Homilía de Mons. Demetrio Fernández en el inicio de su ministerio episcopal en Córdoba


“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (S 39,8). Cristo, al entrar en este mundo dijo: Ecce venio, Aquí estoy, Señor (Hbr 10,9). Se trata al mismo tiempo de una actitud de profunda adoración al Padre, de ofrenda sacrificial de la propia existencia, de disponibilidad total para el cumplimiento de la voluntad de Dios y de profunda solidaridad con todos los hombres, cargando con el pecado del mundo. Nos encontramos en el núcleo de la redención, en el corazón de Cristo sacerdote, donde Él pronuncia su Ecce venio. En ese mismo instante, María pronuncia su Fiat: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Cristo y María unidos para siempre. Con esta misma actitud de adoración y de ofrenda, de disponibilidad y de solidaridad, queridos hermanos, quiero iniciar hoy mi servicio episcopal a esta querida diócesis de Córdoba, que el Señor me confía.

Iglesia santa, Esposa de mi Señor crucificado y resucitado, Iglesia universal que caminas y vives en Córdoba. Iglesia implantada en esta tierra en los mismos albores del cristianismo, con una presencia casi bimilenaria, rica en frutos de santidad. Pueblo de Dios reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (LG 4). Asamblea santa, Pueblo sacerdotal. Nadie como tú, Iglesia del Señor, ha producido tantos frutos y de tanta calidad en la historia de esta ciudad y provincia de Córdoba, que se gloría también de otros muchos logros. Iglesia constituida sobre el cimiento de los apóstoles, y en la línea de la sucesión apostólica, presidida por tantos pastores, entre los que destaca el obispo Osio de Córdoba, que tan benéfico influjo ejerció sobre el emperador Constantino para su conversión al cristianismo, que presidió el concilio de Nicea, que patentizó la fórmula cristológica del homoousios, en la lucha contra el arrianismo, y que es venerado como santo en la Iglesia oriental (¿Por qué no en la occidental?). Iglesia que se ha mantenido fiel en la persecución con el testimonio de sus mártires, san Acisclo y santa Victoria, patronos de la diócesis, san Eulogio y san Pelagio, el beato Bartolomé y tantos mártires y santos de todas las épocas.

Estamos celebrando queridos hermanos una fiesta de Iglesia, engalanada con sus mejores joyas para nuestro Señor Jesucristo, “como una novia se engalana para su esposo” (Ap 21,2). Y nos encontramos en esta santa Iglesia Catedral de Córdoba, síntesis de la historia y de la cultura de nuestra ciudad. En este lugar confluye la antigua basílica tardoromana de san Vicente -el oscense diácono de san Valero y martirizado en Valencia a finales del siglo III-, la catedral visigótica en los siglos VII y VIII, sobre la cual fue construida la mezquita Aljama de la época califal, expresión del esplendor musulmán en Córdoba. Aquella mezquita fue consagrada más tarde como catedral cristiana en el siglo XIII (hace 8 siglos ya!), después de la reconquista llevada a cabo por Fernando III el Santo en 1236, y por último la construcción de los siglos XV, XVI y siguientes de esta hermosa catedral, que incluye todas las construcciones anteriores y convierte la casa de Dios en el lugar más emblemático de Córdoba.

Permitidme un paréntesis en relación con el lugar que nos acoge. Teniendo presente la historia de este lugar y siempre abiertos al diálogo interreligioso al que nos impulsa el Concilio Vaticano II (Nostra aetate 3), quiero reafirmar con claridad que no es posible el uso compartido de la Catedral de Córdoba, porque ni lo consiente la religión musulmana ni cabe en la verdad de la religión cristiana ese uso compartido. Cristianos y musulmanes hemos de colaborar juntos en la paz del mundo y respetarnos mutuamente en la convivencia, tanto en los países de tradición cristiana, como recíprocamente en los países de régimen musulmán, en alguno de los cuales todavía hoy se persigue y se elimina a los cristianos. Que no suceda eso entre nosotros es una exigencia del mandamiento nuevo del amor, que Jesucristo nos ha dado. Pero acceder al tan aireado uso compartido de la Catedral por cristianos y musulmanes no contribuiría a la pacífica convivencia de unos y de otros, y sembraría la confusión propia de un relativismo que no distingue la identidad y la diferencia de cada uno.

