"La esperanza, camino de paz", carta del arzobispo de Tarragona


Juan Pablo I, con aquel modo sencillo y catequético de hablar que le caracterizaba, comentó en su breve pontificado las tres virtudes teologales, “las lámparas de la santificación” las llamaba. Al citar la esperanza contó una anécdota personal: “Hace muchos años, una señora desconocida vino a confesarse conmigo. Estaba desalentada, porque decía que había tenido una vida moralmente borrascosa. “¿Puedo preguntarle —le dije— cuántos años tiene?”. “Treinta y cinco”. “¡Treinta y cinco! Pero usted puede vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años y hacer un montón de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pasado, piense en el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida”. El Papa le enseñaba algo que se ha resumido en esta frase, fruto de la experiencia: “No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro”.
La esperanza cristiana se basa en la misericordia de Dios, un padre bueno y deseoso —como el de la parábola— de acoger el retorno del hijo pródigo. Visto así, aunque hay que detestar el pecado, se entiende que san Francisco de Sales hablara de las “queridas imperfecciones” que le dan a Él ocasión de mostrar su amor y a nosotros de permanecer humildes y comprender mejor las faltas de nuestro prójimo.
La Iglesia siempre ha citado dos pecados contra la esperanza: la presunción (creer que somos capaces de salvarnos por nuestro propio esfuerzo, envuelto en soberbia) y la desesperación (no confiar en la misericordia divina). El modo de evitarlos es confiar en Dios y, en el caso de que le fallemos, acudir a Él compungidos y confiados, como el hijo que regresa al hogar paterno.
Hay que entender bien que para un cristiano la ofensa a Dios es el mayor de los males y que el mayor consuelo está en su promesa de perdón. Esta consideración, que se mueve en el ámbito espiritual, no es ajena sin embargo al mundo material ni a la vida de cada día. Aborrecer el pecado personal incluye hacer lo mismo con el pecado social que supone la injusticia, la violencia, las desigualdades económicas flagrantes y todo lo que es motivo de escándalo.
Nietzsche llamaba a la esperanza “virtud de los débiles”, retratando a los cristianos como personas resignadas a un futuro mejor que se desentienden de luchar en el presente. No es así, la esperanza en el perdón no nos hace inactivos, ni la esperanza en la vida eterna hace que nos desentendamos de la vida en este mundo. Por el contrario, nos induce a trabajar y afrontar los acontecimientos sin ira, con un corazón que toma como modelo al de Cristo, el mejor modo de contribuir a una sociedad en paz, que sólo puede nacer del interior del hombre en paz consigo mismo.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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