La profesora Paloma Durán expone a los responsables de la PastoralCastrense las aportaciones de la Santa Sede sobre la dignididad humana en la ONU

palomaduran
Facilitamos a nuestros lectores la ponencia que ha impartido esta mañana la profesora Paloma Durán y Lalaguna, catedrática de la Filosofía del Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, sobre “Las aportaciones de la Santa Sede acerca de la dignidad humana, en Naciones Unidas” en la primera jornada de la XXI CONFERENCIA INTERNACIONAL DE JEFES DE CAPELLANES MILITARES.
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Conferencia Internacional de Jefes de Capellanes Militares
“El hecho religioso en las Fuerzas Armadas
(Libertad y diversidad)”
Madrid, 1-4 Febrero 2010

Las aportaciones de la Santa Sede acerca de la dignidad humana, en Naciones Unidas
Dra. Paloma Duran y Lalaguna
Universidad Complutense, Madrid, España

Quisiera en primer lugar manifestar mi agradecimiento por la invitación recibida para participar en esta Conferencia; agradecimiento que aumenta por doble motivo. He sido invitada para hablar de un tema especialmente interesante como es el del trabajo que la Santa Sede ha realizado acerca de la dignidad de la persona en el seno de la Organización de Naciones Unidas; y en un foro como éste, en cuya presentación el Arzobispo Castrense afirmaba que dentro de la diversidad de religiones y creencias, el papel del capellán castrense es un plus de humanidad no solo para nuestros militares sino para la sociedad entera, a la que las Fuerzas Armadas deben servir.
Por tanto, tengo múltiples motivos para iniciar mi intervención reiterando públicamente mi agradecimiento.
El Informe que el Secretario General de la Organización presentó a los Estados Miembros en 2005, con motivo del quinto aniversario de la Cumbre del Milenio fue titulado “Un concepto mas amplio de libertad” . Junto a las propuestas concretas que sugería el SG, el informe subrayó que el ejercicio de la libertad implica dos cuestiones importantes:
1) la libertad no se reduce al ámbito de la libertad física y por tanto se hace necesario perfilar los ámbitos o áreas en los que esa libertad se propone.
2) asegurar la libertad significa la garantía de respeto a la dignidad de todo ser humano y consecuentemente es necesario re-definir la protección institucional de esa libertad.
En el apartado B del citado informe se explica cómo articula el SG ese concepto y afirma textualmente en el n. 15: el concepto más amplio de libertad supone que hombres y mujeres de todas las partes del mundo tienen derecho a ser gobernados por su propio consentimiento, al amparo de la ley, en una sociedad en la que todas las personas, sin temor a la discriminación ni a las represalias gocen de libertad de opinión, de culto y de asociación. También deben verse libres de la miseria, de manera que se levanten para ellas las sentencias de muerte que imponen la pobreza extrema y las enfermedades infecciosas; y libres del temor, de manera que la violencia y la guerra no destruyan su existencia y sus medios de vida. Ciertamente, todos los seres humanos tienen derecho a la seguridad y al desarrollo .
La propuesta del SG se concreta en un reclamo de libertad para vivir sin miseria (desarrollo), sin temor (seguridad) y en dignidad (imperio de la ley, derechos humanos y democracia)
Este será el esquema de mi intervención, utilizando la sugerencia como punto de partida y como falsilla para analizar las aportaciones de la Santa Sede sobre la dignidad humana, en el seno de Naciones Unidas.
Para articularlo, tendré en cuenta dos partes:
– en la primera, trataré de profundizar en las intervenciones de los Pontífices en la sede central de la Organización, en Nueva York
– en la segunda, tendré en cuenta alguna de las propuestas que ha hecho la Santa Sede en las Conferencias mundiales convocadas por Naciones Unidas, que han resultado más sensibles respecto al tema que nos ocupa y que han sido las relativas a propuestas de reconocimiento o de mejor protección de los denominados derechos sociales.
Sobre estos presupuestos procuraré articular un balance de las aportaciones y propuestas de la Santa Sede para mostrar una aproximación conceptual a la dignidad de la persona.

1. Las intervenciones de los Pontífices en Naciones Unidas
Han sido tres Pontífices los que han presentado una intervención en el seno de Naciones Unidas, en cuatro ocasiones .
En todos los casos, ha habido eventos conmemorativos para justificar y explicar dicha intervención.
Pablo VI participó en la Asamblea General el día 4 de octubre de 1965, con motivo de la celebración del 20 aniversario de la creación de Naciones Unidas; Juan Pablo II lo hizo en dos ocasiones: el 2 de octubre de 1979, cuando acababa de celebrarse el 40 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos; y el 5 de octubre de 1995, con motivo de los 50 años de funcionamiento de la Organización. Benedicto XVI intervino el 18 de abril de 2008, el año del 60 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Desde un punto de vista puramente formal, es significativo que en todos los casos, el Pontífice haya hablado ante la Asamblea General, el único órgano principal de la Organización en el que están representados todos los Estados Miembros. Parece subrayarse así la dimensión universal del mensaje católico, pero también la apertura de la Iglesia Católica a todos los seres humanos, cuya dignidad ha defendido en todas sus intervenciones como base moral de las relaciones internacionales.
