Cardenal Rouco: “Nos duele en el alma los graves pecados y delitos cometidos por algunos hermanos en el sacerdocio y por algunos religiosos que han abusado de menores"

El cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, pronunció ayer el discurso inaugural en la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española que está reunida esta semana en Madrid. En él, defendió con rotundidad al Papa Benedicto XVI de los ataques que recientemente ha recibido por los casos de pederastia y dijo que los sacerdotes y religiosos que han abusado de menores deben “responder ante Dios y ante la Justicia”
“Nos duele en el alma –afirmó el cardenal Rouco- los graves pecados y delitos cometidos por algunos hermanos en el sacerdocio y por algunos religiosos que han abusado de menores, traicionando la confianza depositada en ellos por la Iglesia y por la sociedad” y consideró que “deben ciertamente responder de sus actos ante Dios y ante la justicia humana”.
En este sentido, anunció que los obispos “pondrán más cuidado los medios adecuados para prevenir y corregir casos de este tiempo, de modo que nadie pueda pensar que sea compatible el servicio sacerdotal o la vida consagrada con la comisión de tales crímenes”.
De esta manera, dijo con rotundidad que “es intolerable faltar tan gravemente a la castidad, a la justicia y a la caridad, abusando de una autoridad que debería haber sido puesta precisamente al servicio de esas virtudes y del testimonio del amor de Dios”.
Al mismo tiempo, los obispos españoles mostraron todos a una su apoyo al Papa Benedicto XVI y sostuvieron que no pueden permitir que estas “acusaciones insidiosas sean divulgadas como descalificaciones” contra los sacerdotes y religiosos en general y “por extensión contra el mismo Papa”. “Ya es demasiado que se haya abusado de un solo niño. No puede ser. No puede ser la omisión de las actuaciones disciplinarias debidas o de la atención que merecen quienes han sufrido tales desmanes”, agregó.
En cualquier caso, reiteró su apoyo al Papa y añadió que le deben a él “las disposiciones encaminadas a prevenir y corregir abusos en el cambio mencionado y en otros ámbitos de la vida de la Iglesia”.
Así, manifestó que el remedio hay que buscarlo, “sin duda, en medidas preventivas, disciplinares y penales, pero, sobre todo, en el cultivo de la santidad de vida”. “Es decir: en la adhesión personal a Jesucristo, por la entrega completa de la propia vida a él en el amor; en la consiguiente libre obediencia a la santa ley de Dios y al magisterio de la Iglesia y en la práctica constante de los medios que hacen posible tal adhesión y obediencia”, concluyó, al tiempo que dijo que de todo ello ha hablado el Papa.
Precisamente, tuvo un especial recuerdo para el quinto aniversario del pontificado de Benedicto XVI, que se celebra hoy, y agradeció a Dios “que haya querido llamar a la Cátedra de Pedro a un hombre entregado al servicio de la Iglesia de un modo tan clarividente y generoso”. Tras estas palabras, los obispos mostraron su adhesión con un aplauso.

Viajes del Papa a Santiago y Barcelona
También, destacó la visita que el Santo Padre realizará a España el próximo mes de Noviembre, concretamente a Santiago de Compostela con motivo del Año Santo y a Barcelona para consagrar el Templo de la Sagrada Familia.
“España no se entiende sin Santiago y sin la tradición jacobea”, manifestó, porque “por medio de él, recibimos la fe cristiana, cuyas raíces se hunden”. Así, subrayando que “lo español no es lo mismo que lo católico”, sostuvo que “no se pueden identificar sin más ambas realidades”.
Para el cardenal, “mirando a Santiago no olvidamos que es necesario dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios y siempre promoveremos modelos de convivencia que respeten la justa autonomía de las realidades temporales y, por tanto, la libertad religiosa”.
También, refiriéndose a la consagración del templo de Gaudí, señaló que nos permitirá reflexionar sobre “aspectos de gran relevancia para el hoy de nuestra Iglesia” como “seguir promoviendo la concepción natural y cristiana del matrimonio y de la familia como base de la convivencia social justa”. “El Estado y la Iglesia –añadió- deben reconocer la prioridad de la familia y ponerse a su servicio, sin preterirla ni suplantarla”.
En este punto de su discurso recordó que en España se ha aprobado la nueva regulación del matrimonio en el Código Civil, se está reformando la ley del aborto, “que deja sin protección legal la vida de los que van a nacer y, por tanto, supone un retroceso muy grave hacia el abismo de la cultura de la muerte”.


