"Sin tierra, no hay alimentos", carta del arzobispo de Burgos

Gil_Hellin

“Nosotras, mujeres católicas, llamadas por Jesucristo para dar testimonio de un amor universal y efectivo por la familia humana, no podemos resignarnos al hecho de que la mitad de la humanidad pase hambre”. Han pasado cincuenta años desde que estas palabras fueron suscritas por las Mujeres de Acción Católica de España y movilizaron a las ciento sesenta mil asociadas con que contaban.
Nació así Manos Unidas. Una obra encaminada a remediar tres hambres que afligen al mundo: el hambre de pan, de cultura y de Dios. En ese humus arraigaron un gran número de iniciativas. La más famosa y conocida es la colecta anual, pensada para financiar proyectos concretos de desarrollo en el Tercer Mundo, y que se ha incrementado sin cesar año tras año.
Los frutos han sido copiosos. Baste recordar que Manos Unidas ha reunido fondos para la financiación de incontables proyectos de desarrollo agrícola, sanitario, educativo, social y de promoción de la mujer. Y que ha luchado eficazmente para erradicar la miseria, la nutrición deficiente, la enfermedad y el atraso cultural del Tercer Mundo, así como para identificar y eliminar sus causas estructurales.
Quizás lo más importante haya sido que ha recordado a todos los españoles, especialmente a los católicos, que la historia de la Iglesia es una historia de compromiso constante con los necesitados; compromiso que se inspira en el Evangelio de las Bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención a los pobres y enfermos materiales y espirituales. Es decir, que la Iglesia no es una agencia de promoción o una ONG de ayuda a los necesitados –aunque esto no sea malo-, sino que sirve a los pobres porque ve en ellos hijos de Dios y porque descubre en ellos el rostro doliente de Cristo.
Sin esta perspectiva sobrenatural el compromiso caritativo-social de los cristianos, además de quedar viciado en sus mismas raíces, carecería de garantías de futuro. A la larga, la acción sostenida y cada vez más generosa con los demás en tiempo, bienes, saber, corazón y desvelo sólo son posibles cuando se tiene presente que al dar de comer al hambriento y de beber al sediento, damos de comer y de beber al mismo Jesucristo; el cual nos lo recordará y premiará debidamente el día del Juicio final y definitivo. En esta perspectiva se comprende bien que Manos Unidas no descuide su acción misionera: evangelizar promocionando y promocionar evangelizando.
Este año la campaña contra el hambre se centra en la defensa de la tierra. Sin entrar en cuestiones técnicas, que corresponde a los expertos y científicos, parece que hoy se da por adquirido que estamos maltratando a la tierra y explotándola de modo indebido. Incluso que, a este ritmo, estamos hipotecando el futuro de las nuevas generaciones. Los primeros en resultar afectados son los de siempre: las personas, comunidades y países pobres. Manos Unidas quiere este año implicarse en la defensa de los más desfavorecidos, mediante su compromiso en la defensa de la tierra. En última instancia, por mucho que cambien las cosas, la tierra siempre será necesaria para vivir y para producir los alimentos que son imprescindibles para nuestra subsistencia.
Desde aquí invito a todos los católicos burgaleses, más aún, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que conviven con nosotros, a apoyar con nuestro estímulo y generosidad la labor de Manos Unidas. Así mismo, invito a pensar que sin hombres éticamente nuevos no será posible un mundo nuevo. La actividad humana, sea del tipo que sea, es siempre una actividad que se enraíza, sostiene y alimenta en unos principios éticos que respetan y promueven la dignidad de la persona humana.
Mons. Francisco Gil Hellín,
Arzobispo de Burgos

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