Volvamos a nuestra celebración festiva. En ella aparece más visiblemente la naturaleza de la Iglesia, presidida por sus pastores, entre los cuales un numeroso grupo de cardenales, arzobispos y obispos, a los que saludo con afecto de hermano y a los que agradezco el esfuerzo de haber venido hoy hasta aquí, algunos desde muy lejos (hasta de Cienfuegos-Cuba). Saludo particularmente al Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal Española. En la persona del Sr. Nuncio Apostólico, quiero transmitir mi afecto y gratitud al Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, que nos preside en la caridad, y manifestarle mi plena y gozosa adhesión filial, a título personal y en nombre de toda la diócesis de Córdoba.

He aquí un numeroso grupo de presbíteros, estrechos colaboradores del obispo, provenientes de este presbiterio de Córdoba y de otras diócesis cercanas y lejanas geográficamente: Tarazona, Toledo, Palencia, etc. Queridos sacerdotes, cuánta generosidad se esconde en vuestro ministerio. Vosotros lleváis el peso del día y el calor de la jornada en el trabajo pastoral cotidiano de una diócesis. Que este Año sacerdotal os lance a cada uno definitivamente por los caminos de la santidad, al estilo del santo Cura de Ars. Y junto a ellos los diáconos y los seminaristas que se preparan para el sacerdocio ministerial. Queridos seminaristas, los de Córdoba y los de Tarazona. En este día del Seminario toda la Iglesia os mira con enorme esperanza, también el nuevo obispo. Verdaderamente el ser sacerdote es una vida apasionante. Vivid con gozo vuestra vocación, porque siendo fieles al Señor, haréis un gran bien a la humanidad desde vuestro futuro ministerio.

Están los consagrados al Señor en las distintas y ricas formas de vida consagrada en la Iglesia: contemplativos y monjas de clausura, religiosos y religiosas, institutos seculares y sociedades de vida apostólica, vírgenes consagradas. Sois como el mejor perfume de la Iglesia, la esencia del Evangelio que embellece la Casa de Dios. En la virginidad, la obediencia y la pobreza, nos estáis recordando a todos la vida nueva que brota del Resucitado.

Y estáis aquí tantos y tan numerosos cristianos fieles laicos, familias enteras con sus hijos y los abuelos, jóvenes, personas mayores, niños, que hacéis presente a la Iglesia en el mundo de tantas y tan múltiples maneras. Los cordobeses venidos de la ciudad y de la campiña, de la sierra y del alto y bajo Guadalquivir. Ved qué bonita es la Iglesia, y más cuando se reúne festivamente para alabar al Señor e invocar su nombre. No prestéis atención a quienes denigran a la Iglesia o sacan a relucir sus trapos sucios para atacarla. La Iglesia es nuestra madre, y aunque sus hijos somos pecadores, ella nos limpia y nos hace hermosos, como una madre embellece a su hijo pequeño, aunque se ensucie muchas veces. ¡Qué hermosa es la Iglesia, que de pecadores nos va haciendo santos! Queridos fieles laicos, la Iglesia cuenta con vuestra colaboración para llevar la luz y la sal del Evangelio a un mundo que necesita ser renovado. En el campo de la familia y de la vida, en el campo del trabajo y las relaciones laborales, en el campo de la cultura y en la vida pública. No dejéis que la Iglesia quede encerrada en la sacristía. “Vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5,13-14).

Saludo con respeto agradecido a las autoridades civiles, militares, judiciales y académicas de esta nueva diócesis que se me confía. Al Sr. Alcalde de la ciudad de Córdoba, a la Diputación provincial, al subdelegado del Gobierno en Córdoba, a las autoridades de la Junta de Andalucía, (otros)… Vuestra presencia honra a los cordobeses y al nuevo obispo. El nuevo Obispo de Córdoba quiere colaborar desde su ministerio episcopal en todo lo que sea bueno para Córdoba y su provincia. Espero encontrar siempre en vosotros esa recíproca colaboración para el bien común de los ciudadanos, que habitan esta ciudad y provincia y que son católicos en su inmensa mayoría.

