"¿De qué nos quejamos?", carta de Mons. García Aracil

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Es cierto que el mundo en que nos ha tocado vivir no merece el aplauso en muchísimos aspectos de la vida social, cultural, política, laboral, etc. Son notables las carencias y dificultades que experimentamos en el ámbito religioso. Esto se manifiesta en el deficiente sentido de la trascendencia, en las abundantes reclamaciones de que la misma Iglesia se atenga a los consensos sociales, y en que la vida de las comunidades cristianas se desarrolle atendiendo a las personas principalmente en aquellas necesidades que se valoran más desde un punto de vista material y emotivo.
No faltamos a la verdad si afirmamos que es muy deficiente entre nosotros la libertad de educación aunque ésta conste en la misma Constitución española. A todos es manifiesto el ambiente laicista que pretende el progresivo recorte de la presencia social de la Iglesia, con la consiguiente reducción de la vivencia de la fe al ámbito de lo puramente subjetivo y privado. Son muy frecuentes los comportamientos irónicos, despectivos e incluso gravemente irrespetuosos que hieren el sentimiento religioso de los creyentes, y conculcan el derecho a la buena imagen que también corresponde a los cristianos. Todo ello tiene sus ecos en la sensibilidad de las gentes sencillas del pueblo, en las familias y en otras instituciones que deberían ser ejemplo de serena pluralidad, de tolerancia y de buena convivencia.
Dificultades
En este ambiente adverso, que podríamos describir con más detalle, no es nada fácil educar cristianamente a los hijos, sobre todo a partir de ciertas edades; resulta muy arduo el ministerio catequético; resulta muy complejo y gravoso desarrollar con aprovechamiento la enseñanza religiosa en las aulas; se experimenta muy limitadas las posibilidades de la acción pastoral y apostólica por parte de sacerdotes, religiosos y seglares; y se valora como extraña y casi nada plausible la dedicación al ministerio sacerdotal. Todo ello es explicable. Tiene su lógica si consideramos las limitaciones que nos afectan a todos, y si tenemos en cuenta las repercusiones que alcanzan al espíritu y a la psicología de los cristianos a causa del impacto y del cansancio que produce cuanto hemos referido.
No debemos olvidar que, si Jesucristo vino como luz del mundo, es porque domina en el mundo la oscuridad. Si el Señor nos previno en su evangelio de que éramos enviados como ovejas en medio de lobos, es porque ser testigo del Evangelio cuenta con enemigos y comporta riesgos importantes. Si Cristo anunció su pasión y muerte advirtiéndonos que no será el discípulo más que el Maestro, es porque, en su sabiduría infinita como Dios que era, consideraba que sus discípulos atravesaríamos circunstancias claramente adversas.
Sin embargo, el santo Evangelio nos transmite con suficiente insistencia que el Señor ha prometido estar a nuestro lado; que nos ha garantizado su ayuda con la que todo lo podemos; que nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos enriquezca y fortalezca con sus dones; que debemos pedir con fe y confianza lo que necesitemos; que somos enviados por Él y, por tanto, capacitados, para ser luz del mundo y sal de la tierra; que debemos acudir a Él en momentos de cansancio y de agobio porque su yugo es suave y su carga es ligera; que seamos conscientes de que él ha vencido al mundo y que el final será bueno; y que necesita de nuestras aportaciones para que el mundo avance en el conocimiento de la verdad, en la práctica del bien, en la conversión de las personas y en la mejora de las instituciones. Y, sobre todo, nos garantiza que él ha vencido al mundo y que no debemos tener miedo si abrimos el corazón a Cristo nuestro Señor.
A la vista de lo dicho, la conclusión es casi evidente: Dios no nos ha enviado al mundo para que lo bendigamos en su bondad, en su buena ordenación ya cumplida e inalterable, en su justicia y en la paz consumada entre las personas y los pueblos. Por el contrario, Dios nos ha enviado para evangelizar al mundo, para proclamar la verdad, para sembrar el bien, para promover la justicia, para contribuir a la construcción de la paz y para construir la civilización del amor.
Lugar, misión e instrumentos
Nuestro lugar de vida y acción es, pues, precisamente este mundo con estas adversidades, con estos defectos, con estas oscuridades, con estas malicias, con estas injusticias, con estas guerras y rencillas, con todas sus carencias, y también con toda su riqueza. Es aquí donde hemos de considerar y planificar nuestra acción pastoral y apostólica. Esta misión, que a veces podemos considerar imposible o no referida a nosotros, es, precisamente, la que Dios nos ha encomendado. Habrá que pensarlo bien hasta descubrir que nos corresponde como indeclinable deber vocacional.
Para ser coherentes con todo ello, habrá que asumir la tarea de prepararnos con seriedad y competencia. Habrá que ponerse a pensar en nuestra misión específica y en la forma de llevarla a cabo. Habrá que mirar con ojos de fe tanto la realidad social como nuestra propia realidad personal. Habrá que cultivar la fe y la dimensión apostólica en el seno de la Iglesia de la que formamos parte como miembros vivos y necesarios para el equilibrio del organismo sobrenatural que es esta gran familia de los hijos de Dios. Habrá que cuidar especialmente la cercanía del Señor mediante la escucha de su palabra, mediante la oración frecuente y confiada, y mediante la vivencia de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía.
Habrá que revivir el optimismo y la confianza que da la fe en Jesucristo resucitado, e ir desterrando los pesimismos anclados en la simple medida de la eficacia humana que ocasiona miedos y cálculos nada esperanzadores. Decidámonos a ello.
+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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