Discurso del Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española en el ato de apertura de la Asamblea Plenaria de la CEE

El comienzo de nuestra Asamblea Plenaria me ofrece la grata ocasión de saludarles a todos muy cordialmente, deseándoles la alegría y la paz de la Pascua, recién celebrada y todavía en pleno centro de este tiempo litúrgico.

Mi saludo especial de bienvenida se dirige a todos los Hermanos en el episcopado. En esta ocasión se halla por primera vez entre nosotros, como nuevo obispo de Guadix, Mons. D. Ginés Ramón García Beltrán, a quien felicitamos y aseguramos nuestra oración y colaboración en el cuidado de aquella venerable sede. Felicitamos también a los Hermanos a quienes el Santo Padre ha encomendado una nueva grey: a Mons. D. Demetrio Fernández González, ahora obispo de Córdoba; a Mons. D. Luis Quinteiro Fiuza, nuevo obispo electo de Tuy-Vigo; y a Mons. D. Ricardo Blázquez Pérez, que ha tomado posesión anteayer de la sede arzobispal de Valladolid. Felicitamos igualmente a Mons. D. Joan Enric Vives Sicilia, obispo de Urgell y copríncipe de Andorra, distinguido con el título de arzobispo ad personam.

A Mons. D. Juan García Santacruz Ortiz, Obispo emérito de Guadix, y a Mons. D. José Diéguez Reboredo, Obispo emérito de Tui-Vigo, les auguramos un fecundo tiempo jubilar, después de su generoso servicio a la Iglesia.

Encomendamos al Señor a nuestros Hermanos, fallecidos en los meses pasados con la esperanza de la Resurrección: a Mons. D. Antonio Vilaplana Molina, obispo emérito de León, y a Mons. D. Juan Ángel Belda Dardiñá, también obispo emérito de la preclara sede legionense.

I. El Papa vuelve a España: Santiago y Barcelona

Cuando nos reunamos para nuestra Asamblea Plenaria del otoño, ya habremos recibido, si Dios quiere, la nueva visita del Papa a España, anunciada para los días 6 y 7 de noviembre próximo. Nos alegramos mucho de acoger entre nosotros por segunda vez al sucesor de Pedro, Benedicto XVI, después de haberlo hecho en julio de 2006, con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Valencia, y preparándonos ya para la Jornada Mundial de la Juventud que él mismo presidirá en Madrid en agosto del próximo año 2011.

La pasada visita a Valencia y la próxima de Madrid se encuadran en acontecimientos a los que el Santo Padre convoca a toda la Iglesia y que, por eso, tienen un sentido pastoral universal que afecta directamente a toda la Iglesia católica, aunque no dejen de tener una especialísima relevancia para la Iglesia local que los acoge. En el caso de la visita anunciada para noviembre, podríamos decir que el peso de su significado se distribuye precisamente de modo inverso. Se trata de una visita pastoral propiamente a España, particularmente dirigida a nosotros, aunque, como es natural, por ser un acto del Sumo Pontífice, tenga también un significado para todos los católicos del mundo.

La visita será a dos lugares concretos, con unos motivos eclesiales específicos y una gran significación para la vida y la misión de la Iglesia en el momento actual de la sociedad española y también de la europea.

