La Pasión según Jesús

Stmo. Cristo de Zalamea

Por Mons. Antonio Montero Moreno
Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz /

“Tened los sentimientos de Cristo” (Filp. 2,5)

Quiero hacer míos en esta Semana Santa -y lo recomiendo a los lectores- los sentimientos de Cristo Jesús (Fil. 2,5) en su sagrada Pasión, recogidos, como pepitas de oro, de las palabras transcritas por los cuatro evangelistas, desde Getsemaní a la Vía Dolorosa. Lo mismo que viene haciendo la devoción cristiana con las siete palabras inmortales que salieron de los labios sedientos del Señor, mientras se desangraba en el Gólgota. Estas que ahora comento son mucho más de siete, aún entendidas como frases y sentencias, al igual que las otras ya clásicas. Jesús fue el primer comentarista de su bendita Pasión. Dejémosle hablar a Él.

I.- Tu voluntad y no la mía

Acabada la cena, Jesús y los suyos cruzan entre sombras, íntimas y nocturnas, el valle del Cedrón, hasta la ladera opuesta. Van al monte de los Olivos o huerto de Getsemaní, un rincón apartado y preferido, donde el Maestro y los doce se escapaban con frecuencia a orar y conversar, hasta que el sueño les podía y caían dormidos sobre el santo suelo, lo mismo en la cueva que bajo cualquier olivo. Esta vez el aire nocturno rezuma ya tragedia. Jesús rompe el silencio: “Quedaos aquí mientras yo voy a orar”. Son las primeras palabras de su sagrada Pasión.
Se aleja como un tiro de piedra, detalle de San Lucas, y van con él Pedro y los del Zebedeo. Le asaltan de inmediato la tristeza y la angustia y Jesús les abre el corazón: “Mi alma está triste hasta la muerte. “Quedaos aquí y velad conmigo”. Luego se adelantó un poco, se postró en tierra e inició la Oración del Huerto: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Así, tres horas, sacudido todo su ser hasta el sudor de sangre, con sendas interrupciones para comprobar que sus compañeros estaban dormidos. “No habéis podido velar una hora conmigo?”, les reprocha con mansedumbre. La segunda vez respeta su sueño, porque tenían, dice el evangelista, los ojos muy pesados, no es que fueran unos desaprensivos.
Fracasó la oración de Jesús? Su cáliz, desde luego, lo bebió hasta las heces. Entonces? Veamos. El Señor sacó energías de ella para acoger allí mismo la voluntad del Padre; encajó con elegancia el sueño de los discípulos, se irguió, al final, confortado, para despertarlos, incluso con suave ironía “Ya podéis dormir y descansar llega la hora de ser entregado a los pecadores. “Levantaos! Vamos! se acerca el que me va a entregar”.
Pausa Sólo les puede la tentación a aquellos que se duermen sin orar. (Todos los discípulos huyeron). En cambio, la oración les saca a flote a aquellos otros que, incluso hechos polvo y sin poder con su alma, invocan confiados al Padre y acatan su voluntad. El les otorgará, o no, el favor que están pidiendo; pero ellos recibirán con el cáliz una energía sobrehumana para echar sobre sus hombros las cargas propias y ajenas. Cómo se salvaría el mundo sin Cristo y sin ellos?

