"Caminos de Consagración", carta del obispo de Ciudad Rodrigo sobre la Vida Consagrada

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El día dos de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. José y María, que ya habían tenido la dicha de presentar al Niño a los pastores y a los magos en el portal de Belén, ahora en cumplimiento de la Ley de Moisés suben a Jerusalén para presentarlo al Señor. Al llegar al Templo tendrá lugar el primer encuentro oficial de Jesús con su pueblo en la persona del anciano Simeón. Éste, como fiel representante del pueblo de Israel, después de reconocer al Niño, lo tomará en sus brazos y lo presentará como “el Salvador. Luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel”. Por eso, esta celebración, en la Liturgia oriental, recibe el nombre de fiesta del “Encuentro” y, en la Liturgia romana, es denominada la fiesta de la “Presentación”.

Con ocasión de la fiesta de la Presentación se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que este año tiene por lema “Caminos de Consagración. Por distintos caminos, de acuerdo con la variedad de sus carismas y de sus familias religiosas, los consagrados y consagradas han descubierto en Jesucristo la luz verdadera y la plenitud de su existencia. Con la consagración de sus vidas al único Señor de la historia están mostrando al mundo el verdadero misterio de la Iglesia y están colaborando con gran generosidad al cumplimiento de su misión en el mundo, mediante la renovación humana y espiritual de la sociedad.

En este día, todos los miembros de la Iglesia diocesana tenemos que dar gracias a Dios por el don de la vida consagrada. Además de agradecerles a las religiosas su constante y confiada oración por nosotros y por todas las necesidades del mundo, debemos reconocer con gozo su fidelidad en el seguimiento de Jesucristo, su colaboración en la actividad pastoral en distintas parroquias de la diócesis, su dedicación a la formación humana y espiritual de niños y jóvenes en los colegios y su entrega generosa a los ancianos, enfermos y necesitados. En una sociedad, con frecuencia desesperanzada, los consagrados nos están mostrando cada día, con sus obras y palabras, el rostro luminoso de Cristo resucitado y nos están invitando a contemplarlo como el único Salvador y la meta segura de nuestra existencia.

Al dar gracias al Señor por el don de la vida consagrada, no debemos de cesar de pedir confiadamente al Dueño de la mies que suscite y envíe nuevas vocaciones a su Iglesia. En estos momentos son muchos los niños y jóvenes que pueden estar reflexionando sobre su vocación, intentando encontrar el verdadero sentido de su existencia. A veces nos parece que sus ojos no son capaces de descubrir a Jesucristo, como el sol y la luz que brilla sobre todas las oscuridades y tinieblas de la historia y nos duele que opten por recorrer los caminos polvorientos que les marca la sociedad, pues sabemos que estos caminos no conducen a ninguna meta.

Ante la contemplación de esta realidad, en la vivencia de nuestra vocación cristiana, tenemos que actuar siempre con la profunda certeza de que el Señor, a pesar de que su voz no sea escuchada en determinados momentos, sigue llamando una y otra vez a la puerta de cada corazón y espera con paciencia infinita que, en algún momento, la puerta se abra para entrar y hacer fiesta. Que María abra la puerta de nuestro corazón a Cristo para que, con el testimonio de la vida, ayudemos a otros a descubrir y a seguir al que se ha definido a sí mismo como “el Camino, la Verdad y la Vida” de la humanidad.

Atilano Rodríguez
Obispo de C. Rodrigo

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