La Iglesia no busca privilegios, sólo quiere libertad para ejercer la misión que desde hace siglos viene enriqueciendo a la sociedad de múltiples maneras. La Iglesia no impone a nadie su forma de pensar –la fe no se impone, sino que se propone. La Iglesia sabe convivir en medio de una sociedad plural, respetando a todos sus ciudadanos, porque es experta en humanidad. Pero la Iglesia, pastores y fieles, no puede dejar de proclamar la verdad de Dios que salva al hombre, la verdad del Evangelio, por el que han dado su vida miles y miles de santos y de mártires en su historia bimilenaria, también en nuestro suelo. En temas siempre actuales como el matrimonio y la vida humana, la educación, la libertad de conciencia, la justicia y los derechos humanos, etc. Por ejemplo, la Iglesia no puede dejar de recordar que la vida es un don de Dios y que nadie puede suprimirla directamente, y menos aún en el seno materno, por ningún motivo, y que en la etapa terminal, la vida y la muerte es digna si se respeta y se mima a la persona hasta su último suspiro. No podemos callar sobre estos temas tan delicados y que afectan al bien del hombre. Si calláramos cediendo al relativismo que nos envuelve o para complacer al auditorio o por miedo a molestar a quienes nos mandan callar, traicionaríamos nuestros más sagrados deberes.

Comienzo esta nueva etapa de mi vida lleno de esperanza y entusiasmo, al llegar a una diócesis tan viva, como es esta diócesis de Córdoba. Queridos cristianos cordobeses: he odío hablar mucho y muy bien de vosotros, sois conocidos en muchos lugares por vuestro buen hacer, por vuestra fidelidad y vuestra comunión eclesial dentro del presbiterio y en toda la diócesis, por vuestro Seminario bien orientado y numeroso, por la presencia significativa de la vida consagrada y sus distintas obras educativas, asistenciales o de apostolado, por la participación abundante de los fieles laicos en las parroquias, en los movimientos eclesiales, en las cofradías y hermandades, por la religiosidad popular, una de cuyas expresiones está en las procesiones de Semana Santa, por el importante trabajo en la pastoral familiar y en la educación afectivo-sexual que desde Córdoba se imparte para toda España, por el instituto superior de ciencias religiosas con 250 alumnos, por las obras sociales y de caridad que son promovidas desde tantos ámbitos, y especialmente desde Cáritas y Manos Unidas. Por la cooperación misionera, que abre a la diócesis de Córdoba al horizonte ilimitado de la Iglesia universal.

Sois relicario de san Juan de Ávila, herederos de su vida y su doctrina, que hemos de poner en valor cada vez más para beneficio de todos los sacerdotes del mundo. Esperamos su pronta declaración como doctor de la Iglesia. Montilla está necesitando un impulso notable en esta dirección.

En resumen, de vosotros, queridos cordobeses, puede decirse lo que con frase certera ha repetido Benedicto XVI: “La Iglesia está viva, la Iglesia es joven, la Iglesia lleva en su seno el futuro de la humanidad”. Otras modas del momento pasarán, estad seguros; la Iglesia, sin embargo, permanecerá.

Todo eso no ha surgido de repente, sino que es fruto de una historia de salvación, que incluye muchos años de trabajo pastoral, bajo la guía de obispos sabios y prudentes que han regido esta diócesis y han gastado aquí parte de su vida. Por no detenerme en los que ya han muerto y para los que pido un piadoso recuerdo, me alegro de saludar a los presentes: a Mons. Juan José Asenjo, ahora nuestro arzobispo metropolitano de Sevilla, que se va de Córdoba con nostalgia. Y a Mons. Javier Martínez, arzobispo metropolitano de Granada. Uno y otro recuerdan su etapa de Córdoba, como la mejor etapa de su vida pastoral. Así me lo han confesado ellos mismos.

La diócesis de Córdoba debe ser agradecida con los pastores que nos han precedido y cuyos frutos son bien palpables hoy día. Otros han sembrado con lágrimas, a mí me toca cosechar entre cantares, y todo ello es un fuerte estímulo para seguir sembrando, gastando mi vida por vosotros. Cuento con sus valiosas indicaciones y prudentes consejos.

En estrecha colaboración con el obispo habéis trabajado sacerdotes, laicos y consagrados. Cuento con vosotros en esta nueva etapa que hoy comenzamos. El nuevo obispo viene a insertarse en esta historia de salvación y a caminar junto con vosotros compartiendo vuestra responsabilidad ante tantos dones recibidos de Dios. La fuerza y la clave de la evangelización están en vivir el misterio de la Iglesia en plena comunión con el Obispo en la Iglesia diocesana y en plena comunión con el Papa en la Iglesia universal, que es la misma y única Iglesia fundada por Jesucristo. Desechemos definitivamente todo disenso o desacuerdo con el Magisterio y la disciplina de la Iglesia. Esa actitud no conduce más que a la esterilidad pastoral y a la tristeza. Vivamos unidos, como una piña, en torno al Vicario de Cristo y al obispo diocesano. “Esta es la fuerza que vence al mundo: vuestra fe” (1Jn 5,4).

