“El diálogo religioso en un mundo globalizado”, ponencia del jurista Joaquín Mantecón en la Conferencia Internacional de Jefes de Capellanes Militares

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Ofrecemos la ponencia que ha impartido esta mañana el Prof. Joaquín Mantecón, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cantabria (Santander) y miembro fundador del «Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa», de Lima, en la primera jornada de la XXI CONFERENCIA INTERNACIONAL DE JEFES DE CAPELLANES MILITARES. “El Hecho Religioso en las Fuerzas Armadas: Libertad y Diversidad”, que tiene lugar estos días en Madrid en la sede del Centros Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEM), y en el que participan jefes capellanes castrenses de todo el mundo y de diversas religiones.

EL DIÁLOGO RELIGIOSO EN UN MUNDO GLOBALIZADO
Joaquín Mantecón

Sumario: I. Planteamiento; II. Creyentes y no creyentes en un mismo mundo; III. Globalización y diversidad religiosa; IV. Diversidad religiosa y libertad religiosa; V. El diálogo religioso y la propia identidad religiosa; VI. Ámbitos de un posible diálogo; VII. Conocimiento y trato mutuo; VIII. Los capellanes castrenses; IX. El proselitismo ¿un obstáculo?; X. El peligro del nacionalismo; XI. Conclusión.

I. Planteamiento
1. Buenos días. En primer lugar quisiera agradecer al Arzobispado Castrense y al Ministerio de Defensa de España, su amable invitación para participar en esta Conferencia internacional. En segundo lugar quiero manifestar mi satisfacción personal por el agradable ambiente de cordialidad y camaradería que se respira tanto en el Hotel como estas reuniones de trabajo. Y gracias también al Prof. de la Hera, por sus inmerecidos elogios que son fruto de la amistad que me profesa, y de la que me honro.
2. Como les acaban de informar, mi trabajo es el de profesor universitario de Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cantabria, es decir, aquella asignatura que trata de la legislación del Estado sobre libertad religiosa y cuanto se refiere a las relaciones entre el Estado y las confesiones. Por tanto, como podrán fácilmente comprender, mi aproximación al tema objeto de esta conferencia no será teológico, como parece sugerir el título, sino más bien jurídico y, en concreto, se moverá dentro del ámbito de los derechos humanos, en el que ocupa un lugar fundamental la libertad religiosa. No obstante, también aportaré mi experiencia personal ― profesional, más bien ― de la época en que desempeñé el cargo de Subdirector General de Asuntos Religiosos en el Ministerio de Justicia.
3. Comenzaré haciendo una pequeña observación sobre la terminología. Utilizaré los términos religión y confesión religiosa, o confesión, sencillamente, para referirme a las grandes tradiciones religiosas. Y las mencionaré por su nombre concreto cuando me refiera a alguna en particular.
4. También quisiera adelantar que intentaré ser breve y conciso. La experiencia me demuestra que la gente valora la brevedad. No en vano, ya en el siglo XVII, mi paisano Baltasar Gracián acuño el dicho:”lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

