"Custodios de estelas", escrito de Mons. Jesús Sanz, presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

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Los vemos caminar pausadamente, con una cadencia delicada y firme, con
mochila en ristre y bastón de apoyo. Son los peregrinos que cada año pasean los
diversos caminos que conducen a una meta singular: Santiago de Compostela. La
vida consagrada es también una peregrinación, que pone en marcha nuestra mejor
pertenencia hacia el Tú que a cada uno ha convocado el Señor cuando pronunció
con sus labios divinos nuestro nombre diciéndonos ¡ven!
El paso de los siglos ha ido dejando estelas en un camino que cruzó nuestra
tierra, un camino que tenía como origen la búsqueda de la belleza y del bien
que palpita en el corazón humano, y que ha hallado como respuesta a todas sus
preguntas el encuentro con aquel Hombre Dios que no sólo nos dijo cuál era el
camino sino que se puso a recorrerlo con nosotros. Cristo es Camino y caminante
junto a cada uno de nosotros.
Entre los primeros testigos que Él llamó en la Palestina de entonces, algunos
fueron luego enviados para que narrasen cuanto habían visto y oído. Aquellos
primeros apóstoles, enviados, siguieron el mandado del Maestro y fueron hasta
los confines de la tierra para anunciar una Buena Noticia portadora de la luz y la
esperanza que Cristo mismo nos alumbró.
Santiago nos contó lo que escuchó en los labios del Maestro, quiso compartir
su asombro agradecido al ver de mil modos la ternura y la misericordia de
Dios que se hacía gesto liberador de tantas cautividades, y nos dejó plasmado en
su predicación ese Evangelio que prendió en sus entrañas. Sus dificultades fueron
no pocas en aquella Hispania romana que no se abría tan fácilmente a la novedad
que el apóstol nos traía, pero dejó sembrada la palabra de Jesús, y nos repartió de
tantas maneras su gracia, tanto, tanto, que al morir en Jerusalén irían los discípulos
hispanos a recoger su cuerpo para traerlo hasta el finisterrae de sus andanzas
apostólicas.
Desde entonces, tras el hallazgo milagroso que la tradición nos atestigua
del cuerpo de Santiago en el Campus Stellae, Compostela, han sido muchos los
que han querido hacer este camino, cuyo año jubilar estamos celebrando. Son
muchas las estelas, tantas como estrellas, que nos han dejado el precioso testimonio
del afán sincero de los romeros y peregrinos que han recorrido esta senda.
Compartimos con todos ellos la necesidad de salir de nosotros mismos, y
poner hondura y verdad en tantas cosas que nos complican nuestro cotidiano
caminar, haciendo torpe o mezquino lo que alguna vez hemos soñado como hermoso
y grácil. Todas nuestras preguntas nos hacen peregrinos de una Verdad que
tiene rostro y tiene nombre, y nos ponen en la andanza de un camino que tiene
meta. Santiago peregrinó hasta aquí para darnos a Jesucristo, nosotros peregrinamos
a Santiago para encontrarnos con Jesús el Señor.
Nuestra tierra se honra en el recuerdo de esta historia, y reconoce en las
huellas que otros hombres y mujeres han dejado las señales iluminadoras que
quieren orientar nuestros pasos de hoy y los que mañana recorreremos. El arte, la
cultura, la hospitalidad, la vocación andariega y el sabernos peregrinos de lo
mejor encuentran en este Camino de Santiago una senda que nos habla del hombre
y que nos habla de Dios.
Y esto es lo que los santos fundadores han plasmado también con los carismas
que, como estelas, Dios ha querido señalar. Son estelas que recuerdan palabras
o gestos de Jesús, y que se confían a una familia religiosa como custodios de
ese memorial evangélico. Los hombres y mujeres de una generación necesitan
estas señales que representan los carismas de la vida consagrada. Somos caminantes
y peregrinos, y recorriendo las sendas de la vida el Señor nos constituye
en portadores y portavoces de una santa tensión, por la que, teniéndole a Él como
origen y como destino de nuestra andadura, recordamos a los hermanos que este
camino tiene meta.
+Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Presidente de la C.E. para la Vida Consagrada

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