A ello hay que añadir un segundo factor, también significativo y es que en todos los casos, las visitas e intervenciones del Pontífice a Naciones Unidas han ido de la mano de eventos relacionados con la propia creación de la Organización, y con la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que al margen de su naturaleza jurídica, ha sido la falsilla y el referente moral universal para la protección institucional de los derechos básicos de la persona; subrayando en todo caso, que los derechos implican la traducción jurídica y política de los bienes que corresponden a toda persona por el hecho de serlo.
Estos dos factores –órgano en el que han hablado y contexto en el que lo han hecho – ilustra y explica el contenido de los mensajes lanzados en el seno de Naciones Unidas por los tres Romanos Pontífices que allí han participado.
Sin embargo, sobre este presupuesto, las intervenciones responden a sistemáticas variadas, a las que me voy a referir.

Pablo VI (1965)
Con muchos matices y a efectos de ordenar los contenidos, podría afirmarse que la intervención de Pablo VI en 1965 fue un mensaje de presupuestos básicos sobre la función de la Organización y las herramientas de apoyo por parte de la Santa Sede.
Pablo VI defendió un discurso más bien breve y especialmente bien estructurado. Era la primera intervención de un Pontífice en la Asamblea General y seguramente por esa razón, los argumentos se dirigían a consolidar los pilares que justificaban el apoyo y la participación de la Santa Sede en el trabajo de la Organización.
El discurso de Pablo VI se presentó en términos de amistad, revestido de sencillez y de grandeza, utilizando sus propias palabras. En primer lugar, de sencillez porque el Papa hablaba en nombre de una soberanía temporal minúscula y casi simbólica, en un foro de Estados soberanos con poder temporal. La Santa Sede, afirmó entonces Pablo VI, no tiene ningún poder temporal, ninguna ambición de entrar en competencia con vosotros. De hecho, no tenemos nada que pedir, ninguna cuestión que plantear; a lo sumo, un deseo que formular: el de poder serviros en lo que esté a nuestro alcance, con desinterés, humildad y amor .
Esta afirmación sienta el pilar de actuación de la Santa Sede en todos los foros onusianos, en los que no ha impuesto modelos de conducta, sino más bien ha defendido y apoyado la dignidad de todo ser humano por el hecho de serlo.
La grandeza está en la universalidad del mensaje de Pablo VI: propone un mensaje para toda la humanidad, que desea ser una ratificación moral y solemne de la Organización. Pero este deseo no es baladí, sino que se apoya en unos presupuestos, que Pablo VI detalla en su intervención presentada en nombre de la Iglesia Católica como “experta en humanidad”.
En primer lugar, el Pontífice hace suya la voz de todos los seres humanos ; de los pobres, de los desheredados, de los desventurados, de quienes aspiran a la justicia, de quienes reclaman la dignidad de vivir, de quienes defienden la libertad, el bienestar y el progreso. Con ello, el Papa subraya dos elementos básicos en todas las intervenciones de la Santa Sede en Naciones Unidas: la defensa de la persona es universal y por tanto no habla en representación exclusiva de quienes son católicos; y junto a ello, tiene en cuenta –como experta en humanidad- a quienes más necesitan apoyo sin hacer ningún tipo de discriminación.
En segundo lugar, el mensaje es mirando al futuro y en este sentido afirma textualmente: el edificio que habéis construido no deberá jamás derrumbarse, sino que debe perfeccionarse y adecuarse a las exigencias de la historia del mundo (….) es un gran servicio a la causa de la humanidad éste de definir y honrar a los sujetos nacionales de la comunidad mundial y de clasificarlos en una situación de derecho, digna de ser reconocida y respetada por todos y de la cual puede derivarse un ordenado y estable sistema de vida internacional.
Sobre las dos premisas del mensaje del Pontífice, se articulan los principios que deben regir – a su juicio- las actividades y el trabajo de Naciones Unidas.
El primer principio es que las relaciones entre los pueblos deben regularse por el derecho, la justicia, la razón y los tratados; lo que significa que quedan descartados como criterios de acción la fuerza, la arrogancia, la violencia, la guerra, el miedo o el engaño.
El segundo principio es la finalidad que se persigue con el trabajo onusiano: reunir a los pueblos, reflejando en el orden temporal lo que la Iglesia Católica profesa ser en el espiritual y trascendente: una y universal.
Para conseguir esa unidad entre los pueblos, Pablo VI propone incluso el camino a seguir: haced de modo que podáis traer a vuestro seno a los que se hubieran separado de vosotros. De modo que quien no participe en la Organización, quiera hacerlo, basando esas relaciones en la confianza mutua para realizar cosas buenas y grandes.