II. Creyentes y no creyentes en un mismo mundo
1. ¿Cuál es, hoy en día, el panorama general del mundo, desde el punto de la libertad religiosa? En la inmensa mayoría de los países, se reconoce y garantiza este derecho a todos los ciudadanos, si bien es cierto, que en algunos este reconocimiento es más amplio y efectivo que en otros .
2. Sin embargo, cada vez parece crecer más el número de personas que se consideran a sí mismas como ateas o agnósticas; y cada vez existen corrientes ideológicas, políticas y filosóficas mas fuertes que pretenden separar o aislar lo religioso de la vida social, para recluirlo al ámbito privado. Es decir, que, paradójicamente, nunca como hoy se han dado cotas más altas y extensas de libertad religiosa; y, nunca como hoy, ha estado más en peligro la proyección social de lo religioso.
3. Veamos lo que sucede en concreto en buena parte de los países aquí representados. Muchos de sus connacionales todavía se consideran a sí mismos como personas religiosas. Por lo menos, se identifican con una tradición cultural e histórica que ha solido estar marcada muy fuertemente por la religión, si bien el índice de práctica religiosa suele ser inferior al de creyentes.
4. Tal es el caso de España, donde según las últimas estadísticas, el 75,4 % de la población se considera a si mismo como católico, un 1,8 % seguidor de otra religión, un 14 % como no creyente, y un 6,6 % ateo. Sin embargo, de entre los creyentes un 52,3 % casi nunca asiste a oficios religiosos, un 29,6 % asiste de forma irregular y sólo un 27,9 % lo hace de forma más o menos habitual .
5. Los creyentes son personas que suelen defender unos estándares de actuación más bien altos en cuestiones morales. Y además, no ceden fácilmente en lo que consideran el núcleo duro de su fe o de su moral ― una es consecuencia de la otra ―, a pesar de los cambios sociales y culturales contrarios, y del favor o disfavor de las mayorías. Los no creyentes, suelen tachar esta actitud como fundamentalista y, por tanto de poco democrática.
6. ¿Qué sucede, en cambio, en el campo de los no creyentes? No es infrecuente que agnósticos y ateos militantes pertenezcan a las élites culturales, políticas y mediáticas, y constituyan, por tanto, una fuerza decisiva de influencia social. Su ideología suele estar marcada por un gran relativismo conceptual y moral. Para el nuevo progresismo no existen verdades objetivas ni, por tanto, una ética que pueda ser compartida por todos. Al no imponer nada, ni en el ámbito de lo que hay que creer, ni en el de lo que hay que hacer (u omitir), se consideran los auténticos fautores de la genuina libertad y democracia, y califican a los creyentes, como he dicho, de intolerantes y dogmáticos.
7. Pero la experiencia ― la psicología, la estadística, la sociología ― muestran de forma inequívoca que una sociedad sin referentes morales objetivos, acaba siendo una sociedad frágil y delicuescente, con un fuerte índice de conflictividad y, por supuesto, más manipulable para quien ostenta el poder político y mediático.
8. Pero en el fondo, los no creyentes, no son tan agnósticos como parece. Lo único que sucede es que en lugar de creer en Dios, creen en el Hombre, con mayúsculas, con la misma fe con que los creyentes lo hacen en Dios. Y en su utopía de crear una sociedad libre de Dios, les mueve un fervor casi religioso. El problema radica en que, en algunos, esa fe en el Hombre no es neutra frente a lo religioso, sino que creen ven en las religiones al verdadero enemigo del hombre y, por tanto, a sus propios enemigos. Este laicismo agresivo, movido por el «odium religionis» en los casos más extremos, resulta comparable al fanatismo religioso, sólo que de signo inverso.
9. Se trata de una ofensiva ― esperemos que pacífica ― a largo plazo. Dios puede, aparentemente, perder alguna batalla, pero los creyentes saben que Él no perderá esta guerra, y su victoria consistirá, precisamente, en que todos los hombres se sepan hermanos y se quieran como tales.