El 6 de noviembre, Dios mediante, en pleno Año Santo Compostelano, el Papa visitará Santiago de Compostela, donde la Iglesia guarda el sepulcro y la memoria del Apóstol Santiago, el primer evangelizador de España. Benedicto XVI ha dicho que viaja a Santiago como un peregrino más. Pero es la primera vez que el Papa viene a Santiago con motivo de un Año Santo, lo que contribuirá, sin duda, a reavivar la conciencia del sentido jacobeo de nuestra historia eclesial y aun general. España, en efecto, no se entiende sin Santiago y sin la tradición jacobea. Porque por medio de él, de aquel gran amigo del Señor, recibimos la fe cristiana, cuyas raíces se hunden, por eso, no sólo espiritualmente, sino de un modo también espacialmente imbricado en la sucesión apostólica. Alimentada con la savia de tales raíces, la fe creció y se robusteció en nuestro suelo desde bien pronto y, después de las vicisitudes azarosas de la alta Edad Media, recobró vigor en la recuperación llevada a cabo por los reinos cristianos, que culmina en una nueva concordia y unidad política, de trasfondo católico, y en la proyección de la cultura hispana al Nuevo Mundo, también como parte integrante de una de las mayores empresas evangelizadoras de la historia de la Iglesia. El nombre de Santiago, como topónimo extendido por América, da fe de la impronta jacobea de todo el proceso.

Ciertamente lo español no es lo mismo que lo católico. No se pueden identificar sin más ambas realidades. No lo permite el genio propio de la fe cristiana, que siempre ha exigido, aunque con diversas expresiones históricas, la distinción entre la ciudad de Dios, o el ámbito religioso, y la ciudad terrena, o el ámbito de las realidades seculares. Mirando a Santiago, no olvidamos que es necesario dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios y siempre promoveremos modelos de convivencia que respeten la justa autonomía de las realidades temporales y, por tanto, la libertad religiosa. Pero tampoco olvidaremos que, si quiere servir de verdad al ser humano, ninguna sociedad puede prescindir de un alma espiritual. El propio carácter social del hombre – entre otras dimensiones básicas de lo humano – hace de por sí referencia a su dimensión trascendente: a Aquel que convoca a todos y cada uno a su Reino, regido por la Ley eterna del amor. Mirando, pues, a Santiago, seguiremos proponiendo el Evangelio de Jesucristo, que nos llegó por el Apóstol, como el trascendente aliento vital de nuestra cultura para hoy y para el futuro.

El Papa viene a Santiago sabedor de lo que expresó uno de los máximos poetas de su materna lengua alemana – Goethe – de un modo que ya se ha hecho proverbial: “Europa nace peregrinando”. En efecto, lo que decimos de las raíces cristianas de España, vale también, a su modo, para toda Europa. El Viejo Continente es algo más que una mera agregación geográfica de pueblos internamente inconexos y, por eso, ha sido capaz de ofrecer a la Humanidad un proyecto de vida que otros pueblos y culturas han asimilado en buena medida y siguen deseando hacer propio en lo que tiene de portador del más genuino humanismo. Europa ha actuado así en el mundo precisamente porque constituye una unidad cultural – diversa en sí misma y, al mismo tiempo, única – forjada sobre la base principal de dos fuentes: las clásicas grecorromanas y las de la revelación judeocristiana, cuyas aguas fecundas habían sido puestas a correr juntas desde muy pronto en un mismo río por obra de la evangelización. Son las aguas de las que bebían los peregrinos que llegaban a Santiago desde todos los puntos de Europa. Las mismas que habían saciado la sed de libertad, de justicia y de vida eterna de los pueblos a los que se las habían acercado los primeros misioneros procedentes de Roma o de Bizancio. Santiago de Compostela sigue siendo por todo ello un referente de verdadero europeísmo para hoy y para el futuro.

