis cargados de experiencias humanas y cristianas que pueda hacer mucho bien a tantos jóvenes que “buscan y no encuentran” un horizonte en sus vidas. ¡Hablad con alegría y abiertamente de lo que hacéis y por que lo hacéis! Ofertad sin complejos a los jóvenes militares a ser “soldados de Cristo” para librar la batalla contra el mal y el pecado en el mundo. Necesitamos, hoy como ayer, hombres que se embarque en la “barca de Pedro” y, remando “mar adentro”, quieran salvar a los náufragos de la cultura de la muerte que lo invade todo. Intensificad la plegaria para que surjan jóvenes de nuestros cuarteles e instituciones militares que deseen seguir vuestros pasos, vuestra entrega, vuestra forma de vida sacerdotal

10. A vosotras familias y fieles de este Arzobispado, os ruego encarecidamente que no pongáis obstáculos si alguno de vuestros hijos quieren ser sacerdote, ofrecedle también la posibilidad de trabajar en el campo pastoral castrense, tan cercano a vosotros y del cual tantas gracias habéis recibidos. Como miembros vivos del Pueblo de Dios no dejéis de rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales castrense. Nunca desfallezcáis en la plegaria y tened confianza en Jesus que nos dijo: “Pedid y recibiréis; buscad y encontréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abren” (Mt 7,7-8). Orad a Dios incesantemente con vuestros Capellanes y por vuestro Capellanes, para que a los militares españoles nunca les falte la presencia del “Pater”.

Con afecto y bendición

† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

Madrid 21 de abril de 2010
II Pascua. Domingo de la Divina Misericordia.

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