"El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios", homilía del obispo de Plasencia en la misa de TVE


Día del Seminario
Hermanos sacerdotes del seminario diocesano y del cabildo catedral, queridos seminaristas y familiares, amigas y amigos del seminario, que participáis en esta celebración de la Eucaristía. En nombre de todos vosotros le dirijo un saludo afectuoso y acogedor a cuantos se suman a nosotros a través de la 2 de Televisión Española. Recibid nuestro afecto, y de un modo especial los ancianos, los impedidos y los enfermos. Os sentimos muy cerca y os agradecemos que le aportéis a nuestra comunidad la riqueza de vuestra fe.
Con todos comparto esta reflexión sobre la Palabra de Dios que la Iglesia nos propone en este quinto domingo de Cuaresma. Con el profeta Isaías, hemos recordado que el Señor, en su amor, nos sorprende con novedades que contradicen nuestra visión pesimista de las cosas. “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, ríos en el yermo”. Son palabras de esperanza que nos invitan a buscar en medio de las dificultades signos de bondad, de belleza y de verdad. Nos recuerda el profeta que con los ojos de la fe se pueden ver brotes de vida nueva; que en el dolor, en la enfermedad, en la incapacidad, queridos enfermos brotan retoños de alegría, de confianza, de esperanza. Isaías nos anuncia que en el desierto espiritual de este tiempo, en el que, no sólo hay crisis de fe, sino que también hay una grave crisis de humanidad, se pueden reconocer signos evidentes de que Dios sigue siendo el Señor de la vida, del amor, de la esperanza. Para poder percibir esos signos, necesitamos un corazón de profeta, un corazón que ve. Fue así como Isaías pudo ver en lontananza al mismo Cristo, que es el brote nuevo que hace nuevas todas las cosas, que hace hombres nuevos.
San Pablo en su carta a los filipenses nos ha confirmado esa novedad de vida, y nos ha contado su propia experiencia; nos ha dicho lo que le sucedió tras su encuentro con Jesucristo resucitado, la vid verdadera: que le cambió la vida y descubrió que lo que importa es “ganar a Cristo y existir en él”; es decir, ser un brote suyo. Y la experiencia de Pablo se repite en la Iglesia en todos aquellos que son fieles a la vocación a la que han sido llamados, en cualquiera de los estados de vida.
También hoy, aunque pasemos por un cierto “invierno vocacional”, el Señor sigue llamando. Testigos de ello son los niños y jóvenes que están en nuestros seminarios; ellos son brotes nuevos que el Señor está haciendo nacer en nuestras Diócesis. Quizás nuestros seminarios -excepto algunos- presentan números modestos; pero les puedo asegurar que el Espíritu Santo sigue trabajando el corazón de los jóvenes y que éstos, en un aumento creciente, responden a la llamada del Señor. Hoy es un gran signo de esperanza el saber que hay jóvenes, como Pablo, que teniendo todo lo que les ofrece esta sociedad de grandes de posibilidades y seguridades humanas, prefieren vivir en Jesucristo para servir en su nombre a los demás. Afortunadamente son cada vez más los jóvenes que encuentran el sentido de su vida y, por tanto, la felicidad en la vocación sacerdotal. Son cada vez más los jóvenes que, como Pablo, saben que la excelencia y la ganancia de su vida es el conocimiento de Cristo.
A los seminaristas les ofrece el Señor un modo de ser y de vivir que es apasionante: los llama ser es testigos, como él, de la pasión de Dios por el hombre, por la vida del hombre, por la salvación de los hombres. Como dice el Santo Cura de Ars: “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús.” Jesucristo, en efecto, se hizo pasión y cruz para ofrecer a todos la compasión misericordiosa de Dios. Por eso, como él, “el sacerdote entra en la miseria humana, la lleva consigo, va hacia las personas que sufren, se ocupa de ellas, y no sólo en lo exterior, sino que interiormente carga sobre sí y recoge en sí mismo la pasión de su tiempo, de su parroquia, de las personas que le están encomendadas.”(Benedicto XVI, a los seminaristas de Roma, 18-II-2010).