El tercer principio afecta a la propia estructura de la Organización: que nadie, en su calidad de miembro de vuestra unión, sea superior a los demás: que no esté uno sobre el otro. Es la fórmula de la igualdad (….) no porque seáis iguales, sino porque estáis aquí como iguales.
Solamente sobre el presupuesto de la igualdad entiende Pablo VI que puede evitarse cualquier forma de imperialismo, de predominio o de orgullo de unas naciones sobre otras.
El cuarto principio se refiere a la misión de la Organización, que el Pontífice reiteró en varios apartados de su intervención: nunca jamás los unos contra los otros (….) nunca jamás guerra.
En este sentido, Pablo VI apeló primero a la misión de la Organización, que es la construcción de la paz. Concretando que ésta no se consigue solamente con la política y el equilibrio de intereses, sino también con el espíritu, las ideas y las obras de paz. Y consecuentemente también reclamó el papel de Naciones Unidas como “escuela de paz”, en la que todas las naciones pueden aprender.
El quinto principio de la Organización perfila las condiciones para construir la paz.
Primero, el desarme, de modo que pueda garantizarse la seguridad sin recurrir a las armas. En este sentido, Pablo VI se refirió al llamamiento que él mismo había realizado en diciembre del año anterior en Bombay, solicitando a todos los Estados que dedicaran a la asistencia a países en desarrollo una parte de las economías que puedan realizarse mediante la reducción de los armamentos.
En segundo lugar, se hace necesario reforzar la autoridad de Naciones Unidas, que Pablo VI concreta en la reducción de armamentos que genera la confianza de todos los pueblos y el reconocimiento de la Organización.
En tercer lugar, la superación de la mera coexistencia, para fomentar una verdadera colaboración entre todos los pueblos del mundo, que se llama solidaridad. En palabras del Pontífice es la mayor belleza de las Naciones Unidas, su aspecto humano más auténtico; es el ideal con el que sueña la humanidad en su peregrinación a través del tiempo; es la esperanza más grande del mundo. Osaremos decir: es el reflejo del designio del Señor para el progreso de la sociedad humana en la tierra.
Por último, el sexto principio al que apela Pablo VI hace referencia al contenido del trabajo onusiano, que se especifica en los siguientes ámbitos:
– Los derechos y deberes fundamentales, a los que el Pontífice no cita aisladamente sino de la mano de la dignidad y la libertad del ser humano, mencionando explícitamente la libertad religiosa.
– La protección de la vida humana, de modo que el objetivo de actuación se centre en incrementar los recursos y no en fomentar el control artificial de los nacimientos.
– La dignidad de cada persona, que reclama acelerar el progreso económico y social, para garantizar junto a la vida, que ésta sea conforme a la dignidad humana. Incluye en ese concepto de “lo digno”, la erradicación del analfabetismo, la difusión de la cultura, la asistencia sanitaria, y el uso adecuado de los recursos científicos.
Después de este itinerario, Pablo VI subrayó que el compromiso para hacer efectivo este trabajo descansa en la conciencia de cada persona y ello reclama la transformación personal para recuperar el común origen y el destino común de todos los seres humanos. De modo que en sus propias palabras, el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo sino también de iluminarlo.

Juan Pablo II (1979 y 1995)
Las dos intervenciones de Juan Pablo II median casi 20 años. La primera al inicio de su Pontificado, que había empezado en 1978 es la más extensa de todas las realizadas por un Pontífice en Naciones Unidas, y seguramente la más densa en cuanto a los contenidos. La segunda es un tributo a la libertad humana y como consecuencia al pluralismo y a la diversidad, como vías de enriquecimiento de la propia condición humana.
El mensaje del 2 de octubre de 1979 apela al vínculo particular de cooperación que une a la Santa Sede y a la Organización de Naciones Unidas, subrayando que la naturaleza y los fines de la misión espiritual propia de la Sede Apostólica y de la Iglesia hacen que su participación en las tareas y en las actividades de la ONU se distinga profundamente de la de los Estados, en cuanto comunidades en sentido político-temporal .
La misión principal de unidad entre los pueblos que se atribuye a Naciones Unidas, así como la búsqueda del entendimiento y de la paz, es el motivo esencial de la presencia de Juan Pablo II ante la Asamblea General, que se presentó allí para dar testimonio de la verdad. El Pontífice agradeció el reconocimiento que Naciones Unidas hacía de la dimensión religiosa y moral de los problemas humanos, proponiendo que para resolverlos se asumiera al ser humano en su integridad, en toda la plenitud y multiforme riqueza de su existencia espiritual y material.
