"Los religiosos y religiosas, un regalo de Dios", carta de Mons. García Aracil

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Mensaje en la Jornada de la Vida Consagrada
No os quepa la menor duda. El Señor, con la vida de los hombres y mujeres que se han consagrado a Dios con la práctica de los consejos evangélicos, ha querido manifestar la riqueza que entraña, para la salvación del mundo, su propio testimonio de pobreza, castidad y obediencia. ¿Qué más queremos? Lo que ocurre es que no siempre llegamos a entender el profundo significado de esta forma de vida. Y el ambiente que domina, en los tiempos que corren, hace más difícil valorar el estilo propio de la Vida Consagrada. Sus virtudes fundamentales son, precisamente, los valores más olvidados en la cultura hedonista que tiene como referencia principal el bienestar individualmente disfrutado de inmediato y en cada momento.
¿Cómo va a entenderse la pobreza cuando parece que garantiza el valor personal procurarse el dinero fácil y abundante, aun a costa de la justicia y de la honestidad? ¿Cómo se puede aceptar la castidad perpetua en un mundo que recibe diariamente la influencia de un pansexualismo exacerbado, de una promiscuidad escandalosa, y de una pretendida mentalización a favor del placer libre y sin atención a las leyes morales? ¿Cómo se podrá asumir la obediencia si la denominada cultura del progreso se mueve en un relativismo ciego en el que cada uno pretende su autosuficiencia y la libre decisión para todo, sin otra referencia humana o divina?
En verdad, nos encontramos ante un hecho paradójico. Por una parte, parece que la Vida Consagrada, tal como corresponde a los Religiosos y Religiosas, no tiene espacio propio en la cultura actual. Sin embargo, esta cultura y la sociedad que la sustenta, no pueden progresar adecuadamente sin tener en cuenta lo que significan estas tres virtudes propias de la Vida Consagrada.
La Pobreza es una forma de vida que tiene como referencia la entrega plena a Dios sin otra dedicación o interés que ponga al Señor en segundo lugar, o que distraiga la atención orientada primordialmente hacia la trascendencia divina y hacia los bienes celestiales, que son los definitivos.
La castidad, en la misma línea de la entrega exclusiva a Dios, significa la riqueza del afecto, del amor humano, y del mismo sexo debidamente ordenado, por cuanto que no se los desprecia como malos, sino que, valorándolos debidamente como dones con los que Dios ha enriquecido a la persona humana, se los convierte en ofrenda agradable al Señor. El desprecio al cuerpo y al amor matrimonial comportaría un desprecio a la obra creadora de Dios. Por el contrario, ofrecer a Dios estos dones, que recibimos de su generosidad, es un gesto que ayuda a poner la mirada en los bienes celestiales. Con ello la vida religiosa se convierte en un anuncio profético de lo que Dios nos depara como culminación de la vida terrena. En este sentido, la Vida Consagrada, lejos de suponer un desprecio o una escapada de la vida terrena supone una gran ayuda para que los demás la vivan en plenitud según la voluntad del Señor que nos ha creado.
La obediencia libremente elegida y asumida supone la encarnación entre nosotros de la virtud que estuvo en la raíz de la Encarnación de Jesucristo, de su Pasión y Muerte y, por tanto, de nuestra redención. Así nos lo enseña el mismo Señor orando mientras se preparaba para sufrir los dolores de su Pasión y Muerte:
“Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. O como dijo a los Apóstoles cuando en otra ocasión dedicó el tiempo de la comida al apostolado: “Mi comida es hacer la voluntad del Padre que me ha enviado”.
Si el mundo tuviera en cuenta el rico significado de la pobreza, de la castidad y de la obediencia, que caracterizan la condición de los Religiosos y Religiosas, no solo daría lugar a que muchos jóvenes pudieran descubrir la grandeza de la vocación a la Vida Consagrada, sino que potenciaría el buen uso de los bienes materiales, ordenaría su sexualidad, y recuperaría el sentido de las relaciones personales en la familia y en los demás estamentos de la sociedad.
La Jornada de oración en favor de quienes han sido llamados por el Señor a consagrar su vida plenamente a Dios debe ser, pues, una ocasión para reflexionar sobre la riqueza de los dones y carismas que el Espíritu Santo reparte entre los fieles para gloria de Dios, para santificación de los elegidos, y para la transformación del mundo.
Sería injusto, o al menos incompleto, contemplar la Vida Consagrada exclusivamente desde la perspectiva de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, como si no tuviera más proyección eclesial y social. Es necesario tener en cuenta que, además del testimonio que aportan los religiosos con su estilo de vida, enriquecen a la Iglesia y al mundo con sus diferentes dedicaciones al servicio de la Iglesia, de los pueblos y de las personas, especialmente de los más necesitados, en las misiones, en las instituciones educativas, en residencias, hospitales, casas de acogida, comedores para indigentes, catequesis, servicios parroquiales y diocesanos, etc.
Por tanto, invito a los cristianos que hayan tenido la atención de leer estas líneas, a unirse a la oración de la Iglesia dando Gracias a Dios por el inmenso regalo que es, para todos nosotros y para la sociedad, la vida y la obra de los religiosos y religiosas. Que esta gratitud vaya unida a la plegaria para que el Señor no cese de llamar a muchachos y muchachas y que les ayude a escuchar, entender y seguir la llamada a la Vida Consagrada.
+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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