Mensaje de Mons. Ricardo Blázquez a sus nuevos diocesanos de Valladolid


Recibid todos un saludo de paz en el Señor. Cuando tuve conocimiento de que el Papa me había nombrado Arzobispo de la Diócesis de Valladolid, me detuve ante Dios, echando una mirada hacia atrás y otra hacia delante; al tiempo transcurrído en Bilbao y al futuro que se abre ahora con vosotros.
Doy gracias a Dios por haber podido cumplir el ministerio durante catorce años en Bilbao; en este momento se agolpan en mi espíritu muchas e intensas experiencias de trabajos, gozos y padecimientos por el Evangelio (cf. 2Tm 1,6-4). La vitalidad y complejidad de la Diócesis han requerido constante atención, desvelos y dedicación.
Pasar de Bilbao a Valladolid no es un simple traslado de lugar; lo siento más como un trasplante con un desarraigo doloroso y un nuevo enraizamiento. Voy a vosotros con la intención de compartir vuestra vida, de caminar juntos en el seguimiento de Jesús, de ser al mismo tiempo vuestro hermano por el bautismo y vuestro obispo por el encargo apostólico. Os manifiesto mi disposición a gastar y desgastar mi vida al servicio del Señor, del Evangelio y de la Iglesia de Valladolid, que tiene rica solera. Comienzo esta nueva etapa en el ministerio episcopal con una esperanza serena e ilusionada. Tengo la experiencia de que Dios nos acompaña siempre y de que la esperanza en Dios nunca defrauda; aunque sea probada mil veces brota incesantemente con renovadas fuerzas. Pido a Dios que «nuestro trabajo comience en Él, como en su fuente, y tienda siempre a Él, como a su fin».

Saludo al Sr. Arzobispo Emérito mons. José Delicado, con quien me unen los lazos de la gratitud, de la amistad y fraternidad en el ministerio. Manifiesto mi afecto y reconocimiento al Administrador Apostólico, M. Il. Sr. D. Félix López Zarzuelo, que en estos meses ha presidido la Diócesis con dedicación y acierto. Saludo a los queridos sacerdotes, y agradezco a Dios la fidelidad y trabajos pastorales; como el Santo Cura de Ars, de cuya muerte celebramos este Año Sacerdotal el 150.º aniversario, estamos llamados a ser testigos de Dios y ministros de su misericordia; cuento desde ahora con vuestra colaboración y os manifiesto mi confianza. El Señor, en su providencia, nos llama a trabajar en estrecha concordia al servicio pastoral de nuestra diócesis.
A los religiosos y religiosas de vida contemplativa y apostólica expreso mi gratitud por vuestra vocación, vuestra presencia y trabajos en esta Iglesia local. Dios os pague todo lo que venís haciendo por el Reino de Dios.
Saludo a los seglares, niños, adolescentes y jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres, a las familias; quiero estar cerca de vosotros como vuestro obispo, amigo y hermano.
A las autoridades civiles manifiesto mi respeto y afecto. Encontraréis en mí, como obispo de la Diócesis, un colaborador leal en todo lo que signifique trabajar por la justicia y el amor, por el respeto de la vida humana, por la atención al matrimonio y la familia, por la educación, por la elevación ética de nuestra sociedad, la cercanía a los pobres, enfermos y necesitados; y en este tiempo de forma particular deseo ayudar a todos los que al comenzar la crisis económica y laboral eran más vulnerables y de hecho han sido golpeados por la dureza del tiempo presente. Todas las cuestiones que afectan a la dignidad de la persona entran dentro del campo de mi cuidado pastoral.
Os deseo, queridos amigos, una fecunda celebración de la próxima Semana Santa, en que la fe y la piedad cristianas se hacen rostro e imagen, música y canto, procesión y plegaria en los templos, en las calles y las plazas de la ciudad y de nuestros pueblos. Me satisface reconocer que la belleza, hondura, sobriedad y religiosidad de la Semana Santa de Valladolid es un precioso patrimonio espiritual, no sólo de nuestro pueblo, sino también de la humanidad.
Dentro de un mes aproximadamente celebraremos en Valladolid la beatificación del P. Bernardo de Hoyos, que en pocos años cubrió un recorrido admirable de comunión íntima con Dios y de cruz en forma de dolorosa purificación. En la iglesia de San Antón de Bilbao predicó por primera vez en España sobre el Sagrado Corazón de Jesús el P. Agustín de Cardaveraz, con quien mantuvo una especial correspondencia el P. Hoyos. Este fue infatigable apóstol del Corazón manso y humilde de Jesús, Signo elocuente del amor de Dios que se extiende de generación en generación (cf. Benedicto XVI, Encíclica Deus cáritas est).
Deseo que para nuestra Diócesis y para toda la Iglesia su beatificación sea una poderosa invitación a acogernos confiadamente a la bondad de Dios, ya que creer en el amor de Dios cambia desde la misma raíz toda nuestra vida.
Termino de recibir la noticia del fallecimiento de D. Miguel Delibes, que escribió genialmente de Castilla y de sus hombres. Pido a Dios para él el descanso eterno.
Queridos amigos, os reitero mi afecto y la promesa de mi entrega al trabajo pastoral entre vosotros. ¡Hasta pronto! Un saludo de paz en el Señor.

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