III. Globalización y diversidad religiosa
1. Pero volvamos al mundo de los creyentes. Si lo contemplamos con realismo, observaremos que nos encontramos todavía muy lejos de ese momento final, que todos anhelamos y esperamos. Lamentablemente, existen todavía muchos contenciosos entre religiones entre si, y numerosos conflictos geopolíticos con trasfondo religioso. No es necesario dar nombres; todos los tenemos presentes. Y a todos nos preocupan, porque intuimos que, en último término, restan credibilidad a los respectivos mensajes religiosos, y a lo religioso, en general. Y ahora entramos ya en el objeto propio de esta intervención.
2. Buena parte de los conflictos ínter religiosos tienen un origen histórico perfectamente identificable. En muchos casos, lo que encontramos en el origen es un malentendido doctrinal, una incomprensión puntual, un pretendido agravio, un desencuentro entre líderes, o una instrumentación política de cuestiones religiosas.
3. No cabe duda de que la perspectiva que da el tiempo puede ayudarnos a superar, con una mentalidad más abierta, buena parte de esos malentendidos históricos. Esto permitirá comenzar a dialogar para conocerse mejor, y para identificar aquellos campos en los que es posible colaborar por el bien de los hombres, y para plantear una respuesta común y eficaz frente a quienes pretenden socavar principios y valores religiosos fundamentales. En todo caso, es menester que quienes creen en Dios y pretenden servirle en este mundo globalizado, se conozcan bien entre ellos para no equivocar el sentido de su esfuerzo.
4. Lamentablemente, en los países que cuentan con una confesión histórica y sociológicamente mayoritaria, como es el caso de España, es muy frecuente que existan grandes y graves prejuicios frente a quienes profesan religiones minoritarias. Prejuicios que tienen su origen en causas históricas (como he sugerido poco antes), pero también en un absoluto desconocimiento de las otras confesiones. Y, como es sabido, el desconocimiento engendra desconfianza, y la desconfianza es campo abonado para los prejuicios de toda suerte.
5. Como ejemplo de lo que acabo de afirmar les haré partícipes de mi experiencia personal. Yo nací en el seno de una familia cristiana, como eran la mayoría de las familias españolas de la época, en el marco de un Estado rígidamente confesional y, cuando era pequeño, estaba convencido de que los protestantes no sólo eran gente mala, sino también peligrosísima. Los musulmanes, en aquella época, me resultaban todavía muy lejanos, pero en todo caso habían sido nuestros enemigos históricos. En cambio, hacia los judíos siempre hubo en mi casa una cierta simpatía, pues una tradición familiar, transmitida de generación en generación, nos hacía descendientes de judíos conversos – marranos – en el siglo XV.