Luego, el 7 de noviembre, Benedicto XVI consagrará en Barcelona el templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra cumbre de un genial arquitecto: el siervo de Dios Antonio Gaudí (1852-1926). Su gran espacio interior, dividido en cinco airosas naves, ha sido ya cubierto y se halla en condiciones para acoger la celebración del culto divino. Los ocho esbeltos campanarios de las fachadas del nacimiento y de la pasión dibujan un perfil bien conocido en todo el mundo. Avanzan a buen ritmo los trabajos que irán haciendo elevarse hacia el cielo los cuatro campanarios de la fachada de la gloria, con los que se completarán las doce torres que simbolizan a los apóstoles; a las que se sumarán otras cuatro, más elevadas, en representación de los cuatro evangelistas, situadas en torno a las torres de María, sobre el ábside, y de Jesucristo, sobre el crucero, que alcanzará los ciento setenta metros, superando en setenta a las actualmente construidas. Ya es impresionante la obra realizada, no sólo por sus dimensiones, sino por su originalidad e inspiración artística y religiosa. Más aún lo será, Dios mediante, la obra terminada.

En el origen de este templo se halla la fe viva de una iglesia cuajada de santos, entre los que hay que mencionar a San José Manyanet (1833-1901), canonizado en 2004, fundador de los Hijos y las Hijas de la Sagrada Familia e impulsor de un vasto apostolado basado en el culto a la Sagrada Familia. La idea y la realización del templo de la Sagrada Familia hay que situarlas en relación con la devoción creciente a la familia de Nazaret que culminaba con la institución de la celebración litúrgica de la Sagrada Familia por León XIII en 1893. El mismo papa que había escrito una encíclica pionera sobre la unidad de la familia, basada en el matrimonio, en 1880 (Arcanum divinae sapientiae), y que publicó en 1891 la importantísima Rerum novarum, sobre la cuestión social, en la que no falta tampoco una clara enseñanza sobre la familia y su prioridad en el justo ordenamiento de la sociedad. En 1882 se comienzan las obras del templo de la Sagrada Familia y en 1883 Gaudí se hace cargo de ellas, terminando la cripta, que hoy cobija su sepulcro, precisamente en 1891.

La consagración de la Sagrada Familia por el Papa nos permitirá, pues, reflexionar sobre aspectos de gran relevancia para el hoy de nuestra Iglesia. Desde el punto de vista de la doctrina social de la Iglesia, nos evoca la necesidad de seguir proponiendo la concepción natural y cristiana del matrimonio y de la familia como base de la convivencia social justa, ya que ella es el ámbito en el que la persona debe ser convocada a la vida y el que le permite configurar su identidad personal de modo conforme a su dignidad y a las correspondientes exigencias psicológicas y educativas. El Estado y la Iglesia deben reconocer la prioridad de la familia y ponerse a su servicio, sin preterirla ni suplantarla.

Desde un punto de vista espiritual, hemos de estar dispuestos al reconocimiento y a la expiación de nuestros pecados en este campo, como nos recuerda el carácter expiatorio del templo que será consagrado por el Papa. Fue éste precisamente uno de los campos a los que nuestra Asamblea Plenaria volvía la vista al terminar el siglo XX para acogerse al perdón de Dios: “El individualismo y el colectivismo, extremismos ideológicos sufridos por el siglo que termina – decíamos entonces; y podemos añadir hoy: e incoados en el precedente siglo XIX – han atenazado a la familia dificultando notablemente su desarrollo equilibrado. A esta dificultad se añaden una cierta redefinición de las relaciones entre el varón y la mujer basada en criterios de mera competencia social y también la llamada ‘revolución sexual’, que tiende a desligar el sexo del amor y el ejercicio personal de la sexualidad de la procreación de las personas. En consecuencia resulta gravemente dañada la “ecología” humana fundamental, es decir, el ambiente familiar sostenido por el compromiso matrimonial, en el que se cultivan la vida y los valores de la persona. Incluso la supervivencia del género humano resultaría a la larga amenazada, como ponen de relieve las bajísimas tasas de natalidad de los países más afectados por la crisis de la familia, entre ellos España. Por este pecado pedimos perdón a Dios (…) Los hijos de la Iglesia hemos caído en él cuando no hemos valorado suficientemente la familia y no hemos trabajado lo necesario por ella o cuando hemos hecho nuestros los criterios que el mundo nos ofrece falsamente como ‘progreso’ y hemos contribuido a la crisis del matrimonio y de la familia cristianos.”1