II.- Sí, yo soy el Hijo de Dios

La agonía orante de Getsemaní conforta a Jesús hasta la cima del Calvario. Allí experimentaría otra desolación más honda, una, aunque momentánea, durísima noche oscura. Pero, seguiría rezando hasta llegar, como un atleta olímpico, a la cima total. “Padre, todo se ha cumplido, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Atrás quedaban los tribunales inicuos, los escarnios y los azotes, la humillación grotesca ante Barrabás. Pero, de Getsemaní, se levantó, como el atleta gigante del Salmo, para seguir las estaciones siguientes, comentadas también por el Evangelista Jesús. Así, como sabemos, en la Casa de Caifás, en las parodias judiciales del Sumo Sacerdote y del Sanedrín. Es el Juzgado de Instrucción, con los testigos amañados, con las presiones de un puñado de fanáticos, dispuestos a forzar la confesión y el paso al fuero militar. Nos importan las palabras de Jesús, porque toda su pasión es una catequesis: “Te conjuro, por el Dios vivo, le conmina Anás, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Jesús dijo: “Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre la nube, del cielo” (Mateo y Marcos).
Esta confesión le valió lo primero una condenación fulminante del pontífice, que ya no quiso oír más testigos. Jesús le ofreció la oportunidad de que escuchara a sus oyentes de la sinagoga y del templo. Bastó esto para que un cretino infame le diera una bofetada: Así respondes al Pontífice? Jesús acusa el golpe con soberana mansedumbre: “Si te he hablado mal, muestra dónde está el mal; pero, si bien, porqué me hieres?”
Era la tercera queja, llena de dignidad, en el curso de su Pasión: la primera fue para los apóstoles:”No habéis podido velar una hora conmigo?” La segunda le tocó a Judas: “Amigo, con un beso entregas al Hijo del Hombre? La cuarta vendrá después, dirigida a Pilato: “No tendrías poder alguno sobre mí, si no te fuera dado de lo alto”. Divinas palabras.
Hubo también divinos silencios. Ante el alud de los testigos falsos, en casa de Caifás. En la comparecencia ante Herodes, que lo vistió de payaso. Luego, ante los criados de la casa del Pontífice que le injuriaban y le escupían. En medio, un silencio compartido, emocionante, amoroso, cuando se cruzan, en los bajos de la casa de Anás, las miradas de Jesús y de Pedro. Acto seguido vendría el mutismo de Jesús ante los sayones que le azotaron en el Pretorio y la soldadesca que le cubrió de escarnios y le coronó de espinas. Fascinante homilía del Señor, al compás de las groserías y los escarnios de la clase alta y de la baja.
Pausa De todo el “juicio religioso” de Jesús ante los pontífices judíos y el populacho manipulado, me quedo, cómo no? con su confesión mesiánica ante el Pontífice, donde se proclama Hijo de Dios ante vivos y muertos, anunciando su segunda venida. Cristo muere por confesar la divinidad de Cristo. El primero, entre la legión millonaria de los mártires de la fe. El anuncio, la profecía, la confesión valiente, la evangelización arriesgada, son rutas de martirio. Qué hermoso, qué grande, Señor, el ministerio de la palabra!

III.- Mi reino no es de este mundo

Vamos con Pilato. Es el personaje que más dialoga con Jesús y que, por lo mismo, le brinda ocasiones al Maestro de predicarnos desde su holocausto. Todo transcurre en el Pretorio de la Torre Antonia. Hasta cuatro interrogatorios del procónsul Poncio Pilato al Mesías registran los evangelistas. Siempre bajo la obsesión del primero por esclarecer la presunta realeza del Reo. Es cierto que tal era la acusación que le presentaron los notables judíos que se lo remitieron. Ellos querían condenarlo y carecían de atribuciones; para colmo, no podían entrar durante la Pascua en el Pretorio por no contaminarse de paganía Qué risa!
El hecho es que este hombre mediocre y dubitativo, de sentimientos tirando a nobles, pregunta y pregunta con ánimo de salvar a Jesús. Entre ambos se cruza este diálogo transcrito por San Juan: “Pilato llamó a Jesús y le dijo: Eres tú el Rey de los judíos?… Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los soldados míos lucharían para que no fuera entregado a los judíos. Mas mi reino no es de aquí. Díjole entonces Pilato: Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Tú lo dices. Yo he nacido para esto y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la verdad, oye mi voz. Díjole Pilato: Qué es la verdad?”
El proceso, es un decir, siguió adelante. Pilato discutió con los judíos. Ellos volvieron a la carga, incluso con un burdo chantaje: “Si salvas a éste, no eres amigo del César”. El pobre Pilato, asustado además por los sueños de su mujer, no daba pie con bola. Apeló a la estratagema de Barrabás y le salió el tiro por la culata. Acorralado, mandó azotar a Jesús y permitió las vejaciones infames de la soldadesca. Pidió al final la jofaina, para lavarse las manos, que no la conciencia, y se lo entregó a sus verdugos, no sin remachar lo del cartel sobre la cruz: Jesús nazareno rey de los judíos. Lo escrito, escrito está. Pobre Pilato. Figura patética.
Pausa… Tampoco yo, Señor, aunque no tanto como Pilato, alcanzo a comprender del todo el Reino de que nos hablas. Fue el principal argumento de tus sermones y parábolas. Reino de Dios, reino de los cielos. La pobreza, la alegría, la confianza en el Padre, la cruz llevada con amor, la lucha por la justicia, la verdad que nos hace libres, la levadura que fermenta, la luz que alumbra a los hombres, son cosas de aquí. Aseguraste que, si tú echabas los demonios en nombre de Dios, es que había llegado a nosotros el Reino de Dios. A un hombre bueno le dijiste que no andaba lejos del Reino de Dios.
Pero, claro, eso sí que lo entiendo: Ni las armas, ni la imposición por la fuerza tienen nada que ver con tu Reino. Tú reinas en el corazón de los sencillos, en el sufrimiento de los pobres, en la contemplación de los monjes, en la lucha sin odio por la paz y la libertad. Reinas en la Iglesia, sin quererla convertir en poder fáctico ni en animadora de guerras religiosas. Algo así he sacado en limpio yo de todo esto. Señor, admíteme en tus filas.

(Colaboración publicada en el n. 249 del semanario “Iglesia en camino” de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz)

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