IV. Diversidad religiosa y libertad religiosa
1. Tuvieron que pasar bastantes años, hasta que, después de estudiar la doctrina de la Iglesia católica sobre la libertad religiosa, y después de que en España se garantizara plenamente una real y efectiva libertad religiosa, con la llegada de la democracia, comencé a valorar de otra forma a quienes profesaban una religión distinta a la mía.
2. En efecto, por un lado, vi con claridad que Dios quiere ser buscado y encontrado en libertad. Pero, también desde un punto de vista puramente humano, resulta evidente que nadie puede imponer ni forzar la fe personal en Dios y en lo que uno piensa que Él ha revelado. Gracias a Dios, hoy en día, esta cuestión esencial, que tanta sangre ha ocasionado a lo largo de la historia, se encuentra universal y jurídicamente protegida a través del reconocimiento del derecho de libertad religiosa como un derecho humano fundamental.
3. Pero lo que más me ha ayudado a valorar la libertad religiosa ha sido mi experiencia como Subdirector General de Asuntos Religiosos del Ministerio de Justicia. Este trabajo me permitió conocer y tratar de primera mano a los principales dirigentes de las diversas confesiones presentes en España, y en muchos casos, ese trato, surgido del trabajo profesional, abocó en verdadera amistad personal, y me ha convencido de la necesidad del conocimiento directo y del diálogo entre quienes profesan diversas religiones.
4. Me refería hace un momento a los prejuicios históricos, pues bien, los españoles se han visto sorprendidos por la repentina llegada a nuestro país de numerosísimos inmigrantes ―más de 5 millones y medio, es decir el 12 % de la población― procedentes de países con distintas tradiciones religiosas. Por ejemplo, musulmanes del Maghreb, Medio Oriente, Paquistán o del África subsahariana; ortodoxos provenientes de Rusia, Rumanía, Moldavia, Ucrania o Bulgaria; budistas de China, o protestantes y evangélicos procedentes de diversos países de América y de Europa.
5. Cuando uno comprueba que en su propio país se han instalado numerosas minorías con costumbres, lenguas y religiones diversas, y que estos nuevos vecinos no dejan de aumentar, los miedos, fobias y suspicacias ha vuelto a aparecer con fuerza creciente.
6. Obviamente, los Gobiernos deben esforzarse para promover la integración en la sociedad española de los inmigrantes, reconociendo sus peculiaridades religiosas ― cuando las haya ― hasta donde lo permita el orden público propio de una sociedad democrática. Pero también los representantes religiosos de las minorías inmigrantes tienen que hacer un esfuerzo para darse a conocer a las autoridades civiles, religiosas, y al entorno social más cercano.
7. Evidentemente, el primer paso consiste en estudiar, conocer la historia y el credo y la moral de las distintas confesiones, de la forma más objetiva posible. Lo que supone el conocer de primera mano sus propias fuentes doctrinales y dogmáticas, sin que esto suponga renunciar a buscar también en fuentes ajenas a dicha confesión. Y aquí podría jugar un papel importante la educación pública que, sin entrar en detalles ni en polémicas, debería garantizar un conocimiento mínimo, lo más objetivo posible, sobre las distintas religiones presentes en el territorio y su historia.
8. En segundo lugar, considero no sólo importante sino importantísimo, conocer y tratar personalmente a algunos fieles, observantes y no observantes, de esa religión. Ellos pueden resolver nuestras dudas, aclarar aspectos más complejos pero, sobre todo, nos permiten comprobar cómo es la vida corriente de un fiel de dicha confesión.
9. Es importante darse cuenta de que los intereses humanos son muy parecidos. A cualquier fiel corriente de cualquier confesión le preocupan las mismas cosas: pagar la hipoteca de la vivienda, la letra del coche, que los hijos puedan recibir una buena educación, etc. Comprobar que los hombres no somos tan distintos tranquiliza mucho. La única diferencia importante radica en la forma en que cada uno intenta honrar y servir a Dios.
10. Y lo que uno descubre, cuando conoce y trata a personas de distintas religiones es que en todas hay un común denominador: todas las confesiones invitan a practicar el bien y a evitar el mal. Todas, también, se fundamentan en la rectitud de intención de sus fieles. Existe, por tanto, un presupuesto común que puede facilitar el trato mutuo.

V. El diálogo religioso y la propia identidad religiosa
1. No soy nada partidario del irenismo ni del relativismo religioso. Considero que mi religión es la verdadera y que, por tanto, las demás no lo son. Es más, me gustaría que todos mis amigos ― y aún todo el mundo ― compartiera mi fe. Pero no me siento digno de condenar a ninguna persona que piensa, de buena fe, que la suya es la verdadera. Sólo Dios, que conoce los corazones, puede juzgar.
2. Por mi parte, opino que si todos pretendemos servir al mismo Dios de acuerdo con nuestras respectivas tradiciones religiosas, en la medida en que intentemos hacerlo cada vez mejor y con mayor fidelidad, ya se encargará Él de resolver el problema de que todos veamos cuál es la única religión verdadera. Quizás no sea un argumento teológico muy profundo, y ni siquiera acertado, pero responde a lo que yo llamo teología del corazón.
3. Este planteamiento permite a los creyentes la colaboración pacífica, e incluso cordial, en múltiples ámbitos de la vida social. Y es aquí donde considero importante el diálogo religioso.
4. En efecto, no hay que descartar el diálogo teológico, que siempre será un diálogo entre expertos, y siempre será difícil porque afecta, en la mayor parte de los casos, a aspectos no negociables, ya que el núcleo duro de la fe no es negociable. En este sentido, solamente considero practicable el diálogo teológico;en el seno de las diversas tradiciones de una misma fe. Por ejemplo, entre cristianos católicos, ortodoxos y evangélicos; o entre musulmanes seguidores de la Sunna y de la Shía; o entre budistas pertenecientes al gran o al pequeño vehículo.

