El rechazo del amor de Dios. Carta de Mons. López Llorente

Queridos diocesanos
Por más extendida que esté hoy entre nosotros la perdida de sentido de pecado, hemos de afirmar que el pecado existe. El ‘misterio de iniquidad’, el ‘príncipe de este mundo’, el ‘Maligno’, el ‘padre de la mentira’ y ‘Satanás’ son los nombres que utiliza la Sagrada Escritura para indicar la razón originante del pecado. El ‘Maligno’ nos insta a rechazar el amor de Dios y a profanar el templo de Dios que es todo ser humano; nos incita a querer ser como dioses sin Dios, a vivir según nuestros propios caminos, a vivir con la mente y con el corazón, con nuestras acciones y omisiones, en contradicción con sus mandamientos y con el Evangelio. Basta que recordemos la parábola de la cizaña (Mt 13,24-30). Hoy tenemos necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la advertencia del apóstol: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el Diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar. Enfrentaos a él con la firmeza de la fe” (1 Pe 5,8-9).
El pecado es primordialmente un rechazo del amor de Dios. Ocurre cuando empujados por el maligno y arrastrados por nuestro orgullo, abusamos de la libertad que nos fue dada para amar y buscar el bien, negándonos a obedecer a Dios. Ocurre en lugar de responder con amor al amor de Dios, nos enfrentamos a Él como a un rival, haciéndonos ilusiones y presumiendo de nuestra propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que nos creó. Ocurre, en definitiva, cuando no cumplimos sus mandamientos, que se resumen en amar a Dios y amar al prójimo. Tanto más y mejor entenderemos que el pecado es un rechazo del amor de Dios cuanto más y mejor comprendamos la grandeza del amor de Dios para con nosotros.
Dios nos ama inmensamente. Desde toda la eternidad ha pensado en nosotros. En un principio no fuimos más que un pensamiento de Dios. Pero ese pensamiento fue amado tanto por Dios, con tanta intensidad que le dio la vida. Cuando Dios ama, lo hace con tal fuerza que da la vida. La explicación de nuestra existencia es el amor que Dios nos tiene. El único amor capaz de hacer que lo que todavía no es más que un pensamiento, llegue a existir realmente.
Dios nos creó a su imagen y semejanza: inmortales, llenos de gracias y de dones; y lo hizo para la vida en amistad y comunión con Él. El primer pecado trastorna todos los planes de Dios. Pero Dios no abandona al hombre. Como él, por sus propias fuerzas, no podía reparar el daño, el Hijo de Dios se hace hombre para pagar la deuda contraída por el pecado. El pecado es, por tanto, el desprecio del hombre al amor con que Dios nos creó, con el que nos mantiene en la existencia; y es olvido de la encarnación, de la pasión y muerte de Cristo. El pecado es el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”, porque cuando “tratamos de ocultar algo a Dios, lo que hacemos es ocultarle a él de nosotros, no a nosotros de él” (San Agustín).
Hay quienes no comprenden la malicia del pecado porque son incapaces de mirar a Dios. Lo único que hacen es mirarse a sí mismos y actúan, a lo sumo, como si una falta fuese más o menos grave según la impresión que les produce personalmente, olvidando que la ofensa a Dios no depende de lo mucho o lo poco que nos repugne sino de lo mucho o lo poco que nos aparte de Dios, de su vida y de su amor.
Con mi afecto y bendición,
+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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