"Una vida apasionante", carta del arzobispo de Toledo con motivo del Día del Seminario


He aquí una pregunta que hice muchas veces en las Diócesis donde anterior-mente fui Obispo: ¿Existe en nuestras comunidades cristianas la idea clara de que «el Señor llama y sigue llamando a ser sacerdotes de Jesucristo para el bien de todo el Pueblo de Dios»? ¿Lo tienen en cuenta los padres cristianos, los catequistas y otros educadores cristianos, los profesores de religión, los sacerdotes, religiosos y otros consagrados?
Sé que sacerdotes y seminaristas son los que tienen mayor empeño en una pastoral vocacional atractiva, cuando por san José llega el Día del Seminario. Pero mi exhortación se dirige también hoy a los grupos de profundización en la fe, a los grupos matrimoniales y de pastoral juvenil, para que lleven adelante una tarea con niños, adolescentes y jóvenes en la que la pastoral vocacional sea algo que unifique el apostolado en general, esto es, que sea la pastoral vocacional la que verifique si estamos caminando bien en la vida de nuestros grupos.
No pueden las comunidades parroquiales, los grupos cristianos, los movimientos apostólicos de apostolado seglar, las cofradías y hermandades demandar muchos y buenos sacerdotes y cruzarse de brazos porque crean que esa es la tarea exclusiva del Obispo y unos pocos sacerdotes (los formadores), como si consideraran que el Obispo es el jefe de personal. No, hermanos, el tema es más hondo. Cualquier cristiano funciona con el esquema de llamada de Cristo a esa determinada persona para cumplir una misión en la Iglesia; llamada que, para ser oída por éste o aquélla, debe darse unas condiciones de ayuda y acompañamiento. Justo es también lo que sucede con la vocación de sacerdote.
En la Iglesia hay, sin duda, una capacidad nueva para acompañar a la vocación sacerdotal, porque hay comunidades auténticamente creyentes, que hacen una mediación eclesial, para que el Espíritu Santo dé posibilidad de proponer y discernir vocaciones al sacerdocio. Dios ha dado, por otro lado, a niños, adolescentes y jóvenes un corazón generoso capaz de acoger y responder a la llamada de Jesús. Sería terrible que no creyéramos que existan esos niños, jóvenes y adolescentes, y que lo mejor sería cerrar los Seminarios menores y mayores. Lo cual, además, sería un disparate.
La historia reciente de nuestra Diócesis lo desmiente. El Seminario no sólo existe, sino que proporciona un tiempo de formación muy seria al joven que ha sido llamado a una constante actitud de discernimiento espiritual, de modo que los seminaristas que sean ordenados realicen la misión de ser curas de la mejor manera.
Pero hay que confesar que este proceso de formación de un corazón de pastor no es fácil. Seminaristas y sacerdotes en la actualidad han de ser un haz de relaciones que modelan su forma de ser y su espiritualidad. Y el Seminario es el lugar más propio y único en el fondo para iniciar a los candidatos al sacerdocio a esa aventura apasionante de ser cura. ¿Qué es ser cura? Nada o casi nada de lo que piensa nuestra cultura dominante que tiene una ignorancia supina de lo que significa ser un hombre de fe y de esperanza, que sabe orar para vivir con intensidad la caridad pastoral, que forma su corazón de una manera muy concreta para vivir su sexualidad en un celibato por el Reino de los cielos. Y eso es posible, sin duda, como lo es vivir la pobreza, la disposición obediente, la formación teológica, la fraternidad presbiteral.
¿Qué significa toda esta descripción? Sencillamente que el Pueblo cristiano debe conocer toda la dimensión educativa que afronta un chico hasta ser ordenado presbítero. La formación para el sacerdocio de los Seminarios, de nuestro Seminario, es muy precisa y comprende varias dimensiones o áreas formativas: la formación humana que posibilita un itinerario de madurez de la personalidad; la dimensión espiritual que busca cómo estrechar la relación del futuro sacerdote con Cristo, el que nos da la vida según el Espíritu y las virtudes cristianas; la formación intelectual que cimenta la propia fe, adiestra para anunciarla a los hombres y mujeres de hoy; la formación pastoral para enseñar, santificar y gobernar/regir las comunidades; la formación comunitaria, que le hace capaz de vivir de modo normal las relaciones con los compañeros, en amistad profunda, con disciplina, libertad, reparto de responsabilidades. Un sacerdote debe relacionarse con todos y con todo lo que sea bueno y saludable.
