San Valentín, día de los enamorados

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Por José María Gil Tamayo /
Hoy es la fiesta de San Valentín y es uno de esos santos cuya popularidad se debe a coincidencias ajenas a su propia historia. Tal es el caso de nuestro San Valentín, que fue un sacerdote mártir del siglo III. De su vida no tenemos más datos que los que se refieren a su caridad sacerdotal y a su martirio.
La razón de su patronazgo sobre los enamorados deriva de que a mediados de este mes de febrero, coincidiendo con la fecha de su fiesta, es cuando las aves empiezan su apareamiento en los países del norte y centro de Europa, y por ello se eligió este día para fiesta de los enamorados. A España llegó, como tantas costumbres anglosajonas, por la vía el marketing comercial, como un motivo más para la venta de regalos. Sea como fuere, no está de más, antes al contrario, que dado cómo se encuentra el patio y cómo nos lo pintan la prensa y programas del corazón (con abundancia de lucrativas separaciones y amoríos con fecha de caducidad), que los enamorados tengan un patrón y se acojan a su protección para mantener el amor. Buena falta les hace.
Una manera de preservar el cariño es no dejar que la rutina lo enfríe. El acostumbramiento es una auténtica patología del amor humano y sobrenatural. Es lo que le ocurre a un matrimonio, cuando, con el paso de los años, los esposos no han ido alimentado día a día el amor con detalles de cariño de uno para con el otro y la rutina termina por instalarse en sus vidas. Se entra así progresivamente en una espiral de soledades reunidas: la de la mujer, la del marido, y a veces hasta las de los hijos. Los esposos dejan de quererse y empiezan a aguantarse. El hogar deja de serlo y se convierte en una pensión. Se ve al otro cónyuge como alguien a quien soportar y los defectos que antes se toleraban en él o en ella ahora se critican y se consideran manías intolerables. Ya no se habla sino que se discute y se acusan mutuamente de un larga lista de agravios…
Para poner remedio a este acostumbramiento nefasto hay que recuperar el amor primero, volver a enamorarse, pararse y hablar con el otro sin acusarse; hacer examen y buscar las causas y no los culpables de esta situación en la que ha influido, sin duda, el paso de los años, el cansancio, los agobios… Es imprescindible perdonarse y comenzar de nuevo con ilusión renovada, aunque al principio parece que no se tienen ganas para ello, que no se siente. Eso sí hay que hacerlo con la lección aprendida de que el amor ha de alimentarse cada día con mil detalles de servicio; con renuncia, con algo tan sencillo, a lo mejor, como es dedicarle más tiempo a la otra persona; decirse alguna palabras de cariño, volver a tener detalles de enamorados…
Les decía que el enfriamiento del amor también nos puede pasar en nuestras relaciones con Dios. Es la tibieza. Una actitud ante Dios que arraiga en una postura humana y espiritual de mediocridad. El remedio es el mismo que para el amor humano: examinar dónde se están las causas de esta situación y volver al amor primero. Los asuntos de Dios son también una cuestión de amor.
Hoy puede ser un buen día para descongelar el alma de tibieza, rutina y desamor.

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