"El espejo de un alma feliz", carta de Mons. Rodríguez Magro con motivo del Día del Seminario


Probablemente habrás visto en la puerta de tu parroquia el cartel del “Día del seminario”, en el que aparece el rostro de un joven y, sobre él, una frase que invita a preguntarse qué hay tras esos ojos juveniles que parecen ser el espejo de un alma feliz. La frase dice: “Una vida apasionante”. Se trata de la vida que se está gestando en ese joven seminarista, la vida que está dispuesto a recorrer. No le asusta lo que tiene por delante, al contrario le hace feliz y por eso sonríe. Interpreto que por sus ojos y por su corazón están pasando las imágenes que aparecen en el margen derecho del cartel, en las que se recogen diversos momentos del ministerio de un sacerdote.
En un ejercicio de imaginación, os propongo que ahora veáis a este chico ya maduro; y naturalmente con la sonrisa serena de una vida ya realizada. Una sonrisa que refleje en el rostro la pasión de su corazón, de un corazón entregado al ministerio sacerdotal que, por supuesto, ya sabe de luces, de esperanzas, de gozos, de plenitud y, sobre todo, de caricias de Dios; pero que también refleja los jirones, las tristezas, los desencantos, los rasguños; y entre ellos también las caricias de Dios. En ese rostro sacerdotal maduro se refleja un itinerario de vida apasionante.
Esa vida sacerdotal es la que se le propone al joven seminarista. Desde el primer momento que barrunta la llamada del Señor, el candidato al sacerdocio sabe que la suya será una vida apasionada por Dios y por los hombres, justamente porque habrá de estar siempre situado entre la pasión amorosa de Dios y la pasión dolorida de aquellos a los que va a servir en nombre del Señor. Esa vida la aprende y la encuentra en el corazón de Jesucristo; pues, como decía el Santo Cura de Ars, “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Es el corazón de Jesucristo el que lleva al sacerdote en medio de la gente, el que le sitúa como servidor de todos, el que hace que viva su ministerio con verdadera humildad, para de ese modo ser uno más entre la gente de la calle que ríe y que llora, que es feliz y está triste, que alcanza sus metas o sufre frustraciones.
El sacerdote da de lo que recibe de Jesucristo. Con Cristo, y como reflejo de su corazón, “el sacerdote entra en la miseria humana, la lleva consigo, va hacia las personas que sufren, se ocupa de ellas, y no sólo en lo exterior, sino que interiormente carga sobre sí y recoge en sí mismo la pasión de su tiempo, de su parroquia, de las personas que le están recomendadas. Fue así como Cristo mostró la verdadera humanidad.”(Benedicto XVI, a los seminaristas de Roma, 18-II-2010). Será así también como el sacerdote muestre humano, cuando está al servicio de sus dos grandes pasiones: por Dios y por el hombre. Y es justamente eso lo que hace apasionante y feliz la vida del sacerdote.
Esta semblanza de la vida sacerdotal, que estoy seguro todos vosotros podríais haber hecho, porque conocéis a vuestros sacerdotes, es la que se le ofrece en este Año Sacerdotal a nuestros jóvenes. Se trata de un proyecto de vida que no sólo no les defraudará, sino que les va llevar a la realización de su persona; porque ese es el ciento por uno que da Jesús a los que le siguen para, en él, servir y amar a los demás. El sacerdocio es un verdadero tesoro que, por supuesto, se lleva en vasijas de barro muy delicadas, que cuentan siempre con la fortaleza del Señor que es el único garante de la fidelidad.
El sacerdocio es un gesto de confianza de Jesucristo tiene con los llamados y elegidos, que hay que saber agradecer: ¿Serás tú uno de ellos, querido joven? ¿Será un hijo vuestro, queridas familias? ¿Será un feligrés tuyo, querido sacerdote? ¿Será alguien de vuestro centro educativo, queridos profesores? ¿Será un chico al que has acompañado en su crecimiento en la fe, querido catequista? ¿Será un joven que conoció el compromiso cristiano en tu movimiento? ¿Habrá salido de ti, de tu vida cristiana, querida parroquia? Y recordemos todos que la vocación se cultiva, sobre todo, por la oración: “Rogad el Dueño de la mies que envíe trabajadores…” al inmenso campo de la evangelización del mundo.
Con todo mi afecto.
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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