En este sentido, Juan Pablo II inició su intervención señalando que quería dirigirse a todo ser humano sin excepcion ninguna, recordando que la actividad política realizada en la sede de Naciones Unidas procede del ser humano, se ejerce mediante el ser humano y es para el ser humano, de manera que si se separa esta finalidad y misión, pierde su razón de ser. En palabras del Papa, la razón de ser de toda política es el servicio al ser humano, es la asunción, llena de solicitud y responsabilidad, de los problemas y tareas esenciales de su existencia terrena, en su dimensión y alcance social, de la cual depende a la vez el bien de cada persona.
Por eso, desde la aprobación de la Declaración Universal de derechos humanos, el progreso no se mide solamente por los avances científicos y técnicos, sino también por el progreso de la vida moral, que es donde se manifiesta la conciencia humana, con el dominio pleno de la razón a través de la verdad en los comportamientos de la persona y de la sociedad y con el dominio sobre la naturaleza.
Pero eso solo es posible, según afirma Juan Pablo II, con la definición, reconocimiento y respeto de los derechos inalienables de las personas y de los pueblos. Sobrecoge la referencia del Pontífice polaco a Auschwitz y a su recuerdo de las barbaries humanas allí cometidas, para concluir recordando que la Declaración Universal de Derechos Humanos fue fruto del sacrificio de muchas personas y se ha convertido en el valor básico con el que se coteje la conciencia de sus miembros y del que saque inspiración constante.
Sobre la falsilla de los derechos y deberes humanos, Juan Pablo II apela a tres pilares básicos sobre los que debe basarse el juego de las relaciones internacionales: la paz, el desarrollo y los derechos humanos; refiriendose después a las amenazas sobre ese fundamento.
La paz es la referencia inicial del Pontífice, utilizando el llamado de Pablo VI en 1965 en la misma Organización: no más guerra, nunca unos contra otros.
Hizo balance de algunos logros conseguidos, de áreas geográficas pendientes de solución; y también se refirió al desarme como vía para la consecución de la paz y a los riesgos de utilizar las armas como preparativos para la guerra. Respecto al desarrollo, el Pontífice lo calificó como “nuevo nombre de la paz”, utilizando las palabras de Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio.
Para alentar el desarrollo como vía de paz, es necesario analizar las raíces profundas del odio, de la destrucción, del desprecio y todo ello empieza – a juicio de Juan Pablo II- con la violación y falta de protección de los derechos inalienables de la persona, que deriva siempre de la injusticia. Pero todo análisis debe partir siempre de la misma premisa: todo ser humano posee una dignidad que, no obstante la persona exista siempre dentro de un contexto social e histórico concreto, no podrá jamás ser disminuida, violada o destruida, sino que por el contrario, deberá ser respetada y protegida si se quiere realmente construir la paz.
Respecto a los derechos humanos, Juan Pablo II subraya que tanto la Declaración Universal como los instrumentos jurídicos que la refuerzan, han tratado de crear una conciencia general de la dignidad humana y definir al menos algunos de los derechos inalienables.
Tras enumerar los derechos listados en la Declaración, el Pontífice subrayaba que son la sustancia de la dignidad del ser humano y suponen la satisfacción de las necesidades básicas de toda persona y el ejercicio de sus libertades.
El ser humano tiene valores materiales y espirituales, de modo que los ataques a los derechos pueden afectar a unos o a otros, pero siempre a la persona en su integridad. Juan Pablo II recalcaba que la primacía pertenece a los valores espirituales, que son la razón de ser del desarrollo humano y que permiten el pleno acceso a la verdad y al desarrollo moral.
Son los valores espirituales los que permiten al ser humano elevarse por encima del mundo que le rodea, facilitando así el desarrollo de la paz. Y esa dimensión es el cometido particular que Juan Pablo II atribuye a la Iglesia Católica y a toda la cristiandad.
Propuestos los tres pilares de la paz, el desarrollo y los derechos humanos, el Pontífice no cierra los ojos a la realidad y recorre el capítulo de las posibles amenazas.
En primer lugar, la injusta distribución de los bienes materiales, respecto de la cual las afirmaciones de Juan Pablo II fueron categóricas: el criterio fundamental, según el cual se puede establecer una confrontación entre los sistemas socio-económicos-políticos no es, no puede ser, el criterio de naturaleza hegemónica imperialista, sino que puede ser, es más, debe ser, el de naturaleza humanística, es decir, la verdadera capacidad de cada uno de reducir, frenar y eliminar al máximo las diversas formas de explotación del hombre y asegurarle, mediante el trabajo, no sólo la justa distribución de los bienes materiales indispensables, sino también una participación que corresponda a su dignidad, a todo el proceso de producción y a la misma vida social que en torno a ese proceso se va formando.
La injusta distribución de los bienes deriva casi de modo inmediato no solo en el incremento de las brechas diferenciales entre ricos y pobres, sino también en claras violaciones de derechos humanos, que privan a los más pobres y a los miserables de bienes básicos como el alimento, las posibilidades de educación y de trabajo, y permiten el hambre y las enfermedades.
