La limosna

limosna
Por José María Gil Tamayo /

A pesar de que los temas que están más en primera línea de la actualidad son los de la dura crisis económica y sus derivaciones políticas y sociales, me van a permitir que dedique esta reflexión a una temática más acorde con la Cuaresma que estrenamos, días de renovación y puesta a punto de la vida cristiana
Entre los elementos esenciales para vivir este tiempo sagrado la Iglesia siempre ha puesto, junto a la oración y el ayuno o sacrificio, la limosna. Y es de ésta última de la que quiero compartir una breve reflexión, y confieso que lo hago no sin cierta reserva, ya que con la limosna ha ocurrido como con otras realidades buenas en sí que, con sólo nombrarlas ponen en guardia al personal: no suenan hoy bien. La palabra “limosna” parece algo de tiempos pasados y se la asocia a beneficencia, a paternalismo, a parcheo de situaciones injustas. Lo mismo pasa con otros vocablos como “servir”.
Aunque lo de menos es el nombre y si el lector prefiere llámelo de otra manera como donativo, dádiva, ayuda, gesto solidario o lo que quiera, se estará de acuerdo que desprenderse de algo propio en beneficio de la indigencia de los demás es bueno si se hace con amor y respeto, buscando su bien y no el propio lucimiento. Jesús mismo manda practicar la limosna de esta manera cuando señala en el Evangelio aquello de “que no sepa nuestra izquierda lo que hace la derecha a la hora de dar limosna”. ¡Y cómo no recordar su regocijo, hecho magisterio de confidencia a los suyos, cuando alaba la grandeza de la limosna de la pobre viuda -“todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44)- depositada en el cepillo del Templo, que en el cómputo de Dios cotizó más que todos los donativos sobrantes de ricos y potentados!
Esta enseñanza ha sido una constante en la Sagrada Escritura; baste este otro botón de muestra del libro de Tobías: “Según tus facultades, haz limosnas y no se te vayan los ojos tras lo que des. No apartes el rostro de ningún pobre y Dios no lo apartará de ti… Con esto atesoras un depósito para el día de tu necesidad, pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas, y es un buen regalo la limosna en la presencia del Altísimo para todos los que la hacen” (4, 7-11).
Todos coincidimos que, para que cambie nuestro mundo y desaparezcan las injustas desigualdades entre unos y otros, en no pequeña parte depende, además de las políticas adecuadas a escala nacional e internacional, de que se generalice una cultura de la solidaridad –o de la caridad, ¿por qué no decir esta bella palabra cristiana?– que nos lleve a un estilo de vida menos opulento y a compartir lo nuestro con los desfavorecidos, ya sean los lázaros cercanos y más prójimos, por próximos, que se nos acercan e incluso nos importunan en nuestras calles: ellos y ellas famélicos y esclavizados por la droga, la inmigración o la carencia de un techo digno en el que resguardarse; o ya se trate de los más lejanos, los del Tercer Mundo, que también se nos han hecho próximos por los medios de comunicación, que nos dan cuenta de la magnitud endémica de sus carencias, agravadas en no pocas ocasiones por catástrofes naturales unas, como la más reciente y lacerante del terremoto de Haití, y provocadas otras por los propios humanos, pero siempre -¡qué casualidad!- en la geografía de los más pobres.
Lo que a lo mejor tenemos que cambiar es la forma de practicar la limosna y ya no baste con dar unas monedas, buscadas al tacto entre lo suelto de nuestros bolsillos redondeando con frecuencia a la baja, para aliviar al que nos reclama una ayuda en la calle y que sabemos no va a solucionar gran cosa, o puede incluso que contribuya a agravarla, cuando no a fomentar la picaresca.
Puede que la nueva y mejor forma de practicar la limosna esté hoy en destinar nuestros donativos, de manera regular y organizada, a financiar campañas de solidaridad ante emergencias y a proyectos continuados de erradicación de la pobreza y de ayuda al desarrollo que llevan a cabo instituciones solventes como Manos Unidas –que, por cierto, está estos días en plena campaña de la colecta contra el hambre en el mundo–, o Cáritas, por citar algunas de las más conocidas.
Tome la forma que sea, como dice Benedicto XVI, “cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría”. Como se ve, se cumple el popular deseo de “¡Dios se lo pague!”. Pues eso mismo.

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