En la Iglesia española se celebra, entorno a la fiesta de San José, el “día del seminario”. Se trata de una jornada en la que se pone de relieve la grandeza de la vocación sacerdotal. Hoy nuestros jóvenes seminaristas, estos que estáis viendo en torno al altar, son el centro de nuestra mirada afectuosa y, en ellos, vemos a los seminaristas de todos los seminarios españoles. A todos les decimos hoy, al hilo del Evangelio que hemos escuchado: el sacerdote es testigo de la misericordia de Dios.
El sacerdote realiza en la Iglesia un servicio de amor. Sus gestos, sus actitudes, sus acciones han de mostrar el amor de Dios Padre: cuando anuncia y enseña su Palabra; cuando administra sus bienes en los sacramentos; cuando orienta a vivir en su voluntad; cuando anima la fraternidad y la caridad en la Iglesia. Como recordaba el Santo Padre hace unos días: Jesucristo se confía al sacerdote para que los hombres experimenten el abrazo de Dios.
Precisamente el texto del Evangelio de San Juan, que se ha proclamado, nos acerca al corazón misericordioso de Cristo; y, en él, nos muestra el corazón mismo de Dios. En la narración de los hechos, según la lógica humana, es decir, de la ley, la mujer sorprendida en adulterio merecía la lapidación; según la lógica divina, esa pecadora tiene derecho a la gracia, merece la oportunidad de poner su pecado en el amor de Dios. Esa lógica divina es la que aplica Jesús ante ella. Y también es la que ha de aplicar el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación. Ante cada penitente que se acerca en busca de perdón, el sacerdote, siente como Cristo y renueva sus palabras y su mismo gesto ante la mujer pecadora. “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”; es decir, el sacerdote despierta en cuantos se acercan a la misericordia de Dios la conciencia de pecado. Y como Jesús, también el sacerdote acoge el arrepentimiento sincero y concreto del pecador y perdona sus pecados. “Tampoco yo te condeno”. Y del mismo modo que el Señor, tras el perdón orienta por los caminos del bien y ofrece un programa de vida nueva: “Anda, y en adelante no peques más”.
Pues bien, en este Año Sacerdotal os invito a valorar la vocación al sacerdocio. Y consciente de que ésta es un don que el Señor pone en el corazón de cada uno de los llamados, os invito a estar muy atentos a sus brotes y a colaborar para que la vocación crezca y fructifique. Y consciente y convencido de que Señor sigue llamando, me permito hacer estas peguntas:¿Serás tú uno de los llamados, querido joven? ¿Será un hijo vuestro, queridas familias? ¿Será un feligrés tuyo, querido sacerdote? ¿Será alguien de vuestro centro educativo, queridos profesores? ¿Será un chico al que has acompañado en su crecimiento en la fe, querido catequista? ¿Será un joven que conoció el compromiso cristiano en tu movimiento apostólico? ¿Habrá salido de ti, de tu vida cristiana, querida parroquia? Y recordemos todos, y de un modo especial se lo digo a los enfermos, que la vocación se cultiva especialmente por la oración, porque la vocación nace en el corazón mismo de Dios. Así pues, “rogad el Dueño de la mies que envíe futuros trabajadores…” a todos los seminarios de las diócesis españolas. Y rezad por la santidad de los sacerdotes. Les puedo asegurar que la inmensa mayoría son dignos y santos, y son merecedores de nuestro respeto y admiración. Aunque también hemos de reconocer que algunos pueden ser infieles e incluso capaces de cometer pecados horrendos, que tanto nos entristecen.
Que la Santísima Virgen del Puerto, patrona de esta ciudad, proteja a cuantos estáis participando en esta Eucaristía y todos le pedimos que proteja a los seminaristas españoles.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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