El segundo capítulo de las amenazas lo constituyen las diversas formas de injusticia en el campo del espíritu, que hiere al ser humano en su interior relación a la verdad, en su conciencia, en sus convicciones mas personales, en su concepción del mundo, en su fe religiosa, así como en la esfera de las llamadas libertades civiles, en las que es decisiva la igualdad de derechos sin discriminación por razones de origen, de raza, sexo, nacionalidad, confesión, convicciones políticas o semejantes.
En esta fotografía, Juan Pablo II presta especial atención a la libertad religiosa, recordando que el ejercicio de la religión implica actos internos voluntarios y libres, que tienen una dimensión externa que también se hace objeto de protección.
Esta intervención del Pontífice, recién elegido como tal, en 1979, articulado sobre la importancia de la dignidad humana y de los derechos inherentes a la misma queda iluminada por la intervención en la misma sede en 1995, estructurada en torno a la libertad humana.
En 1995, la ONU celebraba el 50 aniversario de su creación y Juan Pablo II secundó la invitación recibida, sumándose a la visión de que la Organización era la esperanza de un futuro mejor para la sociedad humana .
La defensa de los derechos inalienables de cada ser humano, que fue el sustrato de la intervención de 1979 sirve a Juan Pablo II para subrayar que sobre esa base se explica la búsqueda de la libertad, entendida como aspiración universal.
Esta aspiración induce al Pontífice a analizar lo que denomina la estructura interna de ese movimiento mundial a favor de la libertad.
En primer lugar, el carácter planetario de tal búsqueda, que confirma la existencia de unos derechos universales enraizados en la naturaleza humana, en los que se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral universal .
En segundo lugar, confirman que la persona no vive en un mundo irracional, sino que hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el dialogo entre los seres humanos y los pueblos .
En tercer lugar, no hay un modelo único de organización política y económica de la libertad humana, pero una cosa es la defensa de la pluralidad y otra la negación del carácter universal de la condición humana.
Como no podía ser de otro modo, Juan Pablo II, apelando a su experiencia histórica vivida personalmente, utiliza la referencia a las revoluciones de 1989 como referentes universales de la búsqueda de libertad, calificándola como una exigencia ineludible que brota del reconocimiento de la inestimable dignidad y valor de la persona humana y acompaña siempre el compromiso en su favor .
El totalitarismo es la forma más clara de la negación de la dignidad humana; y así, hombres y mujeres han reclamado en los procesos de 1989 la recuperación del ser humano como un ser inteligente y libre, depositario de un mensaje que le trasciende, dotado de la capacidad de reflexionar y de elegir y por tanto con capacidad de sabiduría y de virtud . Sin omitir que ese reclamo fue posible gracias a la solidaridad humana, que se convirtió en el poder de los no poderosos y confirmó que es la posible vía para conseguir las más nobles aspiraciones de la persona humana.
Las aspiraciones de 1989 no distan de las que dieron vida a Naciones Unidas, que Juan Pablo II sintetiza en dos: la defensa de los derechos inalienables de la persona, de la mano de la dignidad y el valor de cada ser humano; y la necesidad de promover el progreso social.
Después de un detallado discurso sobre los derechos y deberes de las naciones, y de combinar las exigencias de las “particularidades” con la universalidad, el Pontífice se detiene en una consideración importante del ejercicio de la libertad, que es precisamente el respeto a las diferencias.
Toda cultura queda presentada como un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y en particular del ser humano: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana . Las diferentes culturas son consideradas como modos diversos de afrontar las preguntas sobre la propia existencia personal. De modo que las diferencias, mediante el dialogo se convierten en la fuente de una comprensión más profunda y rigurosa de la existencia humana. Este matiz explicaría la diferencia entre los nacionalismos que alientan el desprecio a “lo diferente” y el patriotismo entendido como el justo amor por el país de origen.
Sin embargo, Juan Pablo II no se queda en el escalón estrictamente humano-cultural y trasciende señalando específicamente que el corazón de cada cultura está constituido por su acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios .
Desde esa dimensión se explica el reclamo del Pontífice por la libertad, entendida como la medida de la dignidad y grandeza del ser humano; y planteada como el gran desafío para el crecimiento espiritual del ser humano y la vitalidad moral de las naciones .
Aún da un paso más y Juan Pablo II señala que la libertad no es solamente un sinónimo de la ausencia de tiranía, sino que para ser verdadera reclama lo que denomina una lógica interna que la ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y en el cumplimiento de la verdad (….). Por eso, la referencia a la verdad del ser humano es en realidad la garantía del futuro de la libertad .
En ese contexto, apela el Pontífice a la función que corresponde a la Organización de Naciones Unidas, a la que llama a ser el centro moral para la consecución de la libertad de cada ser humano; para promover la mediación en los posibles conflictos, pero también para promover actitudes, valores e iniciativas que faciliten el tránsito de la “existencia con” a la “existencia para”. Las palabras de Juan Pablo II resultan taxativas: es la hora de una nueva esperanza, que nos exige quitar del futuro de la política y de la vida de las personas la hipoteca paralizante del cinismo .
