Mons. Juan del Río escribe una carta pastoral al clero castrense con motivo del Año Sacerdotal


Al finalizar la Misa Crismal celebrada el marte santo en la Catedral de las Fuerzas Armadas, el Arzobispo Castrense Mons. Juan del Río Martín, ha hecho entrega a sus sacerdotes de la Carta Pastoral: El Sacerdote, Ministro del Amor Divino: del Maestro Ávila al Cura de Ars
En esta carta pastoral el tema de la espiritualidad sacerdotal es abordo desde la perspectiva del Patrón del clero secular español y desde Patrón universal de los párrocos. El texto consta de dos partes: en la primera dedicada a San Juan de Ávila eminente predicador que, sintiéndose “alquilado por Cristo para salvar almas”, instará al auditorio a la santidad cristiana, de manera especial a los sacerdotes. El punto nuclear de sustentación de su pensamiento es que “Dios es amor, predica amor y envía amor”, su nombre para nosotros es Cristo, “Dios humanado”, que como sumo sacerdote, víctima y altar, se ofreció en la cruz para la salvación del mundo. El sacerdote es alter Christus; su santificación transita por la imitación y discipulado de ese Sumo y Eterno Sacerdote que es Jesucristo, Hijo de Dios vivo, “amor desbordante para la humanidad”.

En la segunda parte se ofrece una amplia biografía y una aproximación sistemática de la vivencia sacerdotal de San Juan Bautista María Vianney. Su espiritualidad dimana de la santidad que irradiaba su persona; como dice Benedicto XVI, “siempre en contacto con sus parroquianos, enseñaba, sobre todo, con el testimonio de su vida” . Ahí es donde está escrito todo el magisterio del Cura de Ars.

En la actualidad, corren tiempos recios y es necesario “echar el anclaje” en aquello que tiene solidez suficiente para superar todo “oleaje de la moda pasajera”. San Juan de Ávila y San Juan Bautista María Vianney son preclaros exponentes de síntesis y armonía entre la pastoral inmediata y la necesidad constante de la oración. En nuestros autores encontramos cómo la acción pastoral es fruto de la vivencia de su ministerio sacerdotal, asiduamente alimentada en la plegaria y en el estudio. También en el caso del Cura de Ars, quien, a pesar de sus escasos conocimientos teológicos, se tomaba muy en serio la preparación de la homilía dominical. Él poseía y leía con frecuencia las obras del santo español. Muchas de sus afirmaciones se inspiraban en los escritos avilistas.

Ahora bien, no se mira al pasado por arqueologismo teológico o nostalgia espiritual, sino porque el Maestro Ávila y el Cura de Ars fueron eminentes hijos de la Iglesia, que la amaron desde su profunda experiencia del Misterio de Cristo, al estilo paulino el primero, y centrado en el Corazón de Jesús, el segundo. Ellos se convirtieron en fuentes inagotables por su manera de vivir y de predicar sobre el sacerdocio. En ellos encontramos las líneas perennes para una auténtica espiritualidad sacerdotal.

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