Entre tanto, no parece que la situación haya mejorado entre nosotros. Por el contrario, pronto se cumplirán cinco años de la nueva regulación del matrimonio en el Código Civil, que ha dejado de reconocer y de proteger al matrimonio en su especificidad propia en cuanto consorcio de vida entre un varón y una mujer. Y todavía no ha entrado en vigor, pero ha sido recientemente aprobada una nueva “ley del aborto” que, en la práctica, deja sin protección legal la vida de los que van a nacer y, por tanto, supone un retroceso muy grave hacia el abismo de la cultura de la muerte. Es cierto que hemos denunciado y seguiremos denunciando sin vacilar que los derechos humanos fundamentales no son reconocidos ni tutelados de modo adecuado en estos campos tan sensibles. Pero también deberíamos todos, pastores y fieles laicos, examinar en qué medida nuestros pecados de acción o de omisión han podido contribuir a la triste situación que lamentamos.

Desde el punto de vista pastoral, el hermoso templo de la Sagrada Familia nos estimulará, sin duda, a reconocer y agradecer la belleza del evangelio del matrimonio y de la familia, que tiene su icono luminoso en la familia formada por Jesús, María y José. En el misterio de la familia de Nazaret se encierra la revelación del amor divino que llega a cada ser humano de un modo particular a través de las relaciones humanas básicas de esponsalidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad. Es necesario celebrar con una belleza semejante a la que resplandece en el templo barcelonés la alegría de ese misterio divino y humano. Es necesario estudiarlo, meditarlo y proponerlo con renovado vigor a nuestra generación y a la futura en la iglesia, en la familia, en la escuela.

II. Las visitas pontificias y la fe de nuestro pueblo

La próxima visita pastoral de Benedicto XVI a España pasará a formar parte de una historia de ya casi treinta años de viajes pontificios que conviene rememorar para situarnos mejor ante un acontecimiento de tanta relevancia.

El siervo de Dios Juan Pablo II hizo su inolvidable primer viaje a España en 1982. Fueron diez largos días, del 31 de octubre al 9 de noviembre, que le permitieron hacerse presente, con un ritmo vertiginoso, en los cuatro puntos cardinales de la nación y encontrarse con personas de todos los ámbitos de la iglesia y también de la sociedad, abordando en sus ricas alocuciones todos los temas importantes de la vida eclesial y de la evangelización. Vino como “testigo de esperanza”, con ocasión del centenario teresiano, en cuanto le fue posible después del atentado sufrido en mayo del año anterior. Realmente todo el Pueblo de Dios – pastores y fieles laicos – se sintió fortalecido en la fe e impulsado a la fidelidad a Jesucristo y a su Iglesia en los tiempos nuevos que la sociedad española venía encarando después de la llamada “Transición” y de la entrada en vigor de la Constitución de 1978. La presencia del Papa permitió percibir el hondo sentir católico de la inmensa mayoría de nuestra sociedad y los obispos se mostraron agradecidos y espoleados a un renovado trabajo de evangelización “al servicio de la fe de nuestro Pueblo”, como se titulaba el proyecto pastoral aprobado por la Asamblea Plenaria de junio de 1983.

En agosto de 1989 Juan Pablo II vino a Santiago de Compostela para celebrar la IV Jornada Mundial de la Juventud. Allí había convocado a la juventud católica, junto al sepulcro del Apóstol, para descubrir las raíces apostólicas de su fe y comprometerse en la evangelización del mundo contemporáneo en los umbrales del año2000. Desde entonces, todas las celebraciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud se han preparado y vivido así: como una peregrinación excepcional al encuentro con Jesucristo, “camino, verdad y Vida”. El epílogo mariano de aquel viaje tuvo lugar en Covadonga, lugar también emblemático para la historia del cristianismo español y europeo.

