"Oír, escuchar y seguir la voz de Dios", carta de Mons. Gil Hellín


“Teresa, Yo sí quise, pero los hombres no quisieron”. Esto dicen que dijo el Señor a la santa de Ávila, en una de aquellas confidencias con que le regalaba en sus coloquios místicos. Esto podría decirnos hoy el Señor a nosotros, cuando nos confidenciamos con él sobre las vocaciones sacerdotales.
Efectivamente, Jesucristo quiere que haya pastores de su pueblo, porque ha querido que en su Iglesia haya funciones que sólo ellos pueden desempeñar. Por ejemplo, celebrar la santa Misa, perdonar los pecados y presidir la comunidad. Estas funciones, además, son tan fundamentales, que la Iglesia no puede existir sin ellas.
Pero la voluntad divina por muy verdadera que sea no es el único factor que cuenta en este asunto. Dios tiene que contar con la libertad del hombre, el cual puede usar y abusar de ella. Es decir, puede decir ‘sí’ a Dios y puede decir ‘no’. De otro modo, la vida sería un juego y una broma. Consiguientemente, aunque Jesucristo pueda llamar a muchos chicos y jóvenes al sacerdocio, esto no asegura que la Iglesia los tenga de hecho. Lógicamente, tampoco asegura que haya muchos aspirantes a ser pastores del Pueblo de Dios. Y pienso que esto es lo que actualmente ocurre.
Hay un ejemplo que puede aclarar lo que digo. Cuando se hacen encuestas con jóvenes –o no tan jóvenes- y se pregunta si alguna vez han pensado ser sacerdotes, es muy frecuente que la respuesta sea positiva. Si se sigue ahondando, no escasean las respuestas en las que se adivina que ha faltado generosidad u otras causas. Sin entrar a dar por buenas todas las respuestas, pienso que hay muchas más llamadas que respuestas.
Todos tenemos la experiencia de lo difícil, por no decir imposible, que resulta oírse y entenderse en un local cerrado en el que hay mucha gente y la televisión está muy alta. También tenemos la experiencia contraria: oímos perfectamente la música de una radio en tono bajo, si estamos a solas en un local, incluso si es grande. Para oír, y más todavía para escuchar, no basta que alguien hable, aunque lo haga a voces. Se requieren también condiciones adecuadas para la escucha.
Pero sería un error pensar que para escuchar a Dios haya que retirarse a la soledad de un desierto o de un cenobio. Personas muy espirituales atestiguan y la experiencia confirma que Dios habla también en medio de una calle ruidosa o en el vagón del metro. Porque el silencio para oír a Dios es, sobre todo, un silencio interior. Ese silencio se logra, en primer lugar, en la oración. ¡Qué fácil es oír a Dios cuando se ora de modo habitual, sobre todo si se hace en una iglesia ante el Santísimo! Se logra también cuando se lucha por guardar los mandamientos y vivir en gracia y amistad con Dios.
Otro medio muy eficaz para oír y responder a Dios es ser muy generoso en la ayuda a los demás y en la frecuencia de los sacramentos, especialmente el de la Penitencia. De ahí brotará el acompañamiento espiritual y con él la adecuación entre lo que Dios quiere y lo que nosotros hacemos. O, lo que es lo mismo, entre la voluntad de Dios y nuestra respuesta voluntaria y libre.
Al llegar la fiesta de san José, Patrono del Seminario y de las vocaciones, deseo que los jóvenes que lean estas líneas las reflexionen con sinceridad y se pregunten si Dios está llamando a su puerta para que se hagan sacerdotes. Deseo también que los padres no obstaculicen nunca la llamada que Dios puede hacer a alguno de sus hijos. Y que todos pidamos al Dueño de la mies que colaboremos con él para que, a los que llame, no les falte la generosidad para seguirle. ¡Porque nunca se arrepentirán de haberlo hecho!

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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