Al obispo le corresponde acoger a todos, alentar a todos, unir a todos reconociendo y valorando los carismas que cada uno ha recibido para el bien de la comunidad. Que nadie busque la construcción de su propio apartamento, sino que todos busquemos primero y ante todo la construcción de la Casa de Dios, que es la Iglesia, presente en la diócesis. Quiero ser obispo de todos y para todos, y si alguna preferencia puede tener el obispo serán los pobres, los que sufren por cualquier causa, aquellos que la sociedad margina. Si nuestra diócesis ha recibido tanto, es para darlo, es para compartirlo con la Iglesia universal y con las diócesis hermanas. Si somos generosos en el compartir, Dios será más generoso en multiplicar lo que es obra suya entre nosotros. La fe se fortalece dándola, los dones se multiplican cuando los compartimos.

Quedan atrás otras etapas de mi vida, en las que Dios me ha hecho feliz en la entrega generosa y sin reservas. La más reciente, cinco años como obispo de Tarazona. Queridos turiasonenses, sois expertos en formar obispos nuevos. Me alegro de haberme entregado totalmente a vosotros por aquellos vericuetos del Moncayo, donde me he sentido muy acogido por vosotros. Por eso, me cuesta dejaros, bien lo sabéis. Saludo a los alcaldes de Tarazona y Calatayud, los dos ejes de la diócesis que tan frecuentemente he visitado. Os agradezco a todos vuestras múltiples colaboraciones. Muchas gracias por haber venido desde tan lejos, colegio de consultores, sacerdotes y fieles. No olvidaré nunca las múltiples atenciones que habéis dispensado a mi madre anciana, que murió en Tarazona hace año y medio. Continuaré vinculado a vosotros en estos meses de interinidad como administrador apostólico, hasta que llegue el nuevo obispo, y nos esperan acontecimientos importantes, como la pronta reapertura de la Catedral después de 30 años cerrada por restauración. Queridos seminaristas de Tarazona, echaré de menos vuestra convivencia, os dejo en manos del Señor y de la Inmaculada que da nombre a nuestro Seminario.

Atrás queda también la etapa de mi formación y ministerio sacerdotal en Toledo, 40 años de mi vida. Saludo al Sr. Arzobispo de Toledo y a su Obispo auxiliar, a los curas de mi diócesis de origen, a tantos fieles laicos, buenos amigos de toda la vida, porque hemos compartido penas y alegrías de la vida pastoral. Gracias por haber venido tantos, especialmente los feligreses de Santo Tomé, mi último cargo pastoral en Toledo. Y con vosotros, saludo al alcalde de Toledo y al presidente de la Junta de Castilla-La Mancha.

Y más lejos en el tiempo, pero siempre cercanos en el afecto, la etapa de mi pueblo natal, Puente del Arzobispo, del que nunca me he sentido desarraigado, sino al que vuelvo con los mejores recuerdos de mi infancia y juventud, con el recuerdo de mis padres y mis abuelos ya difuntos, de mis hermanos y sobrinos que hoy me acompañan y demás familiares aquí presentes, con el recuerdo de tantos parientes y amigos, muchos de los cuales están hoy aquí con el cura de mi pueblo y con el alcalde de Puente del Arzobispo. Gracias por venir hasta Córdoba. No dejéis de rezar por mí ante la Virgen de Bienvenida y de pedir para mí la intercesión del beato Domingo.

Gracias a todos. Gracias al Cabildo de la Catedral de Córdoba y a todos los que han colaborado en la realización esmerada de esta celebración. Gracias a los medios de comunicación que contribuís eficazmente a mi presentación en la diócesis. Rezad todos por este obispo, para que sea un humilde obrero en la viña del Señor, porque “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (S 127,1)

Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad. He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra. Virgen de la Fuensanta, Virgen de los Dolores. San Rafael arcángel, acompáñanos con tu protección en este camino. Amén.

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