Comprenderán ustedes que haya en la Iglesia una Jornada dedicada al Seminario y los seminaristas. Necesitamos medios y dinero para que el Seminario funcione bien y tenga buenas instalaciones, pero necesitamos más la oración, el cariño, la cercanía y la preocupación para que el Seminario sea esperanza del futuro para nuestra Diócesis.
Pero quiero ahora describir una cualidad que todo sacerdote debe tener, aprendida en el Seminario: la misericordia y acogida generosa a ejemplo de Jesucristo, como ministro del Señor.
Nos interesa fijarnos en un significado que designa la misericordia como un atributo propio de Dios por el que perdona los pecados y miserias de sus criaturas; es decir, la misericordia es una modalidad del amor. En el sacerdote, pues, la misericordia es una cualidad de su amor pastoral. Es esa capacidad de dejarnos afectar y movilizar por el sufrimiento, la pobreza, la miseria moral y espiritual, el pecado y las injusticias sociales. Si miramos a Jesucristo, Él tuvo una intención básica en su vida: que sus gestos y palabras reflejaran el modo de amar de Dios.
El origen y fundamento último de la misericordia está en el amor a Dios y al prójimo. Los seminaristas y presbíteros encuentran en los textos bíblicos infinidad de afirmaciones y actitudes de misericordia de Dios, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Impresiona, por ejemplo, el profeta Oseas que declara el amor singular de Dios con Israel, a pesar de su infidelidad.
He aquí sus palabras: «Mi corazón se revuelve dentro de mí y al mismo tiempo se conmueven mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera… porque soy Dios, y no hombre; Santo en medio de ti y no enemigo a la puerta». La consecuencia la encontramos en Jn 3,16: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito».
Bastan estos textos para entender hasta dónde debe llegar el seminarista y el sacerdote en su acción sacerdotal, después asimilar los sentimientos de Jesucristo. En las enseñanzas de Jesús, ¿quién puede olvidar las parábolas del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del rico Epulón y el pobre Lázaro, la del siervos sin entrañas, que narra Mt 18,21-35. Es suficiente, pues, leer cualquiera de los cuatro evangelios para ir descubriendo las actitudes de Cristo, el Pastor bueno, para que el futuro pastor aprenda íntimamente cómo serlo.
El sacerdote, por el sacramento del Orden, recibe de Cristo la capacidad que lo pone en condiciones de hacer las veces de Él en la celebración de los sacramentos. Partiendo de esta manera de entender al sacerdote como signo-sacramento que representa y personifica Cristo, Cabeza y Pastor, el pueblo cristiano espera de él: la donación total de sí mismo y el servicio desinteresado a los demás, cultivando con esmero las relaciones interpersonales, sin arrogancias ni polémicas, sino con afabilidad, hospitalidad y, claro está, sinceridad; la preferencia por los más pequeños, los más pobres, defendiendo los derechos y la dignidad del hombre, manifestando el amor misericordioso por los pecadores, creando un ambiente donde se viva el amor fraterno, dialogando con todos y buscando la justicia y la paz; la colaboración y el sentido comunitario, como guía y animador de la comunidad eclesial: con el obispo, con el presbiterio, con los laicos; capaz de coordinar los dones y carismas de la comunidad, con amor a la propia Iglesia y a la comunión misionera.
Este es el horizonte de la formación de los futuros sacerdotes, que, ya ordenados, tienen que poner en práctica con sencillez, sabiendo quién es su Señor, el que les ha llamado a ejercer el misterio de la piedad y la misericordia.
Ese es el estilo de Jesucristo, que permite al futuro sacerdote anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres, porque él se ha sentido liberado por la Palabra de Dios; que sabe que, al celebrar los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, realiza el misterio redentor de Cristo; que ejerce el servicio de la caridad, viviendo él mismo la caridad y misericordia del Buen pastor; que celebra y preside la paz y reconciliación de los hombres en la vida y en el sacramento de la Reconciliación, llenándose él mismo de amor y misericordia.
Esta es la tarea del Seminario para formar nuevos sacerdotes. Ese es su fin primordial. Si tú formas parte de la Iglesia, ¿no estarás interesado en ayudar a que tal fin se consiga? Yo te pido tu ayuda, que es sencilla: preocupación, oración, conocimiento de nuestro Seminario. También tu aportación económica: es igualmente necesaria.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España

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