Este es el punto de partida para proponer lo que él denominó no sólo en la intervención de la Asamblea General, sino en otras intervenciones, la civilización del amor, fundada en la esperanza y en la confianza que presiden también las acciones políticas de Naciones Unidas. También en este punto, Juan Pablo II trasciende el argumento para afirmar que como cristiano, no puedo no testimoniar que mi esperanza y mi confianza se fundan en Jesucristo (…) La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final de siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad. El “alma” de la civilización del amor es la cultura de la libertad: la libertad de los individuos y de las naciones, vivida en una solidaridad y responsabilidad oblativas .

Benedicto XVI (2008)
Como se ha dicho anteriormente, Benedicto XVI hizo su intervención en la Asamblea General el día 18 de abril de 2008, en el mismo año del 60 aniversario de aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Utilizando las intervenciones de Juan Pablo II, el punto de partida es la consideración de que Naciones Unidas es el centro moral en que todas las naciones del mundo desarrollan la conciencia común de ser una “familia de naciones”.
La intervención de Benedicto XVI se basa en la falsilla de un concepto utilizado en el seno de la Organización y consensuado a raíz de los eventos en torno al cambio de milenio, que es la “responsabilidad de proteger”.
Benedicto XVI apela a la historia de ese concepto, que remite al antiguo ius gentium y al trabajo de Francisco de Vitoria, que describió esa responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las naciones y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos .
Utilizando este punto de partida, el Pontífice recordaba las barbaries vividas en la primera mitad del siglo XX, que conducen al nacimiento de Naciones Unidas. Barbaries que entiende como consecuencia del abandono de la referencia al sentido de la trascendencia y la razón natural, violando consecuentemente la libertad y la dignidad del ser humano.
Resulta un desafío recuperar esa referencia, que no es factible buscando exclusivamente un terreno común, débil y poco efectivo; explícitamente Benedicto XVI asume que el fundamento y objetivo de la responsabilidad de proteger es la referencia a la dignidad humana, que fue precisamente el núcleo de la Declaración Universal de 1948.
Entiende el Pontífice que ese texto resultó el final de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, que tenían en común el deseo de situar a la persona en el corazón de las instituciones, las leyes y la cultura. Por ello precisamente puede subrayarse la universalidad de los derechos y la interdependencia entre los mismos.
El riesgo de la referencia a los derechos es la primacía de la legalidad sobre la justicia, lo que explica la necesidad de subrayar que el respeto a esos derechos se basa precisamente en la justicia que no cambia, que es la máxima de la solidaridad, ya utilizada por Agustín de Hipona en el siglo V: “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”
Solamente el diálogo permite el respeto a la articulación de los derechos en cada sociedad, que afectan no solo al ámbito religioso sino a todos los bienes que quedan protegidos con los derechos humanos. Dice textualmente el Pontífice que el diálogo debería ser reconocido como el medio a través del cual los diversos sectores de la sociedad pueden articular su propio punto de vista y construir el consenso sobre la verdad en relación a los valores u objetivos particulares .
Aunque la intervención cita diferentes derechos, hay reiteradas menciones a la libertad religiosa, ampliando su ejercicio de manera que abarca no solo el libre ejercicio de culto, sino la dimensión pública de la actuación de la persona y por tanto la participación de las personas creyentes en la construcción del orden social.
La intervención concluye con la justificación de la presencia de Benedicto XVI en la Organización: es una expresión de confianza en la misma; un modo de ofrecer las aportaciones de la Santa Sede a la construcción de las relaciones internacionales; y una contribución a la propia Organización, según las disposiciones legales internacionales. Las Naciones Unidas siguen siendo un lugar privilegiado en el que la Iglesia está comprometida a llevar su propia experiencia “en humanidad” desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional .
La intervención de Benedicto XVI es mucho más breve que las anteriores, pero no menos contundente en la defensa de la dignidad humana y los derechos humanos como presupuesto para la construcción de una sociedad internacional más justa.

2. Las aportaciones en diferentes foros de Naciones Unidas
Si se hace un balance de las intervenciones de la Santa Sede en los diferentes foros de Naciones Unidas, podría decirse que los argumentos son reiterativos. De algún modo, parecen ilustrar los argumentos de Charles Chapot, Arzobispo de Denver, apelando a las obligaciones de los creyentes como ciudadanos .
