Pastoral del pensamiento, tarea urgente

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Por José María Gil Tamayo /
En alguna que otra conversación con el escritor Juan Manuel de Prada le he oído poner en guardia, con la sinceridad y claridad que le caracteriza, sobre el peligro inducido que existe en estos tiempos en España de presentar, desde algunos foros políticos, culturales y mediáticos al catolicismo como algo anacrónico, meramente costumbrista, sin consistencia intelectual y con papeles sólo para residir en el ámbito de lo privado, sin posibilidad de influencia relevante en la esfera pública, en la que se cuecen las decisiones y tendencias que afectan a la vida de los ciudadanos.
Uno de los síntomas de esta distorsionada visión del catolicismo estaría en el malestar de algunos por la presencia de sus símbolos en espacios públicos, en las escuelas, en las calles, cuando no se llega a la ridiculización de estos mismos símbolos, tradiciones y manifestaciones religiosas, bajo la excusa de libertad de expresión y pensamiento, con el aplauso de la progresía de moda.
Para disuadir a los autores de esta deformada visión no sirve aducir la herencia cultural de la Iglesia ni su vitalidad espiritual y social en la España de hoy, pues es de ésta de la que precisamente se quieren ver libres. De nada vale tampoco el apoyo de millones de firmas a la enseñanza religiosa escolar o a la opción de la “x” en la casilla de la Iglesia en la Declaración de la Renta; ni los multitudinarios actos a favor de la verdadera familia y de la vida en las calles de Madrid; ni el dato de más del ochenta por ciento de los padres pidiendo la clase de religión para sus hijos; sin contar que la confesión religiosa católica reúne semanalmente, todos los domingos y fiestas de guardar, a unos nueve millones de “militantes” en sus sedes, en este caso los bellos templos que constituyen el más rico patrimonio artístico del país. Ningún “colectivo” convoca a tantas almas, perdón: ciudadanos y ciudadanas, que lo son. Tampoco les convence –aunque sí a los pobres y víctimas de la crisis económica- la inmensa red de servicios socio-caritativos con los que la Iglesia atiende a la población más desfavorecida de la sociedad. Y lo mismo cabe decir de su inmensa red educativa que consideran cargada de privilegios que hay que erradicar.

Intelectuales católicos
Todo este activo social y cultural no cuenta para los diseñadores de la nueva sociedad, y una de las causas puede que esté, entre otras, en la falta de intelectuales católicos de altura, convencidos y convincentes. Ellos son los que habrían de dar consistencia y credibilidad a la visión cristiana de la vida y traducir el Evangelio, sin complejos y con competencia, a las más variadas e influyentes realidades de la cultura de hoy.
Es verdad que, como disculpa, se podría aducir que haberlo los hay, lo que ocurre es que no se les permiten aparecer en los foros y medios de comunicación más influyentes. Pero, sin duda, como ya constataran tanto Pablo VI como Juan Pablo II, el gran drama de nuestro tiempo es precisamente la ruptura entre el Evangelio y la cultura. Y es aquí donde es necesario poner remedio urgente, mediante una decidida pastoral del pensamiento, que nos libre de la desertización cultural y cristiana que ya padecemos.
Es verdad que los tiempos son recios y descreídos, ayudados además por una disidencia interna eclesial que, por desgracia, no falta y hace coro –algunos ingenuamente- con los que pretenden aminorar la influencia cristiana, pero la comunidad católica española tiene actualmente medios y personas, instituciones y organismos para llevar a cabo este reto de evangelizar la cultura. Ahí están también las universidades católicas, así como numerosos institutos superiores de ciencias religiosas y miles de colegios… A todos, incluidos los medios de comunicación de inspiración cristiana, habría que exigirles -y a nosotros con ellos- una mayor “rentabilidad” apostólica en el mundo de la cultura con más audacia y valentía. Pongamos los medios humanos y sobrenaturales… Tradición tenemos.

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