"Cuaresma, camino hacia la Luz", carta de Mons. José Sánchez

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El pasado domingo, primero de Cuaresma, superada la prueba de las tentaciones, por medio de las cuales el Maligno intentaba apartarle del plan establecido por el Padre para nuestra redención, Jesús emprende el camino que lo llevará a Jerusalén, a la Cruz, a la Muerte y Resurrección y definitivamente al triunfo y a la Gloria.

Los discípulos, que le oirían decir más de una vez la suerte que le esperaba en Jerusalén, la misma que a ellos, pues no es el discípulo más que su maestro, necesitaban una prueba, una señal, un anticipo de lo que sería la suerte definitiva del Señor y, por lo mismo, la de sus discípulos: la glorificación. Meta maravillosa, cuya sola contemplación en anticipo y prenda hace exclamar a Pedro; “¡Que bien se está aquí!” Sí, es verdad; pero hay que andar el camino.

La Cuaresma es una figura de ese camino de la vida en Cristo o de la vida cristiana que hemos de andar y, al mismo tiempo, un medio eficaz para hacerlo. No nos faltarán las tentaciones de abandonarlo, de hacerlo solos, con otras compañías, con equipaje inadecuado, con peso inútil y perjudicial, con un guía inexperto o con un mapa equivocado.

Es fundamental saber de dónde venimos, hacia dónde vamos, quién nos conduce, acompaña y va delante y qué provisiones hay que llevar para el camino y, entonces, emprenderlo y no dejarlo.

Partimos de un momento en nuestra vida, el Bautismo, en que nuestros padres nos comprometieron a ser discípulos del Señor, compromiso que nosotros hemos ratificado después en muchas ocasiones y renovamos cada día, La meta, como en el Maestro, es la glorificación definitiva, como se nos muestra en la escena de la Transfiguración; pero el camino es arduo y tiene tramos de Vía Crucis, de Cruz y de ignominia y hay que pasar por la muerte y por ir muriendo a lo que estorba, entorpece o desvía la ruta.

La clave para no equivocarnos ni abandonar nos la da la palabra del Padre en la escena del Tabor. “Este es mi Hijo… escuchadle.”. En escuchar su palabra y cumplirla radica el éxito de nuestro camino y de nuestra vida. Lo tenemos al alcance porque Él camina con nosotros y ya ha terminado el recorrido. Tenemos su palabra en la Escritura, en la Iglesia, en la vida de los hermanos, en el corazón. Cuando no la encontramos, tenemos en los labios la posibilidad de pedir, por la oración sincera, la palabra adecuada del Señor.

Contamos también con el alimento, que, además de la palabra de Dios, es la Eucaristía y la vida cristiana. Se nos ofrece, en el Sacramento de la Reconciliación, la posibilidad de curar las heridas que deja la vida. Podemos arrojar lastre, aligerar el peso, desprendiéndonos de lo superfluo, incluso de lo menos necesario. Siempre encontraremos en el camino a alguien más pobre a quien dárselo.

He aquí cómo, en el recorrido de la vida, que se expresa en el Camino de la Cuaresma, aparecen la utilidad y la necesidad de las clásicas prácticas cuaresmales, que lo son también de toda la vida de un cristiano auténtico: La oración, el ayuno, la limosna, la Eucaristía, la Confesión, la Palabra del Señor y, en definitiva, la cercanía y el seguimiento de Cristo, Camino, Verdad y Vida, ahora ya Vida definitiva y gloriosa.

Os salud y bendice

+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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