La Santa Sede ha intervenido en las Comisiones principales de la Asamblea General, apelando siempre a la defensa de la paz, de la dignidad de la persona y de los derechos que le son inherentes. Es significativo que el propio Secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan afirmara después de la intervención de Juan Pablo II que sus enseñanzas representaban la doctrina fundamental de la paz para los pueblos de todos los continentes. Y no menos significativas las actuaciones en las que la Santa Sede se ha mostrado como artífice de paz. Ese fue por ejemplo el caso de la reunión de Madeleine Albright, Secretaria de Estado de Relaciones Exteriores, en 2000, en el Vaticano, con responsables de la política exterior israelí y palestina para intercambiar ideas sobre la paz en Oriente Medio .
Además, la Santa Sede ha realizado un trabajo especialmente significativo con su participación en las Conferencias mundiales que la Organización de Naciones Unidas ha convocado especialmente durante la década de los noventa. No resulta baladí tener en cuenta que en esas Conferencias se han cuestionado las definiciones de nuevos derechos o en su caso se han propuesto medidas para perfeccionar la garantía de los mismos. Pero no se puede omitir el hecho de que la mayor parte de los derechos sobre los que se ha negociado han sido los denominados derechos sociales, respecto a los cuales la Santa Sede siempre se ha pronunciado .
La defensa del derecho a la vivienda, del acceso a la educación y a la sanidad ha sido siempre una referencia importante en las intervenciones de la Santa Sede. Y ello se muestra no sólo en el énfasis de los mensajes sino en la contundencia y extensión de las intervenciones en las distintas Conferencias.
Muestra de ello han sido las intervenciones en la Conferencia de Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en 1994 y en la Conferencia sobre las mujeres, celebrada en Pekín en 1995; así como en los respectivos procesos de seguimiento.
La actuación de la Santa Sede en esos procesos ha sido coherente. En el primer caso, la defensa de la protección de la vida y la oposición al control artificial de la población remite a la I Conferencia sobre Población y Desarrollo, celebrada en Bucarest en 1974, así como a la II celebrada en México en 1984, antes de llegar al momento de Cairo.
En ninguna de ellas la Santa Sede se asoció al consenso respecto a la adopción del Plan de Acción, argumentando que la familia, la vida y el recurso indiscriminado a los medios para el control de la natalidad eran cuestiones que afectaban directamente a la compresión básica de la persona, de su valor y de su dignidad.
No ha sido una posición de ataque. Más bien, habría que decir que de las intervenciones de la Santa Sede se deduce una propuesta alternativa positiva, en unos casos apelando a los propios argumentos defendidos por la Iglesia Católica, pero en todos utilizando las referencias a los derechos inherentes a la persona y a los instrumentos jurídicos y políticos aprobados en el seno de la Organización, con los que se propone situar a la persona en el centro de todo desarrollo.
Lo mismo podría decirse del proceso de las Conferencias dedicadas al ejercicio de los derechos humanos por parte de las mujeres, en las que la posición de la Santa Sede –muy especialmente en el caso de la IV Conferencia, en 1995- ha sido apelar a los derechos inherentes a la persona y al equilibrio en el ejercicio de los mismos .
Junto a los derechos sociales y la dignidad de la persona, la Santa Sede no ha omitido su preocupación por respetar y garantizar muy especialmente el derecho a la libertad religiosa, confirmando –con palabras de C.S. Lewis- que el escepticismo genera personas sin corazón .
Es ilustrativa la posición mantenida en las intervenciones en la Comisión de Derechos Humanos, ahora transformada en Consejo de Derechos Humanos.
Especialmente importante resultó en esta materia la intervención en 2002, confirmando el significado de la protección de esta libertad, en las sociedades democráticas pluralistas .
En primer lugar, la libertad religiosa implica aceptar la contribución de los creyentes a la construcción de una paz duradera, teniendo en cuenta que en estas intervenciones la Santa Sede ha defendido la libertad para todas las religiones. Explícitamente lo afirmaba Monseñor Martin en la intervención citada en 2002: Trabajando juntas, con espíritu de respeto mutuo, las religiones pueden dar una contribución vital y original a la coexistencia de los pueblos y a la paz. Los lideres religiosos, invitados por el Papa Juan Pablo II el pasado 24 de enero en Asís se comprometieron a cumplir un “Decálogo para la paz” rechazando el terrorismo y condenando “todo recurso a la violencia y a la guerra en nombre de Dios o de la religión .
En segundo lugar, respecto a las minorías religiosas o a la posibilidad de reconocimiento de una religión por parte del Estado, la Santa Sede refiere la Declaración Dignitatis Humanae, que en su n. 6 afirma que si teniendo en cuenta las circunstancias peculiares de los pueblos se concede a una comunidad religiosa un reconocimiento civil especial en el ordenamiento jurídico de la sociedad, es necesario que al mismo tiempo se reconozca y respete el derecho a la libertad en materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas .
En la Asamblea General de Naciones Unidas, la Santa Sede no ha intervenido formalmente hasta el año 2000, salvando las intervenciones de los Pontífices por invitación de la Organización. El 1 de julio de 2000 quedaron precisados los derechos y prerrogativas de la Santa Sede en Naciones Unidas, de la que forma parte como Observador Permanente desde 1964.