La conmovedora historia de la evangelización de América quiso ser celebrada por el Papa con profundidad con motivo de su cuarto centenario. Ese había sido la razón de su segunda – y breve – estancia en España en 1984, en Zaragoza, desde donde la Madre vela por todas las naciones hermanas que se dirigen a ella en nuestra lengua. Y también fue el motivo principal de su cuarta visita a España los días 12 al 17 de junio de 1993. En el Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla tuvo ocasión de poner de relieve la honda raíz sacramental de la que se alimenta la fuerza evangelizadora de una Iglesia que, en su siglo misionero por excelencia, el XVI, abrió los nuevos horizontes del Atlántico y del Pacífico al Evangelio de Jesucristo. En Madrid, con la canonización de San Enrique de Ossó, Juan Pablo II nos recordó que el aliento misionero y catequético no ha dejado de afrontar tampoco entre nosotros los nuevos retos de la edad contemporánea.

Juan Pablo II, enfermo ya, pero movido por su extraordinaria simpatía hacia España y por su amor a todos sus hijos, católicos y no católicos, quiso venir de nuevo en mayo de 2003 a dejarnos su legado espiritual y apostólico. Nos emplazó a mantener el testimonio de Jesucristo ante el mundo, encomendado por el mismo Señor a los suyos: “Seréis mis testigos”. Como lo fueron nuestros compatriotas, los cinco santos canonizados en aquella ocasión en la Plaza de Colón de Madrid: Santa Ángela de la Cruz, San José María Rubio, San Pedro Poveda, Santa Genoveva Torres y Santa Maravillas de Jesús. Todos ellos, muy cercanos en el tiempo y propuestos como ejemplo a los numerosos jóvenes de toda España que disfrutaron oyendo al “joven” Papa y dialogando con él en el madrileño aeródromo de Cuatro Vientos.

Benedicto XVI ha continuado el admirable empeño de su predecesor de hacerse peregrino por los caminos de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe. El 8 y el 9 de julio de 2006, un año después de su elección para la Cátedra de Pedro, vino a Valencia para presidir el V Encuentro Mundial de las Familias. Desde Valencia el Papa lanzó un mensaje de esperanza a todas las familias del mundo: la vida matrimonial y familiar puede y debe ser vivida más como un regalo de la gracia divina que potencia el amor humano que como una dura imposición exterior que mortifica la libertad. Así, la familia se convierte en instrumento privilegiado de la evangelización, al tiempo que cultiva en las nuevas generaciones a los sujetos capaces de acoger la palabra de la libertad evangélica.

III. Con Benedicto XVI, en el quinto aniversario de su pontificado

Justamente hoy, 19 de abril, hace cinco años de la elección de Benedicto XVI. Nuestra Asamblea Plenaria coincide con aquellos días de abril de 2005 que culminaron con la solemne Misa de inauguración del pontificado el día 24. Damos gracias a Dios, que ha querido llamar a la Cátedra de Pedro a un hombre entregado al servicio de la Iglesia de un modo tan clarividente y generoso. El próximo miércoles lo haremos públicamente concelebrando la Eucaristía todos los obispos en la catedral de Santa María la Real de la Almudena a las ocho de la tarde. Invitamos a todos los fieles a unirse espiritualmente a nosotros en la acción de gracias por el Papa Benedicto XVI y en la oración por sus intenciones.

Nos duelen en el alma los graves pecados y delitos cometidos por algunos hermanos en el sacerdocio y por algunos religiosos que han abusado de menores traicionando la confianza depositada en ellos por la Iglesia y por la sociedad. También han actuado así algunos laicos con cargos eclesiales. Deben ciertamente responder de sus actos ante Dios y ante la justicia humana. Nosotros, como otros episcopados, hemos puesto y, según las necesidades, pondremos con más cuidado los medios adecuados para prevenir y corregir casos de ese tipo, de modo que nadie pueda pensar que sea compatible el servicio sacerdotal o la vida consagrada con la comisión de tales crímenes. Es intolerable faltar tan gravemente a la castidad, a la justicia y a la caridad abusando de una autoridad que debería haber sido puesta precisamente al servicio de esas virtudes y del testimonio del amor de Dios, del que ellas dimanan.

