Mons. Juan del Río en el funeral por los militares españoles muertos en Haití: “Fueron trigo de solidaridad en la pobreza”


“Fueron trigo de solidaridad en la pobreza de Haití” Ofrecemos el texto íntegro de la homilía pronunciada por el arzobispo castrense, Juan del Río, en el funeral de los militares muertos en el accidente de Haití. Sus nombres, afirmó, están escritos en nuestros corazones: Luis Fernando Torija Sagospe, Comandante de Intendencia; Francisco Forne Calderon, Teniente de Infantería de Marina; Manuel Dormido Garrosa, Alférez de Navío; Eusebio Villatoro Costa, Cabo Mayor de Infantería de Marina, han sido como “granos de trigos que caen en la tierra” y serán semilla de nobleza, generosidad y solidaridad para vosotros familiares, para la Armada y para España”.

1. “Fueron trigo de solidaridad en la pobreza de Haití” Sí, ellos partieron con la ilusión de ayudar a un pueblo devastado por las funestas consecuencias del terremoto. Sin embargo, Haití lleva en sus entrañas un seísmo mucho peor, su extrema pobreza. Numerosos han sido los gestos de solidaridad internacional que llegaron hasta allí y que aun siguen llegando. España se hizo presente de muchas maneras, pero la ayuda que nos representa a todos es la presencia de nuestras Fuerzas Armadas con el buque de asalto anfibio “Castilla” con 450 militares, que durante estos meses están trabajando incansablemente por la reconstrucción del país. En esa hermosa tarea, para que un pueblo recupere su dignidad, estos marinos españoles, perdieron sus vidas en un trágico accidente. Sus nombres están escritos en nuestros corazones: Luis Fernando Torija Sagospe, Comandante de Intendencia; Francisco Forne Calderon, Teniente de Infantería de Marina; Manuel Dormido Garrosa, Alférez de Navío; Eusebio Villatoro Costa, Cabo Mayor de Infantería de Marina, han sido como “granos de trigos que caen en la tierra” y serán semilla de nobleza, generosidad y solidaridad para vosotros familiares, para la Armada y para España.

2. “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Toda persona a lo largo de su vida tiene que enfrentarse con la experiencia inevitable de la muerte de los seres queridos y de su propia muerte. De ahí, que ante ese acontecimiento irremediable surgen una cascada de interrogantes: ¿Qué sentido tiene lo sucedido, hombres que sembraban el bien terminen pagando con su propia vida? ¿Dónde estuviste tú, Señor, en aquellos instantes? Pues bien, no estamos ante un problema sectorial, sino global, no es una cuestión marginal encontrar sentido a la muerte, sino que es capital para seguir viviendo. Decía el pensador francés Jean Guittón que “ante la muerte sólo caben dos actitudes, o la desesperación por lo inexplicable o sumergirse en el silencio del misterio. Parece que esta segunda alternativa va más con la razón humana”. Así pues, queridos familiares, no tenemos fórmulas mágicas para devolveros a vuestros seres queridos, sólo nos queda a los creyentes saber esperar en silencio. ¡Dios no disfruta con nuestro sufrimiento! Él nunca nos abandona, aunque en estos instantes no lo comprendáis. Traed a vuestra memoria todo lo bueno y bello que vivisteis con vuestros seres queridos y veréis como sentiréis la suave brisa de que “la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión” Sabed que no estáis solos y menos en estos momentos donde todos los presentes os estamos diciendo: “animo, sed fuertes”. Como vuestro Arzobispo os digo: “¡Dios estaba allí, como está ahora aquí! Los designios de los misterios divinos son inescrutables para los mortales. Sólo la esperanza eleva nuestro corazón y purifica la mente de la desesperación, porque sabemos que mientras hay dolor y muerte, lloran los hombres y llora Dios con ellos”.

3. El cristianismo no ha negado nunca el dolor ni la muerte, sino que ha preparado a los hombres para pasar por esos trances como lo hizo Jesus de Nazaret, con amor y libertad (cf. Jn10,18;15,13). Desde ese preciso momento la muerte ha cambiado de sentido y así el “ser-para-la muerte” que parecía que estaba condenado el hombre se vuelve desde Cristo, Muerto y Resucitado en un “ser-para-la-vida”. Pues bien, nuestros hermanos fallecidos fueron trigos de solidaridad porque amaron, con el riesgo de sus propias vidas, los nobles valores que hacen grande a sus familias, a la Armada, a España, a la Humanidad. Ellos darán frutos y serán glorificados en el corazón de sus padres, esposas, hijos y demás familiares. Porque sus muertes no son un final, si no un tránsito; no son un término, si no una Pascua. De esta manera la muerte ha dejado de ser la última palabra de la realidad y de la historia. Es por eso que os invito a proclamar con la Iglesia en este tiempo Pascual:

La muerte, en huida,
ya va malherida.
Los sepulcros se quedan desiertos.
Decid a los muertos:
¡Renace la Vida,
y la muerte ya va de vencida!

Que la “Estrella de los mares” la Virgen del Carmen, interceda por ellos ante su Hijo Jesucristo, para que libres de sus culpas, reciban el premio por lo que lucharon y amaron, a fin de que puedan participar eternamente del descanso y de la paz de los justos.

† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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