La primera intervención formal en la Asamblea le correspondió al entonces Secretario de la Santa Sede para las relaciones con los Estados, arzobispo Giovanni Lajolo. Entones fue la guerra, la clonación y el terrorismo el conjunto de asuntos sobre los que la Santa Sede reclamó la actuación urgente de la comunidad internacional.
Pero como se ha dicho, junto a la Asamblea General, la Santa Sede ha intervenido en las Comisiones principales de la Asamblea y en alguna de las Comisiones funcionales del Consejo Económico y Social, además e las Conferencias mundiales ya citadas.

3. La aportación de la Santa Sede a la dignidad humana
Solamente el hecho de mantener viva la referencia a la dignidad humana y a los derechos inherentes a la persona, podría considerarse como una importante aportación. Especialmente en una sociedad en la que en muchas ocasiones prima el concepto de “lo políticamente correcto”, remitir a la persona y superar los posibles silencios en torno a ella es una manera de posicionarse. No en vano son cada vez más los autores que afirman que el nuevo ser antirreligioso es el que ataca todo tipo de moral pública que admita unos principios de carácter religioso .
Si hubiera que sistematizar la aportación de la Santa Sede, podría afirmarse que las cuatro intervenciones de los Pontífices en la sede de la Asamblea General son una falsilla impecable de los fundamentos y de los argumentos en torno a la dignidad de la persona.
En primer lugar, la defensa y apoyo a la dignidad de toda persona por el hecho de serlo, se lleva a cabo en términos universales. Pertenece a toda persona, sin ningún tipo de discriminación. Lo que ya ofrecería una aportación significativa. La Santa Sede no ha propuesto una defensa exclusiva de las personas que forman parte de la Iglesia Católica sino de todo ser humano.
En segundo lugar, los derechos que son inherentes a la persona manifiestan la protección de lo que se considera bienes básicos de toda persona. Esos bienes se presentan de la mano de la dignidad, convirtiéndose en dos herramientas unidas.
La dignidad de la persona y el reconocimiento de los bienes que van unidos a ella es una referencia de carácter universal, que todas las culturas han asumido como expresión de bien moral y de mejora de la sociedad. Ahora bien, la universalidad no es incompatible con la dimensión de la pluralidad, con la aceptación de la diferencia. Más bien al contrario, la dimensión plural enriquece a la persona y consecuentemente a la sociedad, porque facilita aceptar la existencia “del otro” diferente que reclama y merece el mismo respeto que yo.
Así se explica que los instrumentos jurídicos y políticos aprobados en Naciones Unidas sean interpretados como la traducción institucional de la conciencia general de la dignidad humana. En esos términos ha sido históricamente reivindicado por autores tan variados como Alexis de Tocqueville, Tomas Moro o Luther King.
Para garantizarla en el ámbito de cada nación, las diferencias se entienden como fuente de enriquecimiento humano, pero no como justificación de la imposición de unos sobre otros, reclamando así una lectura humana de las relaciones entre los pueblos. Sólo así parece factible la crítica a la injusta distribución de los bienes materiales y a las diferencias cada vez más injustas entre ricos y pobres, que generan injusticias y en muchas ocasiones violaciones de los derechos humanos. De algún modo parece necesario reivindicar la política que Aristóteles propuso como la deliberación mutua sobre los deberes que plantea nuestra vida pública .
Sin embargo, en todo el proceso analizado, no parece insignificante la importancia atribuida a la libertad humana.
El afán de libertad se manifiesta como una exigencia de una ley moral universal, que se ha traducido en ocasiones en la naturaleza humana o en lo que otros han denominado condición humana. En definitiva, se está apelando a un factor de carácter universal, no condicionado por elementos culturales y consecuentemente podría decirse que es propio de todo ser humano por el hecho de serlo.
Precisamente esa dimensión de universalidad es lo que permite subrayar la libertad como criterio de posibilidad del diálogo entre las personas individuales y entre los pueblos; teniendo en cuenta que esa universalidad de la libertad se hace compatible con la pluralidad de modos de articularla en la organización política y en la económica.
Solamente la persona verdaderamente libre, respeta “al otro” y acepta la dimensión de la pluralidad, facilitando el crecimiento espiritual de la propia persona. Así se entiende que Juan Pablo II planteara la libertad como la medida de la dignidad y grandeza del ser humano.
Ahora bien, ese referente moral no está vacío de contenido. La libertad se realiza en la búsqueda y el cumplimiento de la verdad. Y ahí radica el gran reto propuesto por la Santa Sede: la recuperación de la verdad del ser humano, que es lo único que puede hacerle verdaderamente libre y más propiamente humano.
Para terminar, reitero aquí las palabras del Arzobispo Castrense, apelando al “plus de humanidad” para el que trabajan las personas profesionales a las que me estoy dirigiendo. Muchas gracias.

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