Al mismo tiempo, los obispos españoles estamos con Benedicto XVI. También está con él la inmensa mayoría del pueblo fiel. Se ha intentado manchar su figura para hacer creer a la gente que los abusos han sido frecuentes entre los sacerdotes y los religiosos, y sin que los obispos o el Papa actuasen debidamente. Ya es demasiado que se haya abusado de un solo niño. No puede ser. No puede ser la omisión de las actuaciones disciplinarias debidas o de la atención que merecen quienes han sufrido tales desmanes. Pero tampoco podemos admitir que acusaciones insidiosas sean divulgadas como descalificaciones contra los sacerdotes y los religiosos en general y, por extensión, contra el mismo Papa.

Estamos con Benedicto XVI, por cuyo pontificado damos gracias a Dios. Es a él precisamente a quien debemos luminosas orientaciones para la renovación de la vida de la Iglesia en fidelidad al Concilio Vaticano II: baste recordar sus tres encíclicas, su constante magisterio en concurridísimas audiencias y viajes apostólicos, la convocatoria del año paulino y del año sacerdotal y varias iniciativas encaminadas al ejercicio en profundidad del diálogo pastoral con el mundo de la cultura, con los hermanos judíos, con el islam y con otras confesiones cristianas. También le debemos precisamente a él disposiciones encaminadas a prevenir y corregir abusos en el campo mencionado y en otros ámbitos de la vida de la Iglesia.

El remedio hay que buscarlo, sin duda, en medidas preventivas, disciplinares y penales, pero sobre todo, en el cultivo de la santidad de vida, es decir: en la adhesión personal a Jesucristo, por la entrega completa de la propia vida a él en el amor; en la consiguiente libre obediencia a la santa ley de Dios y al magisterio de la Iglesia y en la práctica constante de los medios que hacen posible tal adhesión y tal obediencia, como son los sacramentos y los recursos de la ascética y de la piedad cristiana. La consagración a Dios en el celibato, libremente asumido por su amor, es un medio excelente de santificación que ha de ser cultivado con las condiciones y los medios señalados por la Iglesia, más, si cabe, en un contexto en el que es puesta en cuestión no sólo por un modo de vida hedonista y relativista, bastante generalizado, sino también por una crítica teórica, sin fundamento, que se opone a la experiencia contrastada de la Iglesia. De todo ello nos ha hablado el Papa con especial humildad, sabiduría y claridad.

IV. Nuevos santos y beatos españoles

La Iglesia ha sido bendecida en España con una pléyade de figuras de grandes santos que jalonan su historia bimilenaria. Tampoco nos faltan en estos tiempos hermanos que nos señalen con el ejemplo radiante de sus vidas el camino del verdadero amor a Jesucristo y al prójimo. Ahí están los mártires del siglo XX, muchos ya beatificados y algunos canonizados; entre estos últimos, San Pedro Poveda, mártir, conocido sacerdote y guía de educadores cristianos, elevado a los altares por Juan Pablo II en 2003. Junto con él fueron también canonizados – como hemos recordado – otros santos, ilustres confesores de la fe en el siglo XX: San José María Rubio, apóstol de los suburbios de Madrid, confesor, consolador y médico espiritual de tantas almas; Santa Genoveva Torres, servidora heroica de ancianos y personas discapacitadas y abandonadas; Santa Ángela de la Cruz, madre de los pobres; y Santa Maravillas de Jesús, entregada a la oblación de la existencia por la Iglesia y por la humanidad en el silencio de la vida monástica. Ahí están los dos últimos canonizados en Roma el pasado mes de octubre por Benedicto XVI: San Francisco Coll y Guitart, promotor de obras educativas para los niños y niñas más pobres de su tiempo; y San Rafael Arnáiz Barón, el joven que dio su vida a Cristo por el bien y la paz de los cuerpos y de las almas, especialmente de aquellas generaciones de jóvenes enfrentadas en una guerra fratricida, que eran las suyas; él, que no llegó a culminar institucionalmente su vocación de trapense, abrió fecundos surcos para la siembra del amor limpio, amor de Dios y de los hermanos.

