"De nuevo con Manos Unidas", carta del arzobispo de Mérida-Badajoz

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Ya sabéis todos, que MANOS UNIDAS es una obra de la Iglesia Católica; y que en ella colaboran muchísimas personas e instituciones cristianas, y otras quizá no muy cercanas a la Iglesia, que valoran la bondad de los fines que esta Asociación manifiesta y persigue.
MANOS UNIDAS procura siempre ayudar a que, en los países insuficientemente desarrollados y carentes de medios para ello, pueda contarse con instrumentos de superación personal e institucional.
El objetivo principal de MANOS UNIDAS, en su anual CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE EN EL MUNDO, no es resolver carencias ocasionales, sino potenciar los recursos de las gentes y de los pueblos para que ellos mismos salgan de su marginación, de su exclusión, de su pobreza y de su falta de desarrollo cultural y de civilización moderna, y lleguen a ser protagonistas de su propio desarrollo.
Cada año, la Campaña contra el hambre va encabezada por una máxima que ayuda a entender y afrontar una parte de la causas que ocasionan la pobreza de muchos pueblos. En este año, siguiendo el mensaje del Papa Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Paz, ha tomado este lema: “CONTRA EL HAMBRE, DEFIENDE LA TIERRA”. Por ello me parece oportuno motivar nuestra participación en la Campaña de este año con las palabras del mismo Papa: “El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios, y su salvaguarda se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad… Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos” (Mensaje, 1).
La referencia que, la Campaña contra el Hambre en el Mundo hace en esta ocasión al deber universal de defender la Tierra, nos invita, ciertamente, a reflexionar sobre el modo cómo cumplimos en nuestro propio ámbito de vida el mandato inicial de Dios creador, que señalaba el camino de la humanidad diciendo: “creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra” Gn. 1, 27). Pero, además y sobre todo, la referencia a la defensa de la Tierra nos urge a considerar la tremenda injusticia social que nace precisamente del uso egoísta que los más fuertes hacen de los bienes de la tierra en beneficio propio, dejando al margen y perjudicados precisamente a los pueblos cuya riqueza natural explotan abusivamente.
Sabemos muy bien que una de las razones potentes de la pobreza y del subdesarrollo de muchos pueblos está en la injusta y despótica desconsideración con que personas, empresas y gobiernos de otras naciones, han explotado y siguen explotando los bienes raíz de otros pueblos incapaces de hacer frente a ese desmán por falta de recursos, por haber sido engañados con vanas promesas de compensaciones desproporcionadas, o incluso por no haberlas cumplido.
Otro de los motivos de la pobreza de algunos pueblos, por no disponer de los bienes de la tierra en que nacen y viven, está en su ignorancia y en la carencia de técnicas e instrumentos para extraer esos bienes naturales y saber utilizarlos.
Defender la Tierra para superar el hambre lleva consigo, en la responsabilidad internacional de un mundo globalizado, abandonar las conductas abusivas que inciden sobre los países subdesarrollados, y contribuir a que esos pueblos dispongan de lo necesario para construir y gobernar su propio progreso material y espiritual, siempre tan relacionados. La adquisición y el recto disfrute de la riqueza justa depende, en buena parte, de la cultura de cada pueblo. Cuando falta la esencia de la verdadera cultura, la búsqueda de la riqueza y el consiguiente bienestar resulta imposible para los pueblos y, a la vez, permite que otros pueblos ejerzan impunemente avasallamientos egoístas, causando vergonzantes diferencias sociales, intolerables marginaciones, y guerras que, por lo demás, empeoran el problema en lugar de resolverlo.
La llamada al respeto de la tierra como elemento importante en la lucha contra el hambre en el mundo, tiene que ver con las reglas de un correcto comportamiento ecológico, sin el cual ponemos en peligro el equilibrio global de la naturaleza en perjuicio de la humanidad, sobre todo de los sectores menos favorecidos. Pero no olvidemos que la lucha contra el hambre mediante el respeto a la Tierra implica también un serio trabajo de solidaridad universal por el que contribuyamos, cada uno según sus medios y recursos, a que los pueblos más débiles no tengan que soportar el peso de los desórdenes de los más poderosos.
Potenciemos, pues, en los pueblos más necesitados, los recursos para que vayan siendo cada día más protagonistas de su propio desarrollo, venciendo con su trabajo el hambre que les azota y adquiriendo el lugar que merecen en el concierto de las Naciones. Para ello es imprescindible una actitud de generosa solidaridad que bien podemos ejercer y expresar contribuyendo a la Campaña organizada por MANOS UNIDAS.
+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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