"Amigos y testigos del Señor", carta del arzobispo de Santiago de Compostela


CON MOTIVO DEL DÍA DEL SEMINARIO
Queridos diocesanos:
En este Año Santo Compostelano en el que contemplamos al Apóstol Santiago el Mayor, como “amigo y testigo del Señor”, quiero peregrinar con nuestros seminaristas hacia el misterio de la vocación al ministerio sacerdotal. A ellos me dirijo especialmente en esta carta pastoral para hacer algunas consideraciones al respecto.

La vocación
La vocación que debemos considerar en la llamada edad de la fe, es la conciencia de quien se siente vinculado a Cristo para someterle todas las cosas, venciendo el pecado en su dimensión personal y social. Dios nos ha elegido desde siempre. La llamada es una gracia, como manifiesta san Pablo cuando escribe que él ha sido apóstol “no por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos” (Gal 1,1). El Señor, queridos seminaristas, os ha llamado para estar con él y enviaros a predicar, confiándoos una misión que está garantizada por su poder. Él mismo nos dice: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). Teniendo presente que Cristo resucitado está con nosotros con la fuerza de su Espíritu, el compromiso del sacerdote es situar el mundo en el horizonte de Dios a través del puente del ministerio sacerdotal. “En este sentido, en una lógica opuesta a la del mundo, precisamente las
particulares condiciones del ministerio nos deben llevar a “elevar el tono” de nuestra vida
espiritual, testimoniando con mayor convicción y eficacia nuestra pertenencia exclusiva al
Señor”.
Hay que recordar que los carismas son un don del Espíritu para la edificación de la Iglesia y el
modo de recibirlos es a través de las palabras de Dios que son espíritu y vida. “Toda vocación
cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se concede fuera o
independientemente de la Iglesia, sino que siempre tiene lugar en la Iglesia y mediante ella”2.
Así, en nuestra vocación hay una intervención de la Iglesia a través de la Jerarquía que ha de
discernir esos carismas, dando gracias a Dios por ellos. Con el apóstol san Pedro os digo:
“Poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al
conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el
amor fraterno, al amor fraterno la caridad… Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en
afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Obrando así nunca caeréis” (2Pet 1,5-8.10).
Consecuentemente, es preciso llevar una vida digna de la vocación a la que hemos sido
llamados. Como escribe el Cura de Ars, “Dios contempla con amor un alma pura y le concede
todo lo que pide. Y ¿cómo podría resistirse a un alma que vive sólo por Él, por medio de Él y en
Él? Ella lo busca y Dios se muestra a ella; lo llama y Dios viene; es un todo con Él. Y el alma
encadena su voluntad”.

Amigos del Señor
El Señor os ha llamado a ser sus amigos, y nos sigue diciendo: “Como el Padre me amó, yo
también os he amado a vosotros, permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor, como yo he aguardado los mandamientos de mi Padre” (Jn 15, 9-
10). Como el Padre amó a Jesús comunicándole todo, así Jesús nos ha amado dándonos a
conocer lo que el Padre le había confiado. “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os
mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he
llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer. No me habéis
elegido vosotros a mí sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y
deis fruto; y que vuestro fruto permanezca; de modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre
os lo conceda” (Jn 15, 14-16). La predicación del Evangelio conlleva el conocimiento del mismo,
pues no sería posible de otra forma ser discípulo del Maestro que es todo para nosotros,
debiendo nosotros entregarnos plenamente a Él. “La santidad que pedimos diariamente, de
hecho, no puede concebirse según una acepción individualista, estéril y abstracta, sino que es,
necesariamente, la santidad de Cristo, la cual es contagiosa para todos”3. Los llamados al
ministerio sacerdotal debemos dejarnos amar por Cristo “para que actúe Él a través de nosotros,
porque o dejamos que Él salve el mundo, obrando en nosotros, o bien corremos el riesgo de
traicionar la propia naturaleza de nuestra vocación”4. El amor cristiano es entrega de la
revelación de Cristo.

Testigos del Señor
“Ser sacerdote es una vida apasionante”. El Señor os llama a ser testigos de las maravillas de su
gracia y de la fuerza de su Espíritu, de la dignidad humana, de la grandeza del amor, del poder
del ministerio recibido y de la misericordia divina. El mismo Jesús nos advierte: “Si el mundo os
odia, sabed que me ha odiado antes que a vosotros… Cuando venga el Paráclito que os enviaré
junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero
también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15,18.26-27).
En este sentido San Agustín define al sacerdote como “siervo de Cristo y voz de la Palabra que
es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9), subrayando
esa relación profunda con Cristo, que fundamenta precisamente la relación con la comunidad
eclesial. Esta es la grandeza y la humildad del ministerio ordenado.
Queridos diocesanos, apoyemos a nuestros seminaristas con la oración asidua, el afecto cordial
y la colaboración económica, favoreciendo el proceso de su formación para que sepan dar razón
de la esperanza cristiana en el ministerio sacerdotal al que han sido llamados. Encomendando
estas intenciones al Apóstol Santiago, al patriarca san José y a la Virgen María, os saluda con
todo afecto y bendice en el Señor,

+Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

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