En este curso pastoral, siete nuevos beatos han entrado ya o están a punto de entrar en el catálogo de la santidad de la Iglesia en España: un obispo, el cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás (1833-1909), segundo obispo de Madrid y arzobispo de Toledo, pastor cercano y maestro del anuncio libre del Evangelio en tiempos difíciles (beatificado en Toledo el 18 de octubre pasado); un sacerdote, José Samsó y Elías (1887-1936), párroco querido en Santa María de Mataró (Barcelona) y ejemplar catequista, cuyo martirio salvó literalmente de la muerte a otros “condenados” de su pueblo (beatificado en Mataró el pasado 23 de enero); un joven jesuita del siglo dieciocho, Bernardo de Hoyos (1711-1735), que en brevísimo tiempo puso en marcha entre nosotros el hondo movimiento de la devoción al Corazón de Cristo (beatificado ayer mismo en Valladolid); el padre José Tous y Soler (1811-1871), capuchino y sacerdote ejemplar que, movido por el amor a los niños carentes de educación, fundó las Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor (será beatificado el próximo domingo, del Buen Pastor, día 25 de abril, en Barcelona); Manuel Lozano Garrido (1920-1971), conocido como “El Lolo”, joven de Acción Católica, periodista que ejerció su apostolado no sólo con su ágil pluma, sino también a través del misterio del dolor en su propia vida (será beatificado en Linares, Jaén, el próximo 12 de junio); fray Leopoldo de Alpandeire (1864-1956), que se hizo hermano capuchino a los treinta y cinco años para ser santo y que, como sabe todo el pueblo andaluz, fue efectivamente otro Francisco de Asís, pobre evangélico enamorado de Jesucristo (será beatificado en Granada el 12 de septiembre); y María Isabel Salvat y Romero (1926-1998), sucesora de Santa Ángela de la Cruz al frente de las hermanas de la Cruz, que será beatificada en Sevilla el próximo 18 de septiembre.

También ha sido anunciada ya, para el próximo curso, la canonización de dos mujeres intrépidas en obras de amor a Jesucristo y a la juventud: la beata Cándida María de Jesús Cipitria Barriola (1845-1912), fundadora de las hijas de Jesús, que tendrá lugar en Roma el 17 de octubre, y la beata Bonifacia Rodríguez de Castro (1837-1905), fundadora de las siervas de San José, en fecha aún por determinar. Asimismo será beatificado el próximo curso el obispo Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659), que rigió la sede de Osma (Soria) y antes la de Puebla de los Ángeles, en México.

Damos gracias a Dios por la nube de testigos, tan cercanos, que alegran con su santidad a la Iglesia y nos señalan el camino de la Vida.

V. Nuestros trabajos

En estos días esperamos aprobar un mensaje al pueblo de Dios con motivo de la próxima celebración del X Congreso Eucarístico Nacional, que tendrá lugar en Toledo del 27 al 30 de mayo. Seguiremos con la reflexión acerca de nuestro servicio de magisterio y acompañamiento pastoral en estos tiempos de crisis económica, que tanto preocupa a los pastores de la Iglesia por sus implicaciones morales y por sus consecuencias para la vida cotidiana de muchos hermanos, como tuvimos ocasión de manifestar en la Declaración publicada en noviembre pasado. Revisaremos la situación de la enseñanza de la Religión y moral católica: los problemas persistentes en su estatuto académico y algunas medidas encaminadas a la mejora de la formación de los profesores. Trataremos diversas cuestiones prácticas de la pastoral parroquial y estudiaremos la traducción de la tercera edición del Misal Romano.

A María, la Madre de la Iglesia, encomendamos los trabajos de esta semana.

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