¿Dónde está tu Dios? Carta de Mons. Amadeo Rodríguez, obispo de Plasencia

RodriguezMagroQueridos diocesanos:
En la primera lectura de la misa del miércoles de ceniza, de la profecía Joel, se alude a una posible pregunta entre las naciones que no conocen al Dios de Israel, pero que, sin embargo, están atentas a la vida de los que creen en Él. Ante su conducta, ante su modo de vivir, quieren ver a Dios en el creyente y, si no es así, es normal que ellos se pegunten, y le trasladen su pregunta al que dice creer: ¿Dónde está tu Dios? Se pone así de relieve que la vida de los creyentes necesariamente lleva el sello del amor de Dios; que en la vida de los que creen hay siempre signos de la presencia del Señor. Esa es evidentemente la gran responsabilidad de los que han recibido el don de la fe, al tiempo que esa es también su gracia: saber que lo que son y hacen lo recibe de Dios como un don. O sea, viven de la gracia que precede y acompaña y se convierte en una relación filial y de amistad.
Caminar al ritmo de Dios
Es evidente que ésta ha de ser para los cristianos una experiencia cotidiana; pero, también es cierto que, por la fragilidad de la condición humana, en la vida de los que creen hay una lucha permanente entre vivir para ellos mismos, de sus propios criterios, y vivir desde lo que son en Dios, que reviste a los que tienen fe en Él de otros sentimientos, de otras actitudes, las que proceden de su mismo corazón. Y esa lucha a veces produce desajustes en la vida de los creyentes; y esos desajustes son los que necesitan una permanente reparación en el gran taller, que es la Iglesia.
Ese taller tiene una inmensa red de sucursales, repartidas por todo el mundo, lo que hace que siempre esté disponible para ponerle remedio a nuestras más graves o más livianas averías, a aquellas que, al acudir en su ayuda, humildemente y con conciencia de que algo falla en su motor, el pecador describe con humildad y sinceridad. La Iglesia aplica a todos el mismo remedio, el que almacena en el gran depósito de la gracia que proviene de la cruz redentora de Jesucristo: cura con el Sacramento de la Reconciliación, alimenta con la Eucaristía, nutre con la Palabra de Dios y nos pone el combustible refinado por la oración, que le da desenvoltura a la vida cristiana y hace que se pueda caminar con la agilidad del ritmo de Dios.
Para renovarse en el amor de Dios
Hay un tiempo, sin embargo, en el que es necesario avivar con mayor intensidad, en la experiencia cristiana personal y comunitaria, la conciencia de que Dios está presente en la vida. La cuaresma es tiempo para renovarse en el amor de Dios. De la mano de Jesucristo, la Iglesia, en esta época de gracia, marca bien los tiempos para que todo se vaya renovando y los cristianos logren alcanzar en la pascua la vida en Jesucristo resucitado. El primer paso será dejar el baño purificación les haga sentir la misericordia divina contra la que han pecado. Y se descubre el pecado en la medida que la conciencia del amor de Dios es más profunda y cala más hondamente en cada uno. El amor de Dios es el que marca el ritmo de la conciencia de pecado.
Pero, para que el amor de Dios pueda esponjar el corazón del creyente con el agua viva y renovadora que Jesucristo da de beber en la Iglesia, los cristianos han de ponerse a tono en sus actitudes y sentimientos, abiertos siempre a acoger lo que la gracia de Dios le ofrece y comunica. Se ponen a tono con las prácticas cuaresmales: con la oración, que sitúa en intimidad con el Señor; con la limosna, que pone la vida a disposición de los más necesitados; y con el ayuno que aligera los cuerpos y las almas para que estén siempre dispuestos a aceptar las cosas que son del interés de Dios, y que éstas prevalezcan sobre las que están marcadas por nuestra voluntad.
En definitiva, la cuaresma le pone el tono de Dios a la vida, la renueva con el calor de su amor, la conforma con Jesucristo, el amor encarnado y le propone a todos los que creen que se conviertan en testigos de su amor, porque Dios es amor. Si se encara así, el cristiano y cuantos le miran podrán decir: “Se nota, se siente que Dios está presente”.
Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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