VI. Ámbitos de un posible diálogo
5. En cambio, siempre será posible dialogar sobre valores compartidos, para ver la forma de colaborar en su defensa. Porque, hoy en día, en la mayor parte de los casos, el enemigo de una religión no es otra religión, por mucho que en el pasado se hayan enfrentado, sino las fuerzas ateas y laicistas, que amenazan por igual a todos los creyentes.
6. Por ejemplo, sin ánimo de ser exhaustivo, se me ocurre que cabe una defensa conjunta de valores tan importantes como la igual dignidad de toda persona humana; la sacralidad de la vida, desde su concepción a su término natural; la libertad religiosa en todos sus variados aspectos; la defensa del matrimonio y de los valores familiares; la lucha contra la pornografía y la prostitución; la defensa del medio ambiente, en cuanto que el hombre es vicario de Dios para el cuidado de la creación; el cuidado de las personas pobres y desamparadas; la promoción de la enseñanza; la defensa de los derechos humanos fundamentales (los de primera generación; no los de cuarta ― ¿alguien puede creer seriamente que existen «derechos sexuales y reproductivos»?); y un largo etcétera. Este foro, en el fondo, es una manifestación concreta de lo que digo.
7. Particularmente considero muy importante un diálogo interconfesional acerca de los fundamentos comunes y últimos de una moral que pueda ser compartida, y que pueda servir de base a una sólida organización social. Se trataría, en definitiva, de rescatar lo que antes, en ámbitos culturales y momentos históricos muy distintos, se denominó Lex gentium, o Ley natural. Sería tanto como identificar un mínimo común denominador ético y jurídico asumible por creyentes y no creyentes, en virtud de la igual dignidad de todos los seres humanos. Pues, como resulta fácilmente deducible, la Ley natural ― ley divina para los creyentes ― puede fundamentar perfectamente la teoría general de los derechos humanos fundamentales que vería de esta suerte reafirmada su generalidad e inviolabilidad .
8. Es cierto que, en las declaraciones islámicas de Derechos se somete su interpretación a la Sharía , pero no es menos cierto que al ser Dios el autor de la naturaleza humana, quien se esfuerza por salvaguardar estos derechos naturales está honrando y sirviendo a Dios.
9. Este diálogo, a mi modo de ver, para ser operativo ha de contar con el aval y el sostén de las máximas autoridades de las distintas confesiones implicadas. Pero, si se quiere que sea efectivo y práctico, quienes han de llevarlo a cabo son los expertos y responsables de los distintos temas en sus diversos niveles (local, regional, nacional o internacional).
10. Pero para poder llevar a cabo estos diálogos es importante estar convencidos de su importancia y eficacia. Y ello presupone que los interlocutores conocen suficientemente la doctrina de los demás. De otra forma nos encontraríamos ante un diálogo de sordos.

