"De cuando en cuando, es bueno catar el cielo", carta del obispo de Girona

obspogirona
La escena de la transfiguración es el contrapunto al evangelio de las tentaciones del pasado domingo. En la vida de Jesús, de los primeros discípulos y también en las nuestras, las tentaciones están presentes, pero también son necesarios momentos de transfiguración, catar, aunque sea de cuando en cuando, el cielo.
Entre nosotros solemos comentar más los hechos negativos que los positivos. No me refiero sólo a los medios de comunicación. Fijaos en las conversaciones que se oyen en las tiendas o en las peluquerías: con frecuencia se refieren a defectos, a hechos negativos especialmente si tienen una cierta morbosidad, enfermedades, separaciones, enfrentamientos… Pocas veces escuchamos referencias a hechos positivos de personas o familias, al lado positivo y alentador de la vida.
Lo mismo sucede a menudo en las reuniones sacerdotales, de consejos pastorales o de grupos de acción eclesial. Se manifiestan sobre todo los déficits relativos a la vida cristiana, lo que sería normal si se tratara de descubrir los retos que se plantean y las acciones adecuadas para afrontarlos; pero pocas veces aparecen los progresos realizados, aunque sea sólo por una persona, niño, joven o adulto. Difícilmente subrayamos los hechos positivos, los signos del Reino, que alegrarían nuestras vidas y nos estimularían en nuestra acción.
Por ello comento la necesidad de estos momentos de transfiguración, de vivir una experiencia semejante a la que realizaron los tres discípulos con Jesús, cuando éste les había hablado muy claramente de su futuro, de su pasión y muerte como culminación de la tarea de hacer presente el gran Amor de Dios por la humanidad. Muchos desertaron, pues Jesús les había dicho –diríase que para desanimar al personal– que deberían estar dispuestos a cargar con su cruz e incluso a dar la vida. En resumen, eran unas propuestas capaces de desanimar al más animoso e inducirle a escoger otro camino.
Entonces, tocando el cielo y catando la gloria, se dan cuenta de quien es realmente aquel hombre, Jesús, y hacia donde conduce todo lo que ahora ven de un modo muy poco claro.
Intentaré ayudar a descubrir como esta escena evangélica se puede aplicar a nuestras propias vidas.

La transfiguración en nuestra vida de discípulos
O bien vemos un camino lleno de cruces o bien estamos contentos y satisfechos cuando las cosas nos van bien. En los momentos de euforia se nos aparece clara y verdadera la Pascua, la salvación, pero no cuando sufrimos.
Nuestra vida que, con frecuencia, es camino de cruz, de cargar con nuestra propia cruz, no la podemos separar del gozo de la Pascua, de la alegría de la salvación. A pesar de que ahora posiblemente esté más presente en nuestras vidas la cruz, la necesidad de conversión, y eso es duro, necesitamos también espacios o momentos de transfiguración.

En situaciones de incertidumbre, ambigüedad, sufrimiento, fracaso aparente… necesitamos al mismo tiempo catar la Pascua, que es sentido, experiencia de amor y perdón, luz, acogida, ayuda. Estos son los momentos de transfiguración que necesitamos.
Y esta experiencia de ir más al fondo de lo que captamos por los sentidos, la transfiguración del sentido de lo que vivimos, nos la puede proporcionar la Eucaristía, la oración, la reunión o el encuentro con otros cristianos, para dedicar un tiempo a los demás y ofrecer algo de lo que somos o tenemos.
¿Acaso no habéis experimentado que una reunión de fe o de oración ha transfigurado vuestra experiencia respecto de un hecho determinado y os ha facilitado una nueva comprensión de aquel hecho? ¿O que la Eucaristía, que iniciamos con los sentimientos que traemos la calle, nos ofrece nueva luz, certeza, fuerza y, poco a poco, va cambiando la percepción que tenemos de la realidad de las personas y de nuestras vivencias? ¿O que los servicios que prestamos llenan de alegría nuestro corazón…?
Unir la vida cotidiana a la luz, al sentido y al gozo que aporta estar junto a Jesús y escucharlo, es participar hoy de la transfiguración.
Es una gracia que Dios no da, y que tenemos que pedir con humildad.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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