La Crucifixión

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Este soneto anónimo nos sitúa perfectamente en el tema que vamos a tratar, el de la crucifixión de Cristo y su representación en la Semana Santa murciana.
Crucificados hay muchos y todos de una gran belleza, los hay más sobrecogedores, más doloridos, y otros que pese al sufrimiento transmiten serenidad.

Comenzaremos por el Cristo de la Sangre, uno de los más conocidos, procesiona cada Miércoles Santo con la antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre, es una talla del escultor Nicolás de Bussi, fechada en el año 1693 que responde a los cánones que exigía la Contrareforma. Se trata por tanto de un Cristo triunfante que representa el lagar místico, es decir, el momento en que el Hijo de Dios es entregado para la Salvación de los hombres. Sus pies se han desprendido de la cruz y un ángel recoge su sangre en un cáliz, el cáliz que porta el vino litúrgico que nos redimirá de nuestros pecados.

El Santísimo Cristo del Perdón es una imagen atribuída por algunos autores a Nicolás Salzillo, el padre del gran imaginero murciano Francisco Salzillo. Es un crucificado que representa un Cristo muerto en la cruz, de ahí los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Le acompañan en el Calvario la Dolorosa, San Juan y María Magdalena.

Pero hay una talla cuanto menos curiosa, es un crucificado de los pocos que esculpió Salzillo, el Cristo de la Esperanza. El maestro del barroco quiso reflejar en Él un último momento de oración antes de morir en la cruz, de ahí la serenidad de su rostro pese al dolor y de ahí también la postura de sus manos. Dos de sus dedos están extendidos sobre el madero en ademán de bendecir. La talla que fue esculpida en 1755 es portada por 34 nazarenos.

Y por último el crucificado más antiguo, el Cristo de la Salud, una impresionante talla que mide casi dos metros de altura y que es probablemente la única pieza de imaginería del arte gótico tardío que conservamos.

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