VII. Conocimiento y trato mutuo
1. En un nivel menos institucional considero primordial que los ministros de culto y los dirigentes religiosos de las diversas confesiones, en todos sus niveles jerárquicos y geográficos, se conozcan y traten entre si. Considero que la iniciativa corresponde, en primer lugar, a las autoridades superiores, que son las que han de marcar las pautas.
2. Sería deseable, por ejemplo, que los responsables de los diversos lugares de culto de una misma zona no se miraran como extraños ― o peor, como enemigos ― sino como vecinos con algunos intereses comunes. Visitas de cortesía, felicitaciones por acontecimientos personales o familiares, invitaciones a celebraciones, o simplemente charlar un rato de sus respectivos trabajos y preocupaciones, son actividades que pueden ayudar mucho a distender los ánimos allí donde la convivencia entre fieles de diversas religiones puede resultar más conflictiva. Y en el plano institucional, es bueno felicitarse por las respectivas festividades religiosas y, si es posible, asistir a las correspondientes celebraciones.
3. Pero, ¡atención!, esta presencia o estos gestos de amistad nunca han de dar pie a la falsa idea de que, en el fondo, todas las confesiones son lo mismo. Nada más contrario a un verdadero diálogo religioso que el irenismo acrítico, que sólo induce a confusión entre los fieles. Como afirma gráficamente un refrán popular español «Juntos, pero no revueltos. En este sentido es bueno recordar que la UNESCO el año 1995, proclamado «Año de la tolerancia», hubo de aclarar que la verdadera tolerancia sólo resulta posible desde auténticas convicciones .
4. Esta forma de hacer, contribuye, sin duda, a desmontar prejuicios y falsos clichés. Un pastor protestante, un rabino, un imán, un muftí, un sacerdote católico, un monje budista, son personas al servicio de un gran ideal; comparten un mismo celo por la honra de Dios, y el bien de los hombres. Y en eso es en lo que hay que fijarse, más que en las diferencias doctrinales.
5. En el caso de católicos, protestantes y ortodoxos, la labor es mucho más sencilla, ya que lo que comparten es, con mucho, superior a lo que nos separa. E imagino que algo parecido sucede entre diversas tradiciones o escuelas islámicas. Por ejemplo, soy buen amigo del Presidente del Consejo Evangélico de Cantabria – mi región – y solemos hablar con total naturalidad de nuestra propia experiencia religiosa.

VIII. Los capellanes castrenses
1. No pierdo de vista que la mayoría de ustedes son capellanes castrenses y que, en muchos casos, los militares a quienes sirven profesan diversas religiones. No cabe duda de que la estrecha convivencia que genera la vida militar es una magnífica ocasión de mutuo conocimiento entre los soldados y oficiales que profesan distintas religiones, y para entablar entre ellos relaciones de leal compañerismo y camaradería.
2. Bien pudiera ser que, inicialmente, hubiera una cierta reticencia al trato entre ellos, fruto de prejuicios sociales previos, en cuyo caso, el papel de los capellanes resulta esencial para limar esos prejuicios y animar a un trato amigable entre todos. Y, como el ejemplo es el mejor predicador, nada más eficaz que todos vean que los capellanes se conocen, se tratan, se respetan y se ayudan entre si.
3. Quizás los problemas no sean exactamente los mismos, pero las necesidades espirituales de los hombres no son tan distintas. Y las dificultades que puedan surgir en este trabajo serán también ― pienso yo ―, muy parecidas. Por eso, conocerse entre ustedes, tratarse, animarse, transmitirse experiencias, plantear conjuntamente las necesidades al mando militar, etc., constituyen experiencias positivas que a todos pueden beneficiar.
4. Si ese es el clima entre los ministros de culto y dirigentes de las diversas confesiones en el ejército, no cabe duda de que soldados y oficiales sabrán también tratarse con el debido respeto y camaradería. Y, como el ejército suele ser espejo de la nación, ese respeto entre quienes profesan tradiciones espirituales se extenderá también entre el resto de los ciudadanos, cuando los soldados terminen su servicio militar o dejen el Ejército.
5. No sé si las fuerzas armadas libanesas cuentan con un servicio de asistencia religiosa, pero pienso que la experiencia del servicio militar en este país pluriconfesional, en el que están presentes sunníes, chiíes, drusos, maronitas, latinos, greco católicos y greco ortodoxos, armenos, y así hasta 18 confesiones reconocidas, es una de las pocas instituciones de ámbito nacional que funciona bien y goza de una estima general en el país. Se trata de una escuela de ciudadanía y convivencia práctica de primera magnitud. Pues bien, pienso que esto mismo puede suceder con los ejércitos de muchos países.

