"Una fe viva", carta del arzobispo de Tarragona

pujol
Cuando miramos la vida de los hombres y mujeres vemos que el deseo de Dios está inscrito en sus corazones, puesto que el ser humano ha sido creado por Dios y para Dios. Dios no para de atraer el hombre hacia Él, y sólo en Dios podrá encontrar el hombre la verdad y la felicidad que desea constantemente. Por esto encontramos tantas referencias a esta virtud teologal de la fe a lo largo de los siglos: creer quiere decir fiarse de Dios, de un ser a quien no vemos ni tocamos y eso siempre es arriesgado.
“Muy débil es la razón si no sabe comprender que hay cosas que la sobrepasan”, decía Pascal; y Chesterton: “Hasta donde hemos perdido las creencias, allí hemos perdido la razón”. Y C.S. Lewis: “Si no se cree en Dios se acaba creyendo en cualquier cosa”. Lo cual quiere decir que los hombres —más que ateos— acaban siendo idólatras. ¡Qué testimonio más grande el de tantos y tantos científicos de todas las épocas que han sabido deshacer las falsas contradicciones entre la ciencia y la fe!
A veces puede parecer que creer no es fácil, que la razón puede encontrar “razones” que dificultan creer. La fe es la virtud teologal por la cual creemos en Dios y en todo aquello que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone creer, porque Dios es la verdad misma. Por la fe el hombre se confía total y libremente a Dios. Por esto el creyente procura conocer y cumplir la voluntad de Dios. “El justo vivirá por la fe”, recuerda san Pablo.
No olvidemos que la fe es, antes que nada, un don de Dios. Para creer, sin duda, hace falta querer, hace falta la libertad; pero no basta con esa condición, necesaria, pero no suficiente. Hace falta pedirla a Dios, acercarse a Él con confianza y humildad. Como Indro Montanelli, mucha gente se ha dirigido a Dios quejándose de no tener fe, sintiéndose cómo dejado de lado por Dios. A estos les diría que sigan buscando, que Dios pasará a su lado en cualquier momento, que Él, que es un Padre bueno, no dejará de hacerse el encontradizo con quienes lo buscan con corazón sincero.
El discípulo del Cristo no solamente debe guardar la fe y vivir de ella, sino que también la debe profesar, debe dar testimonio con certeza y debe difundirla. Hace falta que todos estemos preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que no faltan a la Iglesia. El servicio y el testimonio de la fe son necesarios para la salvación: “A todo aquel que me reconozca ante los hombres, también yo lo reconoceré ante mi Padre del cielo; y a todo aquel que me niegue ante los hombres, lo negaré también yo ante el Padre del cielo”, leemos en el Evangelio de san Mateo. Pero “la fe sin las obras está muerta”, nos dice san Juan; privada de la esperanza y del amor, la fe no une plenamente al fiel con Cristo y no le hace un miembro vivo de su Cuerpo. Pidámosla a Jesús como lo hicieron sus discípulos.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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