"Los jóvenes de hoy y Jesucristo", carta de Mons. Francisco Gil Hellín


Han pasado veinticinco años desde la primera Jornada Mundial de la Juventud. Recuerdo perfectamente la alegría con que el gran Juan Pablo II nos habló de ella, a los miembros del Pontificio Consejo para la Familia. Aunque no faltan voces críticas a esta iniciativa, si se ven las cosas con objetividad y perspectiva, es innegable que aquel gesto puede calificarse de «profético», como acaba de proclamarlo el Papa Benedicto XVI en el Mensaje para la XXV Jornada Mundial que se celebrará el próximo 28 de marzo.
En efecto, gracias a esta efeméride, millones de jóvenes de todo el mundo han podido celebrar gozosamente su fe, escuchar la Palabra de Dios, descubrir la belleza de la Iglesia y vivir fuertes experiencias religiosas. De estas experiencias han surgido abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas. No hace mucho, tuve oportunidad de verificarlo en varios conventos de religiosas de nuestra diócesis, cuando alguna de ellas me confesaba que su vocación era fruto de estos encuentros.
Los jóvenes necesitan este tipo de experiencias fuertes de fe. Entre otros motivos, para que cada uno constate que no es «el único» que sigue a Jesucristo y para comprobar que Jesús sigue siendo una persona viva que atrae, más aún, que fascina a muchos chicos y chicas de todas las razas y colores. Al fin y al cabo, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una forma de expresión, en este caso religiosa, como las que suelen protagonizar los jóvenes.
Por otra parte, estas experiencias fuertes de fe tienen fuerza suficiente para atravesar la algarabía ambiental en que se mueven tantos jóvenes. Sin ellas, muchos no habrían escuchado la voz que les dirige Jesucristo y seguid un diálogo personal con él. En cambio, viendo que otros jóvenes ya han realizado esta experiencia y tienen una alegría que ellos no poseen, pueden sentirse interpelados y descubrir que el cristianismo no es primariamente una moral que hay que observar sino una experiencia de encuentro con Jesucristo que nos ama personalmente, más allá de nuestras pobrezas y riquezas.
Ciertamente, los jóvenes de hoy, como los de siempre, tienen plenitud de fuerzas y de vida, de cualidades físicas, de sueños y esperanzas. Disfrutan, además, de unos bienes materiales y técnicos que eran impensables en otras épocas. Pero esto puede convertirse en un enorme contrapeso para el descubrimiento de los bienes del espíritu. La experiencia confirma que esto no es una mera hipótesis.
Esto explica que, a pesar de tantas riquezas aparentes, muchos no son felices, no están contentos, no están satisfechos, y sienten en el fondo del alma que necesitan «otra cosa» que les llene el corazón. Las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gran oportunidad para que escuchar a otros jóvenes que tuvieron también esas mismas carencias y apetencias, pero que en Jesucristo han encontrado una felicidad que no dan los botellones, los fines de semana, los viajes, el sexo y tantos otros sucedáneos. Incluso pueden escuchar a algunos que, además de haber reiniciado la práctica religiosa, se han planteado ser sacerdotes, perdiendo el miedo a dar a Jesucristo todo lo que les pida.
Si todas las Jornadas Mundiales tienen un gran atractivo, la próxima lo tiene para nosotros de modo especial, al celebrarse en Madrid, en agosto del año 2011. Tendremos la posibilidad de acoger a centenares de miles de jóvenes de Europa, África, América y de otros continentes, y el gozo de que el Papa se haga presente entre nosotros. Desde aquí animo a todos los sacerdotes a implicarse todo lo que les sea posible con el trato personal y reuniones, campamentos, excursiones, catequesis y actos religiosos del más diverso signo para movilizar al mayor número posible de jóvenes para la Jornada de Madrid. ¡Nunca es demasiado tarde para responder y seguir a Jesucristo!

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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