IX. El proselitismo ¿un obstáculo?
1. El único problema real que puede plantearse es el del proselitismo. Como reza el proverbio latino «mors tua vita mea». Cuando uno gana adeptos, alguien los pierde, y nadie tiene vocación de perdedor. Sin embargo, creo que el espíritu proselitista es manifestación concreta de la certeza de la propia fe ¿Cómo compaginar pues el espíritu proselitista con una convivencia cordial y distendida?
2. Personalmente, pienso que resultan perfectamente compatibles la certeza en la propia fe y el celo por propagarla con el respeto y la delicadeza de trato con quienes no la comparten. Cada persona, cada alma, es un sagrario, un tabernáculo de Dios, de ahí el respeto con el que hay que tratarla. Dios mismo será quien nos indique el momento y la forma de hablar de temas religiosos, con lealtad y amor a la libertad. Dios no se puede contradecir. Por otra parte, considero que la mejor forma de facilitar esa comunicación sobre la propia experiencia religiosa, a la que nadie puede renunciar, es la verdadera amistad. No hay reglas generales. Pero, donde existe verdadera amistad podemos tratar de todo con confianza. Luego, Dios y cada alma decidirán.
3. Lo que es esencial es comprender y asumir que Dios quiere que le busquemos en libertad. En materia religiosa no cabe coacción. Se trata de la relación de Dios con sus criaturas, y ninguna criatura puede forzar la naturalidad y espontaneidad de esas relaciones.

X. El peligro del nacionalismo
1. Otro factor importante de convivencia, en el que, aunque no sea directamente religioso, los capellanes castrenses tienen mucho que decir y que hacer es el de transmitir una visión correcta del nacionalismo.
2. El amor a la patria, al menos en la tradición cristiana, forma parte integrante de la virtud de la piedad y de la religión. El amor a la propia tierra, a sus gentes, a su historia y cultura es, en todo caso, un hecho universal. Pero, como todos sabemos, existe una enfermedad grave, contagiosa y peligrosa del amor a la patria que es el nacionalismo exacerbado ¡Cuánta sangre ha corrido por un nacionalismo mal entendido! Y se trata de un peligro que concierne muy especialmente a los ejércitos.
3. Los capellanes castrenses han de saber transmitir a sus fieles que el amor a la patria es algo bueno y querido por Dios. Pero ha de ser un amor no exclusivista, y abierto a todo lo bueno que existe en los otros pueblos, que es mucho. Como ha escrito un santo católico de nuestros días «¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo .

XI. Conclusión
1. Si todo el mundo pusiera algo de su parte para hacer desaparecer de este mundo nuestro la desconfianza entre quienes profesan una distinta fe, y para hacer desaparecer los odios nacionales, se desvanecerían la mitad de los conflictos del mundo, y se ahorraría mucha sangre, mucho dolor y mucho odio. Y Dios sería más conocido y amado.
2. Voy concluyendo, e intentando resumir de forma nuclear lo dicho. Como habrán podido concluir quienes han seguido mi exposición, soy más partidario del diálogo entre fieles de las diversas confesiones que del diálogo entre religiones. El mutuo conocimiento y el trato recíproco nos ayudan sobremanera a «desfacer entuertos» como diría el Quijote, a apreciar todo lo positivo que hay en el otro, y reconocer, de esta suerte, de manera práctica, la grandeza y el amor de Dios que brilla en cada ser humano como criatura suya que es.
3. Y junto al trato y conocimiento mútuo, el diálogo institucional y organizado sobre aquellos valores compartidos que son objeto de ataques, más o menos directos, por parte de fuertes numerosos agentes sociales, políticos y mediáticos. Me he permitido sugerir algunos, pero de entre todos, lo que me parece más urgente es la búsqueda de unos fundamentos éticos comunes, así como la defensa de la vida humana.

Damas y caballeros, muchas gracias por su atención y paciencia. Dios les bendiga.

Madrid, 2 de febrero de 2010

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